El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Ochenta y ocho
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Capítulo Ochenta y ocho

Vijay

S e contaron muchas historias sobre la emperatriz Malini.

No se contaron historias sobre Vijay, pero eso se debía a que era un muchacho de quince años. Era el príncipe heredero pero aún era un “niño verde”, como le decía su sabia en tono burlón, sonriéndole con ojos afectuosos.

—Pero he educado a niños verdes antes príncipe Vijay. No temas.

Buscó a la emperatriz en sus jardines cuando cumplió quince años.

Le habló de su entrenamiento, no con la mesura que le habían aconsejado, sino sin rodeos.

Las espadas estaban bien. No quería hablar de las espadas.

Le gustaban los barcos, dijo. Había aprendido las técnicas necesarias para construir buques.

Le gustaría viajar por los mares y ver qué hay más allá. ¿Qué pensaba de eso la emperatriz?

—¿No te dijo tu madre que me temieras? —La emperatriz parecía divertida.

En realidad su madre le había dicho que había espías que la vigilaban constantemente y también a él. Lo había asustado de niño, pero ahora era un hombre o estaba a punto de convertirse en uno.

Además, también le habían contado historias otras personas.

La sultana de Dwarali, una mujer mayor elegante y de porte orgulloso, y su esposo, el sultán, que era rudo y gracioso y viajaba a todas partes a caballo debido a una herida que se había hecho en la guerra.

Sus relatos hablaban de las grandes aventuras y el heroísmo de la emperatriz, pero él había oído historias más pequeñas y reveladoras de los consejeros de Malini.

Algunos de esos consejeros eran totalmente inaccesibles, pero la Señora Deepa siempre tenía una sonrisa para él y un relato para contarle acerca de la bondad de la emperatriz.

Ella siempre le dejaba beber sherbet o comer dulces de caña de azúcar cuando era pequeño en su recámara, cuando quería huir de las prácticas de sable.

Su sabia Lata desaprobaba esa conducta y regañaba constantemente a Deepa por ello.

—Ya no soy un niño —dijo Vijay ahora a la emperatriz. Sus días de caña de azúcar y sherbet habían quedado atrás.

—Aún eres un muchacho. No tendrás el privilegio de ser un jovencito por mucho tiempo —dijo ella en voz baja, mirándolo a los ojos.

Los de ella eran oscuros y fríos. A menudo él deseaba haber heredado esa mirada imperial, pero todo el mundo decía que era igual a su madre, y se le notaba su sangre saketana en los ojos castaños y en su baja estatura.

Si algo tenía de la línea imperial era el pelo rizado, solo eso.

—¿No lo tendré?

—No —dijo la emperatriz—. Pero tienes consejeros sabios y capaces. Confía en ellos y todo irá bien.

La emperatriz no era… no era exactamente joven. Parecía joven, por supuesto, pero todos decían que eso se debía a que era una Madre viviente de las llamas y por eso su luz la hacía parecer eterna. Pero tampoco era vieja. Era extraño que hablara así, como si estuviera cerca de morir.

Las flores de jazmín se agitaban con la brisa a su alrededor. Los ojos de la emperatriz se entornaron cuando sonrió.

—No tienes corazón para gobernar —le dijo amablemente.

—Sí lo tengo —protestó él.

Ella negó con la cabeza.

—Permíteme darte un consejo que sé que no aceptarás, Vijay: cuando yo haya muerto y me haya ido, aprende a mentir. Necesitarás muchas máscaras para sobrevivir.