Epílogo
Bhumika
F ue Padma quien le habló del nuevo río que atravesaba el bosque.
Su hija aún era pequeña. Ya era casi adulta, inteligente como un látigo y con una mente de acero, pero siempre sería pequeña.
“La niña es afilada como un cuchillo”, murmuró una vez Khalida y Bhumika no pudo rebatirlo.
Pero Padma nunca había dejado que su baja estatura le impidiera meterse en problemas.
A menudo se adentraba sola en el bosque o en la ciudad de Hiranaprastha.
Bhumika no se atrevía a detenerla y nunca lo había intentado.
Además, su hija había sido bendecida con amigos.
El Señor Ashish, que acababa de adquirir su título, pero era sabio con su riqueza, y Pallavi, una de las guerreras más jóvenes y astutas que Ganam había escogido para instruir, ahora que estaba a cargo de dotar de personal y entrenar a la guardia de Bhumika.
Y Rukh, por supuesto, hermano de Padma en todo sentido excepto en la sangre, que administraba el mahal como si fuera suyo, discutía con el consejo de Ahiranya durante horas y horas y seguía trepando a los árboles con Padma cuando ella se lo pedía.
Vio a Padma escabullirse de los árboles y correr hacia ella. Su larga trenza se agitaba en el aire detrás de ella.
—Mamá —dijo—. El río pasa por la enramada.
—Ah, ¿sí?
Padma asintió con la cabeza.
—Y había alguien allí, una mujer —dijo—. Me pidió que viniera a buscarte.
A menudo había gente que la buscaba. Solo era una más del consejo gobernante de Ahiranya, pero había gente que aún valoraba las viejas costumbres de los mayores del templo y la seguía llamando “mayor suprema”.
La máscara de corona estaba guardada en un cofre junto a su cama; a veces la desenvolvía y recordaba aquellos días, buscando la magia en su superficie. Nada le respondía.
Así que no esperaba nada extraño cuando asintió con la cabeza, dijo a Padma que fuese a buscar algo de comer y se dirigió sola hacia la enramada de los huesos.
En el tiempo transcurrido desde los yaksas , Ahiranya se había asentado en sus huesos, a veces literalmente.
Allí se habían cavado tumbas para los guardamáscaras y las almas que habían bebido las aguas extraídas de la fuente por el bien de Ahiranya.
Ahora había deseos escritos en las cintas de la enramada de los huesos.
Deseos de un futuro pacífico, de buenas cosechas.
Los yaksas se habían ido, pero los ahiranyis se conocían a sí mismos y seguían demostrando su devoción a la tierra.
Bhumika se paró bajo las hojas y miró. Había un arroyo plateado allí, en el borde de la enramada; el agua ondulaba sobre las rocas y en el agua había una mujer hecha de flores.
A Bhumika se le heló el corazón.
Había visto yaksas . Había visto la piel de sus seres queridos vestida por monstruos. Temió, con un miedo profundo y terrible, volver a ver la misma maldición.
Pero entonces la mujer hecha de hojas y de flores desapareció, y la mujer que apareció ante ella era Priya.
Priya a secas, con su piel morena y su sonrisa fácil, su pelo lacio y sus hombros cuadrados.
Priya, que siempre había amado demasiado y con demasiada ternura, que había muerto y aún así había encontrado la manera de despedirse.
—Bhumika —dijo. Su sonrisa era temblorosa. Sus ojos castaños, familiares. No había envejecido en absoluto—. Lo siento si te asusté. Ya sé, he estado lejos mucho tiempo.
Bhumika no podía hablar. Era un truco, un truco de los yaksas .
—No sé cuánto tiempo puedo estar aquí, de pie delante de ti —continuó Priya—.
Yo no soy como… ellos. Como los yaksas .
—Abrió los brazos—. ¿Nunca te preguntaste por qué los árboles siguen siendo tan extraños en Ahiranya?
¿Por qué parece que te escuchan? Tal vez no lo sepas, pero el mundo no es así para la gente que no ha nacido al menos una vez.
Todavía queda un poco de poder y se mueve a través de mí.
—Bajó la cabeza. Levantó la barbilla—. La podredumbre no se desvanece por sí sola, ¿sabes? Es un trabajo agotador.
Bhumika dio un paso adelante. Un tropezón, otro. Abrazó a su hermana.
—Priya —dijo entrecortadamente, con lágrimas en los ojos—. Priya, ¿cómo has podido dejarme durante tanto tiempo?
Priya la abrazó.
—No tuve elección.
—Eres un monstruo por haberte ido.
—Soy un monstruo en general. —La estrechó con más fuerza—. Yo también te quiero, Bhumika.
Lentamente se soltaron y Priya la miró sonriendo, con los ojos tan llorosos como los de Bhumika.
—No estoy sola —dijo—. Y tú tampoco.
—No estoy sola —coincidió Bhumika, con voz grave—. ¿Y tú…?
La sonrisa de Priya se agrandó.
—Nunca pensé que podría tenerla —dijo— pero la tengo. Y ella me tiene a mí. Vamos a ver el mundo juntas. Puede que nos lleve muchas vidas. —Tocó con una mano la mano de Bhumika y dio un paso atrás. La atravesó la luz del sol, moteada por las hojas.
—Volveré a verte —prometió Priya—. Di a Padma que coma más, ¿quieres? Es demasiado pequeña. Y di a Rukh que estoy orgullosa de él, siempre lo estaré.
—Lo haré —dijo Bhumika débilmente. Y cuando Priya desapareció, se puso de rodillas con lentitud.
Se quedó arrodillada en la hierba. La luz moteada caía sobre sus hombros. Oyó pasos detrás de ella: las pisadas plateadas y ligeras de su hija. Los pasos más pesados de su esposo.
—Bhumika —dijo Jeevan preocupado—. ¿Estás bien?
Ella suspiró con una sonrisa en la boca y lágrimas en los ojos. Pronto las secaría, pero aún no. Todavía no.
—Sí —dijo—. Estoy bien.