Capítulo Ochenta y dos
Rao
—D espierta —dijo Aditya—. Rao.
Rao gimió y abrió los ojos. Estaba oscuro a su alrededor, una oscuridad sin forma. Rodó para ponerse de lado y vio a Aditya sentado en el suelo con las piernas cruzadas, observándolo.
—¿Recuerdas lo que son las estrellas, Rao?
—¿Estoy muerto? —preguntó.
—Entonces, ¿recuerdas las enseñanzas de Sunata? —dijo Aditya pacientemente—. El kai te habló de él.
Rao lo miró fijamente.
—Estoy muerto —susurró. Aditya estaba allí, por fin. El sereno Aditya de ojos oscuros. Estaban juntos nuevamente.
—Te contó mal la historia —dijo Aditya—.
Ningún gran rey murió para hacer esa piedra.
Nació de la propia fuerza de la tierra que no es mágica.
Es la fuerza del tiempo, del calor y del frío; la fuerza de existencia tras existencia.
La no magia que hace montañas. —Esbozó una sonrisa—. He tenido tiempo de aprender, ya ves.
”La cáscara de corazón está vacía, Rao —continuó. Rao se acercó a él y Aditya hizo lo mismo. Envolvió a Rao en un abrazo de luz y le acarició el rostro con sus manos cálidas y amadas—. Es una promesa de que hay más fuerza en nuestro mundo que en cualquier cosa que provenga del vacío.
La luz del fuego brilló en la piel de Aditya. Se movía como la luz de una vela.
—¿Entiendes lo que es el vacío, Rao? Es un regalo.
Es una promesa. No necesitas ningún dios, solo tu propio destino, tallado por tu propia mano.
—Se arrodilló junto a él. Su mirada era amable y vasta, un mundo de suave luz de estrellas—.
No soy nada —dijo la vacilante imagen de Aditya sonriéndole—. Lo que ves aquí no es nada. Olvídame.
—No vuelvas a dejarme —dijo Rao. Estaba llorando. Una mano se cerró sobre la suya.
—Vive.
Volvió a su propia piel. Tenía el puño cerrado, tal como lo había dejado Aditya. Dentro estaba la empuñadura de su daga de cáscara de corazón. Debió de haberla alcanzado incluso inconsciente.
Hemanth estaba levantando su lanza de fuego para asestarle un golpe mortal. Rao alzó su daga de cáscara de corazón para hacerle frente.
El fuego estalló alrededor de la hoja de la daga y brotaron zarcillos salvajes hacia todas direcciones, menos hacia el propio cuerpo de Rao. Hemanth abrió los ojos de par en par. Era suficiente distracción.
Rao se puso de pie ignorando el dolor de su pierna. Empujó bruscamente a Hemanth y lo hizo caer al suelo, lo inmovilizó y levantó la daga.
—Tu muerte no salvará a la emperatriz —dijo—. Pero sí salvará al heredero de Malini y a Parijatdvipa de tu influencia.
—Habrá otros sacerdotes que luchen por nuestra fe, que dirán la verdad —dijo Hemanth con la voz desgarrada, aún resistiéndose—. Nunca serás perdonado si me matas.
—Siempre habrá hombres como tú —convino Rao y lo inmovilizó fácilmente, con más fuerza—. Pero no serán tú. Con eso me basta.
Apuntó al pecho de Hemanth con la daga.
—No te mato porque sea lo correcto o algo bueno, o porque me obligue a hacerlo algún sentido superior de justicia —le dijo—. Te mato porque mereces morir y el mundo será mejor sin ti. Te mato porque no mereces elegir la forma en que morirás.
—Rao, príncipe Rao, no…
Apuñaló a Hemanth en el corazón. Hemanth se aferró a él con un rictus de agonía en la cara. Escarbó inútilmente con las manos como si quisiera apartar el filo de la daga. Rao no se movió.
En cuestión de instantes, los ojos del sumo sacerdote se apagaron y murió.