El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Ochenta y nueve
99%

Capítulo Ochenta y nueve

Malini

P riya:

Piensa en mi retraso como mi carta de amor para ti. Mi última carta de amor. Ya que no he sabido nada de ti y no puedo ir a buscarte, he hecho lo que hubieras querido de mí. Me he asegurado de que Ahiranya esté a salvo y sobreviva. He convertido a tu hermana en una aliada.

He contado cada año. Recuerdo tus brazos alrededor de mi cuerpo en el Hirana, tu olor a agua y a flores de loto, a las cosas que atraviesan la oscuridad y sobreviven.

Sé que estás viva.

Nunca verás esto o tal vez sí. Hace tiempo te escribí cartas que nunca debiste leer y aún así las leíste, así que debo confiar en que encontrarás una manera. Siempre fuiste lo suficientemente terca, mi amor.

Priya, el mundo es vasto y extraño, y es mío. Tengo el poder por el que los hombres están dispuestos a morir y aún así me canso de tenerlo. Recuerdo un sueño en el que te ponía una guirnalda y pienso…

Pienso que más poderoso y extraño que cualquier corona es vivir sin máscaras. Nadar a través de la rabia y el dolor y resurgir, viva, al otro lado.

Priya. Ya voy.

Se despertó en la noche y descubrió flores que crecían a través de las paredes de sus habitaciones. Levantó una lámpara y las vio: el color negro, la manera en que se abrían alegremente al verla. Bajó la lámpara y rio y lloró, sonriente.

Sabía que había llegado el momento.

Había gobernado tan bien como había podido. Había construido su corte a su alrededor y la había llenado de mujeres inteligentes y astutas que darían a Vijay sabios consejos si estaba dispuesto a aceptarlos.

Se reunió con Lata una vez más en una galería mientras salía el sol. Lata observó la luz pensativa. Después, volvió los ojos hacia Malini.

—¿Cuándo te irás? —le preguntó. Lata siempre la había conocido demasiado bien.

—Este año —respondió Malini—. Antes del monzón.

—Podrías quedarte —dijo Lata—. Podrías gobernar hasta una edad muy avanzada, convertirte en una leyenda, cambiar el imperio por completo.

—No me convertiré en una gran emperatriz anciana —dijo Malini en voz baja.

De eso estaba segura. Ya no era del todo humana.

Se había creído mortal tras la caída de Hirana, pero en los años transcurridos desde entonces no había envejecido y las flores seguían volviéndose fácilmente hacia ella, buscando su luz.

Lo que le había sucedido en las aguas, sumida en el poder de Priya, la había cambiado para siempre.

Después de los yaksas y la segunda Era de las Flores, muchos que seguían enfermos de podredumbre vivían con esas marcas.

Los bosques de carne aún se extendían por Parijatdvipa.

Aunque la podredumbre no empeoraba, tampoco mejoraba y la extrañeza se había convertido en algo habitual.

Pero Malini seguía siendo más extraña que el resto.

Había sido mágico para Priya ser la amada de Mani Ara. Una magia terrible y maldita. Pero tal vez ser la amada de Priya fuese un destino más amable.

—El príncipe es muy joven —dijo Lata con un suspiro—. Y, sin embargo, demasiado mayor para tener un regente. El trono será una prueba dura para él.

—Madurará —dijo Malini—. Todos los niños crecen.

Y si era demasiado débil para el trono, si no podía sostener a Parijatdvipa, pues que se desmoronara. Tal vez había llegado el momento de liberarlos a todos de los viejos votos de lealtad, de la rueda que gira incansablemente.

Primero viajó a Srugna. Esta vez hubo pompa y ceremonia, un banquete y miradas de asombro sobre ella. Ella sonrió a pesar de todo, imperturbable. Todo acabaría pronto.

Esa noche se escabulló de sus guardias y caminó sola por la campiña de Srugna. Después, por sus bosques. Luego, sin detenerse, llegó al propio bosque de Ahiranya.

