Capítulo Ochenta y siete
Rao
V io a Malini hablar ante una multitud enfervorizada de ciudadanos de Harsinghar. Se arrojaron flores de jazmín, el aire se llenó de júbilo. Y Malini, una delgada figura vestida de blanco, se puso de pie por encima de todos y proclamó el futuro con tanta autoridad como el dios sin nombre.
—Esta guerra se ganó con la ayuda de los ahiranyis, que se volvieron contra sus dioses por su propio bien y por el nuestro. Demostraron valor. Negociaremos con ellos y continuaremos nuestras vidas en paz.
Paz. Rao se preguntó cómo sería.
Encontró a Sima sentada sola en medio de las celebraciones en el tejado donde una vez él se había sentado a beber hasta emborracharse.
Ella no tenía licor. Miraba al cielo, pero cuando él la llamó se deslizó hacia abajo para reunirse con él.
La pierna de Rao aún no estaba en condiciones de trepar a los tejados.
Se sentaron juntos y escucharon los sonidos de las celebraciones en la ciudad.
—Creo que Priya ha muerto —dijo Sima finalmente. Se pasó las manos por las mejillas; estaban húmedas.
—Lo siento —respondió Rao en voz baja. No podía refutarla: había visto la devastación y el pesado vacío en los ojos de Malini.
—Ella me cambió la vida o tal vez la cambié yo misma —dijo Sima mirando el horizonte de oro que se movía sobre su rostro, líquido, y hacía brillar sus ojos—.
No puedo quedarme en Ahiranya —agregó finalmente con voz débil—.
No puedo volver. Y… tampoco quiero quedarme en Parijat. Necesito un lugar al que escapar.
Tal vez hubiera una posibilidad allí, algo que Rao había sentido en el tamborileo de silencio cuando estaba junto a Kai Ehsan y el señor le había apoyado la cáscara de corazón en la palma de la mano con sus dedos cálidos, su tacto como un ofrecimiento y un refugio.
O tal vez no.
Pensó en el kai. Pensó en la nieve de Dwarali y en lo vasto que le había parecido el mundo más allá de Lal Qila. Quería eso para sí mismo. Tanto si volvía a Alor como si no, sabía dónde acabaría: caminando hacia un horizonte blanco y azul.
Ehsan había renunciado a los peligros del mundo que estaba más allá del Lal Qila por la seguridad de Parijatdvipa. Pero Parijatdvipa casi había destruido a Rao. Habría muerto por esa tierra y ya no quería vivir en ella. Quería ver las estrellas bajo un nuevo cielo.
Sería como caminar directamente hacia un fuego que no podría quemarlo ni romperlo. La luz de lo posible.
—Para empezar, alguien tiene que vigilar al Kai Ehsan —dijo Rao—. Él todavía es un desconocido para nosotros pero aún así, por todo el bien que ha hecho… Y alguien tendrá que conservar la paz entre él y las señoras de Dwarali y Lal Qila.
—¿Crees que la emperatriz te dejará ser quien lo vigile cuando fuiste tú quien se lo trajo? —preguntó Sima.
—Sí —respondió—. Creo que me dejará.
Sima lo observaba pensativa.
—Y después, ¿qué? —preguntó como si albergara una esperanza. Como si aguardara algo.
—Hay todo un mundo más allá de Dwarali —dijo Rao en voz baja—.
Más allá del Lal Qila. No sé nada de ese mundo; nunca he soñado con él, el dios sin nombre no me lo reveló.
No conozco a nadie allí y nadie me respetará por ser un príncipe de Alor o un general de la emperatriz de Parijatdvipa.
Nadie me juzgará por haber asesinado al sumo sacerdote de las Madres, por más que haya sido un monstruo.
Quiero ir a ese mundo —dijo—. Quiero verlo.
Quiero ver en qué podría convertirme allá. Pero, Sima, ¿qué quieres tú?
—Hay gente a la que no quiero dejar —respondió ella finalmente—. Pero… No quiero ser una sirvienta, ni una consejera, ni una prisionera. Quiero ir contigo. —Hizo una pausa—. Cuando me haya despedido, cuando las cosas estén más estables, si puedes esperarme a mí también me gustaría ir.
Rao sonrió.
—Puedo esperarte —dijo.
—Has construido un buen relato sobre mí, Rao —le dijo Malini. Aún estaba delgada, agotada, pero su sonrisa era real, una luz en su rostro—. Incluso mis propios cortesanos creen que ahora soy una especie de dios.
—Fue obra de Lata —dijo él.
—Oh, no mientas —replicó Malini—. Ella me dijo dónde empezó el mito. Lata tiene un gran respeto por la procedencia del conocimiento. Rao…
—¿Sí?
—Quedas libre de la carga de tener tu destino ligado al mío —dijo Malini—. Cuando estés listo para partir, puedes irte. Te lo ofrezco.
Tragó saliva. Debería haberla rechazado. Debería haberle dicho que se quedaría a su lado. En vez de eso, dijo:
—Gracias.
Lata lo abrazó más tarde.
—Pensé que algún día volvería a ser una sabia que viaja por el mundo —dijo sofocando la voz contra el hombro de Rao—. Pero ¿cómo voy a dejarla? ¿Y cómo voy a pedirte que te quedes? No puedo, Rao. No puedo.
Él le devolvió el abrazo.
—Vas a ser una de las personas más importantes del imperio —dijo con la cara contra su pelo—. ¿Y yo? Voy a salir al mundo y aprender cómo es. Como un verdadero sabio.
—Escríbelo todo —dijo Lata con lágrimas en los ojos—. Y luego envíamelo.