El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Ochenta
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Capítulo Ochenta

Malini

E l fuego estaba cada vez más cerca. Una ráfaga de viento ardiente le rozó la mano cuando la alargó hacia el agua y no agarró nada.

Se arrodilló en la orilla. Tiritaba. El calor abrasador en contraste con el frío del agua que la cubría hasta las rodillas la había dejado temblando. Sentía los brazos demasiado ligeros, demasiado vacíos.

Había un azul reluciente, brillante. Cuando apoyó a Priya en el agua la había visto desvanecerse. La piel ampollada, los ojos cerrados. La sombra de su pelo abierto en abanico alrededor de la cara, la sombra de su cuerpo.

Ahora no había nada. Priya se había hundido muy, muy profundo.

¿Malini los había condenado a todos? ¿Saldría Priya del agua con una desconocida tras sus ojos? Malini se había dicho a sí misma que había seguido a Priya hasta allí para impedir que eso ocurriera. Qué mentira. Ella era, tal vez, el instrumento del ascenso exitoso de la yaksa al mundo.

No sintió preocupación alguna, no como debería haberla sentido. El pánico y el dolor eran metal entre sus dientes, en su lengua. Olía el fuego, el hedor sofocante de la grasa, la piel y el pelo quemados.

Si Priya salía del agua con la piel nacarada por la luz y el rostro ajeno y veteado de madera, si sonreía como una desconocida y miraba a Malini con frialdad e insensibilidad, demasiado inhumana para amar de la manera fea y desesperada en que Priya y Malini se habían amado…

“Me quemaré y la quemaré conmigo”, se dijo.

Se le ocurrió otra posibilidad, peor que todas las demás: que Priya no volviera.

Parpadeó, oyó su propia respiración demasiado agitada. Parpadeó de nuevo y se dio cuenta de por qué su visión se estaba desvaneciendo. La luz en el agua se atenuaba, se oscurecía.

La luz del agua se apagó. La oscuridad era absoluta.

No podía reír ni llorar, solo cerrar los ojos. Solo sentir que algo —el verdor que invadía su sangre, sus costillas, su corazón— vacilaba como la llama de una vela y moría.

Su propia voz, una voz amarga, se le enroscó en el cráneo:

“Arde, para que al menos te quede algún resto amargo de gloria. Arde, para que todo esto tenga al menos algún escaso valor para el mundo”.

Un tamborileo detrás de los ojos, en los oídos.

No estaba destinada a arder. Se lo había dicho a sí misma muchas veces. Había peleado por un futuro y una corona para sí misma y sin embargo…

Se había obligado a ir a ese lugar y a esa oscuridad, y había sumergido a Priya en un agua que podía matarla o convertirla en un dios.

Y el único fuego que podía matar a un dios, que podía destruirlo allí, en la oscuridad, en un caparazón, lejos de las frágiles vidas humanas que vivían más allá del Hirana, estaba dentro de Malini.

Había sueños o pesadillas que vivían en su cráneo. No eran visiones de la fe sin nombre, sino caminos que había trazado en la oscura noche, de camino a la guerra.

Un sueño de una reina vieja y amargada, sola en su trono, famosa, poderosa y completamente vacía. Un monstruo hueco, igual que los emperadores que la habían precedido.

Otro sueño de una estatua dorada que tenía su propio rostro tallado y quieto, un medio para un fin. Un niño coronado en lugar de ella.

Un mundo que no contenía más que podredumbre y verdor, donde nadie recordaba lo que significaba ser humano.

Un mundo quemado y lleno de cicatrices, donde Ahiranya no existiría. Polvo y cenizas de la historia.

Ella no quería seguir ninguno de esos caminos. Ninguno de los cuentos que se habían escrito para ella. Ella no era la gran emperatriz ni la difunta Madre de las llamas.

Lo que ella quería, más que nada, era ser la mujer que yacía bajo todas las máscaras. Y esa mujer no creía en las Madres, ni en el imperio, ni en el dios sin nombre.

Esa mujer había depositado su fe fracturada y ruinosa en una persona que le había dado su corazón, luego se lo había robado y después se lo había devuelto una vez más. Una mujer que se había ido.

—Creo en ti, Priya —La voz de Malini sonó áspera, tenue en la oscuridad, en la tranquilidad absoluta.

Con los ojos cerrados, podía fingir que Priya la oía—.

Tengo fe en tu humanidad, en todo lo que está roto dentro de ti y te duele.

Tengo fe en todo lo que hay de mortal en ti.

Tienes muchas caras, Priya. La mortal, la imperfecta, la que tiene poder, esta inmortal…

, todas son mías si tú lo permites. Todas son mías.

Abrió los ojos. Una luz dorada, el borde mismo del fuego, brillaba como un río en las venas de sus muñecas, en sus brazos. Crecían flores bajo sus rodillas.

A su alrededor brillaban las sombras. En el parpadeo y la inmensidad de las llamas, vio formarse unas figuras. Las reconoció incluso sin el color y la textura de la carne o la tela.

Alori, Narina, Aditya.

Se dio cuenta de que tenía la cara mojada por las lágrimas.

El sacrificio era terrible y monstruoso cuando era infligido, cuando formaba parte de la propia estirpe.

Pero también podía ser un acto de amor. Podía destruir una parte de ti y liberar el resto, para que un sacerdote, una sacerdotisa o un devoto pudieran arrodillarse solitarios en el suelo junto a las aguas profundas.

No tenía que ser la muerte, incluso cuando lo era.

—Priya —susurró—. Encuentra tu camino de regreso a mí.

Después, se puso de pie y se metió en el agua. El fuego estaba a su espalda y brillaba en las paredes de la caverna.

Las aguas eran venenosas, lo recordaba. Las aguas eran una prueba a la que ella no estaba destinada. Entrar en ellas sería elegir la muerte.

Pero dentro de Malini también vivían el verdor y los suaves sueños de Priya y ella no podía dejarla marchar. No podía hacerlo sin tenderle la mano una última vez.

¿Qué tan grave era un poco más de veneno, bebido a sabiendas? Malini se deslizó en el agua sin miedo. El fuego siguió su camino mientras el agua se tragaba su vida y la estrechaba en la palma de su mano. El oro de la piel de Malini era un fuego de otro mundo y el agua no podía apagarlo.