Capítulo Ochenta y tres
Priya / Mani Ara
A ntes fue la luz de las estrellas. Antes fue un pez en un gran río. Ahora era carne. Fea, pesada, con la muerte escrita en su propia naturaleza.
Le latía el corazón y le dolía su peso. Los pulmones eran un tejido frágil. La sangre y la respiración eran una compulsión. Su carnalidad era monstruosa. El mundo había cambiado, estaba podrido, verde y dulce, y aún así le daba arcadas. Ese mundo no la quería. Ella no lo quería.
Mani Ara había querido apoderarse del mundo para su familia.
Esa parte de ella se estremeció de horror por lo que había perdido, por los parientes que había llevado sobre las aguas cósmicas, que ahora estaban muertos y los había perdido.
Los había sentido morir: el dolor, el fuego y la nada absoluta que les siguió.
Ella destruiría el mundo si ellos no podían vivir en el mundo. Lo haría pedazos. Lo había moldeado con tanta ternura para ellos, durante tanto tiempo y ahora… ahora, ahora…
Ahora la parte de ella que era Priya estaba abrumada. La vida humana era muy pequeña. No más que un parpadeo, que nace y se pierde rápidamente.
Las estrellas corrían por encima de ella. Soñó, en un abrir y cerrar de ojos, con sus hermanos del templo. Soñó con Bhumika y Ashok, con Sima y Rukh, Padma y Malini, Malini, siempre ella, siempre todos ellos.
No podía vencer a Mani Ara. Había sido una tonta por tener esperanzas. Incluso si Mani Ara no quería continuar, hasta su no querer era como una marea, tan fuerte como su odio.
Trató de pronunciar los nombres de sus hermanos. Trató de respirar y el agua le llenó los pulmones. No le quedaba espacio dentro de sí, nada más que vaciar y nada más que entregar.
Se ahogó.
Una voz la llamaba. Una luz.
“Priya”.
Luz dorada. El fuego y la luz de las estrellas. La ferocidad del sol.
Unas manos tiernas que buscaban las suyas.
El sangam no era realmente un río y, sin embargo, vio a Malini en la orilla, con una luz en las manos. Malini, con el pelo enmarañado y los ojos como pozos de gravedad, como la oscuridad sobre la que podía bordarse la luz.
Una parte de Priya seguía siendo humana. Una parte de ella permanecía en el mundo. La había dejado allí, aunque le habían dicho que la arrancara, que la vaciara.
A veces el vacío era un espacio en el que permanecía el eco de alguien. Era el lugar donde podía crecer algo nuevo, echar raíces. Una enredadera que ataba a Malini a ella, y a ella a Malini.
Priya se estiró para alcanzarla.
“Duerme”, le dijo al resto de sí misma. Esa fuerza grande, interminable y doliente que se agitaba dentro de ella. “Duerme hasta que el mundo se desmorone, hasta que las estrellas te den la bienvenida a casa”.
“Duerme. Todo lo que amas se ha ido y no hay nada en el mundo para ti”.
La parte de ella que era antigua arañó las aguas. La parte de ella que era antigua enseñó los dientes y lloró, porque ya no recordaba cómo estar hecha solo de estrellas y porque había perdido demasiado.
Pero Priya sabía quién era ella.
Tenía una última tarea que hacer.
Desmoronó el sangam a su alrededor. Rompió las orillas de sus ríos.
Redujo sus aguas agitadas. Destruyó el camino, hasta que solo quedó la más pequeña y titilante astilla de agua, suficiente para mantener vivo lo que el sangam y los yaksas ya habían hecho: la gente enferma de podredumbre.
Los renacidos una vez. Los mayores del templo. Ganam. Bhumika.
Su Malini. Malini debería haber estado muerta, ahogada y quemada, pero la magia inmortal de Priya se disparó a través de ella como el oro.
Ahora Malini era la amada de una yaksa , porque era la amada de Priya.
Estaban unidas como las dos mitades de un todo.
Mientras Priya viviera ella también viviría.
Era suficiente.
Se despertó en su propio cuerpo, floreciente y ya no ajeno. Un peso le llenó los brazos cuando Malini quedó envuelta en ellos, rodeada de luz.
Priya pataleó y subió a la superficie del agua. Caminó por el suelo con el peso de Malini en los brazos. La tierra floreció a su alrededor: las conocía a las dos.
“Mi amada”, pensó Priya con todo el desenfreno y la ternura de una mujer mortal por la mujer que amaba. Y con la inmensidad abstracta, con el vacío de una yaksa que ama a una mortal que forma parte de ella. Una mortal con un fragmento de yaksa alojado para siempre en su corazón.
“Mi Malini, volveré a ti. Te lo prometo”.
El Hirana se abrió, un vertiginoso caleidoscopio de luz, y Malini se escurrió de sus brazos hacia la seguridad de la tierra, hacia la bienvenida de las nuevas flores que brotaban. Y Priya…
Priya cerró los ojos y dejó que el Hirana, el Hirana que caía, se cerrara sobre ella.