Capítulo II
Una semana después , Ektor entró en la sala del consejo unos minutos antes del horario y halló a todos sus miembros ya ahí, en silencio. Se comportaban de esa manera si había malas noticias.
—¿Qué sucedió? —preguntó Ektor.
—Existen rumores… —comenzó a hablar un hombre.
—Bastante fundados, Howel —intervino una mujer.
—Aun así —rebatió él—, rumores . Nadie aquí puede atestiguarlo ni conoce a alguien que sí.
—¿Qué? —presionó Ektor, impaciente.
—Hechiceros no afiliados —contestó Howel.
Ektor inspiró.
—¿Cuántos? ¿Dónde? —indagó.
—No sabemos detalles. Solo que, más allá de las fronteras, desde reinos vecinos, llegan rumores sobre practicantes de magia. Como ya no hay dragones y los brujos surgieron aquí… —se encogió de hombros—, tienen que ser de los nuestros.
—No desapareció nadie en el último año —expresó otro sujeto—, las bajas se produjeron por decesos y examinamos cada uno de los cuerpos.
Ektor apretó los labios. Aunque resultaba improbable, debían investigar. Ningún hechicero podía ejercer sin el control de su cofradía. Representaba la única forma de evitar conflictos. Y el riesgo se elevaba si estaban fuera del Imperio. ¿Cómo verificarlo sin involucrar a los demás reinos?
—Quizás sí son nuevos —dijo una mujer delgada—. Tal vez los dragones abandonaron nuestras tierras y se ocultan en las vecinas.
—No hay alusión a ellos, Nimue —señaló Howel.
—De cualquier modo, debemos investigarlo —resolvió Ektor.
—¿Solo investigar? —inquirió Kyner, con las cejas enarcadas.
Ektor apretó las quijadas.
—Y actuar, Kyner, por supuesto. Sin embargo, primero tenemos que definir la forma de proceder para evitar complicaciones con los reinos vecinos. Si existe algo de verdad, no podemos arriesgar otro conflicto mágico.
—Comencemos con una etapa de exploración —planteó un civil—. Como dice Howel, hoy son nada más que rumores.
—De acuerdo —expresó Ektor—, organicemos un equipo.
—Mejor dos —acotó Kyner.
—¿Por qué?
Howel se aclaró la garganta.
—Se nombran varios lugares.
Ektor suspiró.
—De acuerdo —repitió—, dos. Estarán compuestos por brujos y soldados sin uniforme.
Nimue rio.
—¿Soldados? ¿Para enfrentar magos?
Ektor apretó los puños y los relajó casi al instante; esperaba que no se hubiese notado.
—No podemos prescindir de muchos hechiceros —explicó—. Y sabes, Nimue, que todas nuestras operaciones deben ser mixtas.
Aunque la mujer titubeó, no contestó.
Un mes después , varios equipos vigilaban las fronteras.
Tras hallar a algunos magos errantes dentro del territorio, que fueron llevados de inmediato a la capital, ahora, además de férreos controles para que nadie cruzara sin autorización, se prohibía a los brujos viajar excepto por obligaciones del Imperio y precisaban una escolta militar a su lado.
La disposición causó bastante resistencia.
Entonces, Ektor mostró las nuevas armas encantadas que había creado para los soldados.
—¿Cuánto dura el sortilegio? —había preguntado el general mientras examinaba la espada cuyo filo brillaba con una sutil luz naranja. Por instantes, el hombre exhibía problemas para controlarla, ya que la hoja siempre apuntaba hacia hechiceros.
Ektor observaba, a unos metros, con un encantamiento de protección listo. Aún no lo había compartido con el grupo; sin embargo, estaba seguro de que, tarde o temprano, lo descubrirían; los brujos estudiaban magia con avidez y trataban de aplicarla a todo.
—Suficiente —respondió Ektor—, pero recuerda: solo para situaciones extremas.
El general sonrió.
—Por supuesto.