La gente decía que ya no había magia en el bosque de Ahiranya pero ella la sentía. Podría haberla seguido con los ojos cerrados. Era una señal, un tirón bajo su esternón, una llamada.

“Ven a casa”.

Encontró el camino a una cascada y un estanque lleno de lirios debajo de ella. Se soltó el pelo.

Tal vez Priya no estuviera allí pero era tierno que el bosque la conociera.

Era suficiente. Había hecho todo lo que tenía intención de hacer y ahora podía sentarse tranquilamente en esas aguas, hasta que estuviera lista para moverse de nuevo.

Para empezar de nuevo. Para morir y que sus huesos fuesen olvidados, como había amenazado, o para volver a empezar como Rao: cruzando el horizonte, con los ojos dorados, para no volver a pisar el suelo de Parijatdvipa.

El mundo era vasto y extraño aunque se equivocara y ella le daría la bienvenida.

Rao le había escrito de vez en cuando a lo largo de los años: cartas largas, descoloridas por la luz del sol o manchadas de moho por la mezcla de calor y lluvia. Le había escrito sobre montes dorados y mares del color de las esmeraldas.

“Las mismas penas y alegrías viven en todas partes, Malini”, le había contado. “Pero me siento en paz al ver que todos nos levantamos y caemos en las mismas olas. Quizá tú también”.

Se metió en el agua, la vadeó y el frescor le llegó hasta la cintura. Cerró los ojos, sintiendo la luz en la piel.

—Hay una historia que conté una vez a una chica —dijo una voz. Era una voz conocida y también desconocida. —De un hombre que adornó un árbol con guirnaldas hasta que cobró vida y se casó con él.

Una respiración profunda. Otra. No podía darse la vuelta. Se le rompería el corazón si al hacerlo no encontraba nada detrás de ella.

—Conozco esa historia —susurró Malini.

Un sonido débil. Mitad risa, mitad sollozo, tan humano que hizo que a Malini se le llenaran los ojos de lágrimas.

—Es difícil, ¿sabes? Pelear contra un dios hasta hacerlo dormir.

Tú me ayudaste a hacerlo. Vi tu luz, la seguí y me salvó.

Me ayudó a luchar contra ella. Pero incluso entonces ya no podía recordar cómo ser .

Tuve que aprender de nuevo. —Un sonido. El murmullo de las hojas, del agua.

Tal vez de la respiración. Tal vez de un cuerpo sumergido en el agua detrás de ella—. Te dejé sola tanto tiempo… Lo siento.

Malini cerró los ojos y escuchó esa voz. La bebió como si fuera vino.

—No pasa nada —dijo—. Tengo entendido que los árboles crecen muy despacio.

Otra risa. Esta vez sin eco de lágrimas.

—Si te pongo una guirnalda, ¿te volverás lo suficientemente humana como para quedarte conmigo? —preguntó Malini.

—Si te envío flores a través de la tierra y de tu piel, ¿eso te hará lo suficientemente mágica como para quedarte a mi lado?

—Ya sabes la respuesta —dijo Malini temblando—. Tenía el mundo en mis manos y no me bastó. Soy una criatura codiciosa, Priya. He venido aquí por ti. Hay una flor en mi corazón y creció para ti.

Transcurrió un latido y ahora estaba segura de que oía un cuerpo moverse en el agua. Una respiración vacilante.

—Mírame —dijo la voz. Estaba muy cerca. A la distancia de una súplica.

—Tengo miedo —admitió Malini.

—Si me pones una guirnalda, te amaré y me casaré contigo —dijo Priya con ternura—. Me quedaré contigo hasta que se acabe el tiempo, el verdor no exista y no queden más que frías estrellas. —Hubo una pausa. Una mano suave le levantó el pallu —. Mírame Malini.

Malini se volvió y miró a Priya a los ojos.