El imperio mágico: Ciclo Transformación. Libro 1 (Crónicas hechiceras 4) Capítulo I
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El imperio mágico: Ciclo Transformación. Libro 1 (Crónicas hechiceras 4)

El imperio mágico: Ciclo Transformación. Libro 1 (Crónicas hechiceras 4)

Por Lorena A. Falcon

© inepub.com

Capítulo I

Ektor acarició con los dedos la cresta oficial en el documento que acababa de firmar: la figura del Imperio mágico.

Ese verano cumplía una década y habían tardado cinco años en crearlo.

Siempre recordaría todo lo que debió hacer para anexar las regiones del dominio anterior y un poco más.

Ahora, su cofradía… no, él estaba en control de un vasto territorio; si bien existían esporádicas revueltas en algunas zonas.

Se pasó la lengua por los labios mientras observaba el dibujo. Ya no quedaba casi nadie de su grupo original y él aún extrañaba a Viviane, nunca había conseguido otro compañero como ella.

Ektor suspiró, dejó el papiro a un lado y recogió el próximo en la pila. Cuando terminó, se acercó al balcón para mirar hacia afuera. La ciudad, reconstruida por completo, lucía en calma. No obstante, él se sentía intranquilo.

«Falta algo…, ¿qué?».

Cada jornada transcurría casi idéntica a la previa. A media mañana, Ektor practicaba las artes mágicas por su cuenta. Luego, acudía al área común a todos los hechiceros, donde se mostraban hallazgos y mejoras, lo cual era obligatorio. El conocimiento debía compartirse, sin excepciones.

Tras el almuerzo, junto al consejo, repasaba las necesidades y solicitudes de los habitantes del Imperio, brujos y ordinarios, así como demás cuestiones administrativas.

Se trataba de un grupo mixto y Ektor luchaba por mantener los bandos en igualdad.

Lamentablemente, incluso después de tantos años desde la súbita aparición de la magia, esta aún dividía a la gente.

Por las noches, Ektor escribía sus famosos libros de hechicería. Dormía poco y todavía conservaba un aspecto juvenil. Sin embargo, eso no le garantizaba nada. El encantamiento para alargar sus vidas era inestable y algunos envejecían de pronto, sin aviso, lo cual ya resultaba un problema.

La mañana siguiente, al iniciar la sesión para intercambio de sortilegios, Kyner se ubicó en medio del cuarto y reclamó la atención del resto.

—Cafall murió —anunció.

A un breve y profundo silencio lo reemplazó un rumor que recorrió la habitación como el crepitar de llamas. Ektor apretó los labios. Si bien los brujos preferían no hablar de ese tema frente a las personas ordinarias, él sabía que debían discutirlo en el consejo.

—Calma —pidió.

—¿Qué vamos a hacer al respecto? —preguntó un hombre.

—Nada —contestó una mujer—. Ya está muerto, no podemos resucitarlo.

—¿No podemos? —inquirió otra.

—No —intervino Ektor, tajante.

—Entonces, precisamos una solución distinta —manifestó Kyner—. O, en pocos años, no habrá magos.

El cuchicheo en la sala aumentó.

—El sortilegio no se aplicó a todos —señaló Ektor—. El grupo de control permanece intacto. Tenemos tiempo.

—Tal vez —dijo una mujer delgada—, pero, mientras tanto, perdemos hechiceros y no generamos ninguno.

Ektor apretó los labios.

«Y antes vivíamos sin ellos, ¿no se acuerdan? Fue así por siglos».

—Hallaremos una forma —insistió Ektor—, redoblaremos nuestros esfuerzos.

Tardó una hora en calmar al grupo y ya pasaban las doce cuando se dispersaron.

En general, Ektor almorzaba solo en sus habitaciones.

Sin embargo, aquel día marchó hacia la zona del castillo donde se reunían las personas ordinarias.

Si bien a él le disgustaba esa separación, aunque trataba, no lograba mucha integración.

Ektor llamó la atención de un individuo fornido de mediana edad, uno de sus mejores consejeros, y este se acercó a él. Durante un rato, caminaron juntos por los pasillos menos transitados, en silencio.

—¿Avance? —preguntó Ektor de pronto.

—Lento —respondió el otro.

—No comprendo. Antes vivíamos así, ¿por qué es tan difícil volver a un mundo sin magia?

El hombre asintió, pero no contestó. Ektor suspiró, luego dijo:

—Debemos estar listos o, cuando desaparezcan los brujos, el Imperio se hundirá en el caos de nuevo.