El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Ochenta y cinco
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Capítulo Ochenta y cinco

Malini

D espertó sola.

El templo estaba en ruinas le decía Lata en voz baja y cuidadosa.

El Hirana se había derrumbado. La mayor Bhumika había permitido que unos pocos miembros elegidos del consejo de Malini vieran lo que quedaba de él para examinar el polvo y la piedra y asegurarse de que no quedara nada, ni de los yaksas ni de Priya. Nada vivo.

“No está muerta”, pensó Malini. Se aferró a ese pensamiento como si fuera polvo, como si fuera arena, ceniza que intentaba escurrirse entre sus dedos.

“No está muerta. Priya. Priya”.

—Me reuniré con la mayor Bhumika —dijo Malini—. Le ofrecí la seguridad de Ahiranya si ella y la mayor Priya nos ayudaban y ella cumplió su parte del trato. Parijatdvipa conservará sus votos.

Nadie discutió con ella, a pesar de que hablaba desde su lecho de convaleciente, rodeada de funcionarios de la corte, escribas y señores nobles, una escena tan parecida a la de la muerte de su padre que la habría hecho reír, si hubiera tenido fuerzas para la risa.

Vio extenderse su vida ante ella. Sería una gran emperatriz. Una Madre viviente de las llamas. Viviría sola, sin amigos y poderosa, como le había advertido Raziya. Moriría sola, sería llorada pero amada verdaderamente por pocos. Nunca volvería a oír la risa de Priya.

No sintió dolor al pensarlo. Ahora sabía por experiencia que una herida grave a menudo era indolora cuando estaba fresca, porque el dolor era demasiado grande para que la mente lo comprendiera. La agonía vendría después.

Pasaron semanas antes de que soñara con la oscuridad y con las yemas de los dedos de Priya contra sus labios.

—Los yaksas se han ido —dijo o intentó decir. Extendió la mano y sintió la boca sonriente de Priya bajo la palma.

—Los yaksas se han ido —convino Priya.

—Pero yo no soy simplemente una yaksa .

Se despertó, permitió que Swati le cepillara el pelo y miró su propio rostro en la superficie plateada de su espejo. No estaba tallada en oro ni era una Madre viviente de las llamas. Se veía mortal y cansada.

Pero durante la noche le había crecido una flor en el pecho. Un capullo negro.

Una promesa.