Capítulo Ochenta y cuatro
Rao
S e tambaleó por el bosque con unas muletas improvisadas entre multitudes de gente que gritaba, entre soldados heridos. Encontró a Sahar cerca del Hirana, tal como había temido y esperado con igual intensidad. Cojeó hasta ella, sudando por el esfuerzo, y se arrodilló a su lado con un silbido.
Sahar sangraba; tenía las ropas empapadas de sangre. A Rao se le revolvió el estómago al verla, pero estaba despierta, consciente, viva. Aún había esperanza.
—Traté de contenerla —jadeó Sahar—. Busqué un paño…
—Necesitas algo más que un paño enrollado —dijo sombríamente—. Dime que al menos estaba limpio.
—No puedo asegurarlo.
Trató de ayudarla a levantarse; ella se aferró a su brazo con una mano fuerte como el hierro.
—La esperé —dijo Sahar. El dolor le había nublado la vista pero intentaba concentrarse—. Volví, esperé y fui… fui a buscarla. Al final. No sé cómo lo hizo, pero se las ingenió para salir de ese maldito templo.
—¿Se fue para arder?
—No sé qué fue a hacer —dijo Sahar lentamente, con dolor—. Solo que se fue. Se han ido, ¿verdad? Los yaksas .
Rao suspiró despacio y asintió.
—¿La mayor Priya estaba con ella?
La mirada de Sahar se oscureció.
—No —respondió—. No. Se ha ido.
Intentó nuevamente ayudar a Sahar a levantarse. Ella lanzó un grito espantoso y desgarrador.
—Voy a buscar ayuda —dijo Rao. Ella lo aferró con más fuerza.
—Primero, la emperatriz —dijo.
—Tú mereces vivir —exclamó—. Sahar, yo mismo la protegeré. Me aseguraré de que esté bien.
—No, es que no lo entiendes —dijo Sahar—. Está… detrás de las rocas. Ve. Mírala.
Estaba claro que Sahar no se dejaría disuadir así que la soltó.
Fue a mirar y lo comprendió inmediatamente.
Malini estaba viva, sin quemaduras. Yacía inconsciente, empapada hasta los huesos, sobre un lecho de flores negras que se movían con ella cuando respiraba. Un latido de vida.
Dio un paso atrás. Otro.
—Ella ardió —dijo Rao.
Sahar lo miró fijamente.
—¿Qué?
—Ella ardió —volvió a decir Rao—. Eso fue lo que viste. Y salió ilesa de las llamas. Nos salvó a todos. Eso es lo que diremos. Cuando sobrevivas a esto, porque vas a sobrevivir, eso es lo que dirás. Ella es una Madre viviente de las llamas. Una diosa viviente. ¿Lo entiendes?
La expresión de Sahar se aclaró a pesar del dolor. Asintió con la cabeza.
—Sí —respondió con más firmeza—. Eso fue lo que vi.
Nadie volvería a tener poder sobre Malini.