El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Ochenta y uno
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Capítulo Ochenta y uno

Bhumika

Y acía jadeante en el suelo. Las aguas la rebalsaban y no la dejaban respirar. Sus fantasmas se acercaban. Jeevan la ayudaba a mantenerse quieta, con la mano sobre la suya. Khalida se inclinaba sobre ella, llamándola por su nombre. Lloraba.

Vio a sus fantasmas y, de repente, los conoció.

Eran todos sus hermanos del templo. Todos niños como ella que habían servido en el Hirana, habían atravesado las aguas y habían muerto ahogados o quemados. Conocía sus nombres, sus sueños. Los lloró.

Ellos eran el “conocimiento” de las aguas inmortales. Eran los restos de sí mismos —cara, voz, memoria— que las aguas habían conservado mucho después de su muerte. Eran cadáveres a los que se les había dado una breve vida.

Ahora lo sabía. Lo que quedaba de las aguas dentro de ella regresaba al sangam y todo lo que ella había dejado en el sangam , su propia voz, memoria y espíritu, fluía a su vez hacia ella.

Volvió los ojos, horrorizada, hacia el fantasma que estaba arrodillado más cerca de ella.

El cuenco que sostenía estaba vacío. No tenía velo, sonreía.

—Ashok —dijo Bhumika con la voz quebrada.

—Te dije que llorarías —dijo él.

Su silueta se desvaneció. Ella extendió una mano hacia él, tratando de aferrarlo, de retenerlo.

Lo siguió hasta el sangam . Dejó atrás su carne y cayó.

Él tenía razón. Ella lloró. Él se había ido.

Bhumika se arrodilló en el agua salpicada de estrellas. Los tres ríos del sangam se agitaban impulsados por la tormenta y rompían en sus orillas. Alcanzó a ver la sombra de Ganam, una luz distante. Pero allí, ante ella, estaba Priya.

Ahora conocía a su hermana. Conocía todo el terror y el amor que le provocaba Priya con solo ser ella misma, valiente, brillante y terrible. Corría dentro de ella.

Priya no era solo una sombra. Estaba de pie entre las olas ásperas que se elevaban sin tocarla.

Su cuerpo era inamovible, estaba en guerra consigo mismo.

Flores y carne, ojos castaños e irises de caléndula.

Era una yaksa y no lo era. Era más que cualquier yaksa que Bhumika hubiera visto antes y también era Priya, siempre Priya.

—¡Priya! —gritó; el sangam ondulaba, se retorcía—. Priya, por favor, ¿puedes oírme? Idiota, tonta, ¿qué has hecho?

Se arrastró por el agua y extendió una mano.

Los ojos de Priya se encontraron con los suyos. Flores doradas. Ojos castaños.

—¿Bhumika? —susurró—. ¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas de mí?

Bhumika estuvo a punto de echarse a llorar.

—Incluso cuando no te conocía, nunca te olvidé —dijo con voz temblorosa—. Vamos, Priya. Dondequiera que estés, ven a casa.

Lentamente, temblorosa, como si no supiera cómo funcionaba su carne, Priya extendió una mano.

Por un momento se tocaron a través del sangam .

Dos hermanas. Y Bhumika se recordó a sí misma, se recordó completamente.

Vio a Priya a través de las aguas y recordó a Priya de niña, enfadada; a Priya de adulta, hosca; a Priya sonriéndole cuando se marchó a pelear en la guerra de la emperatriz, aquella última vez que Bhumika la había visto y conocido.

El agua se volvía cada vez más salvaje. El sangam se agitaba en un mar sin fin y Priya estaba en el centro, atada a una yaksa y a punto de ser engullida.

—Tengo que destruir las aguas, Bhumika —dijo Priya—. Tengo que convertirlas en nada. Si no lo hago, Mani Ara… o yo, o nosotras nunca moriremos. El mundo se deformará por la magia que no debería existir aquí. Lo siento mucho, tengo que pelear contra ella y ganarle.

Las flores se convirtieron en luz de estrellas en su cara. Se convirtieron, inexorablemente, de nuevo en carne.

—¡Priya! —llamó Bhumika—. ¡Priya, no! Priya, Priya…

Su hermana sonrió y pronunció una palabra.

—Adiós.

Volvió a su cuerpo. Tosió y tosió, con los pulmones doloridos, hasta que recuperó la voz.

—Estoy bien —dijo—. Me acuerdo. Jeevan, me acuerdo.

Era nuevamente ella misma. Y se afligió, entonces, cuando la invadieron los recuerdos, cuando se dio cuenta del precio que había pagado. Su familia.

Extendió los brazos.

—Padma —dijo—. Por favor.

Rukh se acercó a ella llevando a Padma en brazos. Su hija se apretó más contra Rukh y Bhumika lloró, alegre y afligida a la vez, porque su hija estaba viva y porque no la conocía.

Pero no importaba si la conocía o no. El amor y el alivio que sentía Bhumika eran suficientes.

El suelo del Hirana temblaba, la piedra del triveni se resquebrajaba.

—El Hirana va a caer —dijo Bhumika. Sentía cómo se desvanecía la magia en la piedra que la rodeaba. De alguna manera, la batalla de Priya en el sangam estaba debilitando el edificio—. Tenemos que irnos.

—Si bajamos nos matará el fuego —dijo el niño Ashish con firmeza—. Devoró a los yaksas pero aún no ha dejado de arder. Lo sé. Lo he visto.

—No quiero morir —sollozó una niña.

—Calla, Pallavi —dijo Rukh. La abrazó—. No vas a morir. Todos vamos a estar bien. El fuego tarda en extinguirse, eso es todo.

El suelo volvió a temblar con más violencia.

—Tenemos que bajar trepando —dijo Ganam con decisión—. Todos juntos. ¿Podéis hacerlo?

—Podemos trepar —respondió Ashish. Su expresión era sombría—. Priya nos dijo que aprendiéramos. Empezó a enseñarnos y nosotros seguimos practicando.

Bhumika miró a los niños y a los adultos reunidos.

Recordó lejanamente su propia infancia: los hermanos del templo que habían muerto al caer al vacío en su primer descenso por el Hirana.

Recordó que había llorado desconsoladamente después de su primer intento y había amortiguado el llanto con una almohada para que Sanjana no la criticara.

Recordó cómo se había reído Priya durante toda su propia escalada, bajando a los saltos con pies ligeros, encantada con su propia fuerza y con el amor que el Hirana le demostraba.

—Venid —dijo y vio que una docena de ojos se fijaban en ella con confianza—. Tenemos que movernos deprisa. —Miró el brazo de Ganam, atado en un cabestrillo cerca de su pecho—. ¿Puedes hacerlo con una mano? —le preguntó.

—Voy a tener que hacerlo.

El descenso fue aterrador. Los niños se movían despacio, con cuidado, con los ojos de los adultos puestos en ellos.

Bhumika había ordenado en silencio a algunas de las personas más fuertes que habían quedado atrapadas en el Hirana que descendieran debajo de los niños.

Si alguno perdía pie y se caía, esas personas tendrían la oportunidad de atraparlo sin venirse abajo y morir en el intento.

Trepar era difícil. Tal vez fuese porque acababa de volver a su cuerpo, pero no creía que fuese esa la razón.

Algo había cambiado en el sangam y su magia se estremecía y se rompía con él.

Incluso le resultaba difícil mantener el equilibrio, una tarea que nunca le había costado en el Hirana.

Se alegró de que Jeevan llevara a Padma bien envuelta contra su pecho.

El sonido de una tormenta rugía en sus oídos, pero el aire que la rodeaba solo olía a humo y cantaba con el fuego.

—¡Ganam! —gritó, dejando que el aire humeante llevara su voz hasta él. Giró el cuello. Él estaba debajo de los niños, pero ella lo vio mirar hacia arriba—. ¿Lo notas?

Ganam hizo una mueca de dolor.

—Sí, lo noto —dijo sombríamente.

Rukh, cerca de él, gritó:

—¡La piedra se está resquebrajando!

Se oyó un gemido ominoso de la piedra, tan profundo que parecía el bramido de una bestia. Un viento de fuego rozó la mejilla de Bhumika.

—¡Manteneos en movimiento! —dijo tratando de que su voz no demostrara el pánico que sentía. El pánico los haría descuidarse. El pánico los haría caerse.

Hubo otro rugido, esta vez de agua dentro de su cráneo. Se tambaleó, y Ganam también.

—¡Bhumika! —llamó Jeevan.

—Estoy bien. Que alguien sujete a Ganam —ordenó.

Khalida lo aferró y lo inmovilizó contra la pared—.

No dejes que se caiga. —Bhumika enganchó los pies en las grietas y rodeó una talla con el brazo.

Tenían muy poco tiempo; debían seguir avanzando, pero si se movía ahora no lo lograría. Estaba mareada.

Sintió una mano firme en el brazo.

—No te dejaré caer —gritó Jeevan. Le temblaba el brazo donde la sujetaba—. Nunca te dejaré caer.

—Abrázame —le suplicó Bhumika al Hirana moviendo los labios pero sin emitir sonido. Ella había nacido tres veces, el Hirana la conocía. Siempre la había acogido, siempre se había amoldado a su cuerpo. Pero ahora la piedra se quebraba y temblaba, se hacía polvo bajo sus dedos.

Jeevan la conocía mejor.

—Lo haré —le dijo Jeevan mientras la hija de Bhumika lloraba—. Lo haré.

—Tenemos que seguir —insistió ella; el cuerpo le temblaba como si hubiera salido del agua fría.

Ya no había tiempo para preocuparse de contagiar el pánico; ahora era razonable sentirlo.

Parpadeó para deshacerse de las lágrimas horribles que le nublaban los ojos y desvió la flecha abrasadora que apuntaba a su corazón lejos, lejos.

Llegaron a la base. Bhumika se preparó para el fuego. Sus pies tocaron el suelo… y el fuego se desvaneció.

Lo que fuese que las llamas habían ido a buscar, ya lo habían conseguido. Ahiranya estaba quemada y astillada, el bosque reducido a cenizas, pero los ahiranyis —al menos algunos de ellos, al menos esa multitud que la rodeaba, temblando y llorando de alivio— habían sobrevivido.