El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Setenta y nueve
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Capítulo Setenta y nueve

Priya

S e hundió durante mucho tiempo.

Profundamente. Profundamente en las aguas inmortales. Cerró los ojos…

Se despertó en el sangam . Estaba viva, respiraba, aún no había muerto. Pero también estaba en manos de Mani Ara. Se enderezó en el agua y se puso de rodillas. Luego, temblando, se levantó y se volvió hacia el lugar donde se unían tres ríos, donde la esperaba Mani Ara.

Las aguas eran salvajes y se agitaban a su alrededor, saladas por el dolor. Y allí estaba Mani Ara, de pie como Priya. Llevaba el rostro de Priya, las lágrimas de Priya en las mejillas.

—Mi familia se ha quemado y ha muerto —susurró Mani Ara—. ¿De qué me sirves ahora? —La distancia que las separaba se desvaneció y la mano de espinas frías de Mani Ara le acarició el rostro—. Eres el único pariente que me queda —dijo—. El último de los míos.

—Pariente —susurró Priya. Tal vez el fuego había quemado sus palabras. Tal vez había sido el dolor que le golpeaba la cabeza.

—Ya hemos muerto antes —susurró Mani Ara con lágrimas oscuras que le caían de los ojos—. Alguna vez fuimos luz de estrellas, seres del vacío. Huimos de nuestros enemigos cuando se volvieron contra nosotros. Nadamos como peces hasta las costas de vuestro mundo.

Ahora que se había despojado del verdor, de la carne y de los fantasmas huecos de las personas a las que Priya amaba, Mani Ara era pura luz de las estrellas. Si era un pez, era de los que podían nadar por el cosmos, el gran sangam que acunaba el mundo.

Las manos que acariciaban el rostro de Priya brillaban llenas de estrellas. Los ojos que se encontraron con los suyos eran multitudinarios, sin párpados. Las pupilas eran mundos enteros que ardían y se hundían en la oscuridad.

—¿Por qué se volvieron contra ti? —preguntó Priya en voz baja, embelesada a su pesar—. ¿Por qué tuvisteis que huir para sobrevivir?

—¿Por qué pelean entre sí los mortales, pequeña?

Por las mismas razones insignificantes y terribles, vastas y profundas.

Sacrificamos nuestra propia fuerza. Abandonamos el vacío.

Nos convertimos en parte de este mundo: su suelo, sus árboles.

Pero ellos nos siguieron y aprendieron lo mismo que nosotros.

—Movió una mano fría, de dedos afilados, para apoyarla en el corazón de Priya—.

La fe humana es una puerta por la que podíamos pasar —dijo Mani Ara—.

Ellos nos siguieron, esas criaturas de fuego y profecía.

A través de sus mortales, que les rezaban en busca de conocimiento y visiones, volvieron a matarnos.

—Y entonces os sacrificasteis una vez más —susurró Priya.

—La carne es horrible —dijo Mani Ara—. La humanidad es peor. Vuestros sueños, vuestras emociones… Tengo hambre de paz, pero vi morir a mis parientes y pensé: haré cualquier cosa con tal de vivir.

Priya desvió la mirada de la ardiente oscuridad de Mani Ara hacia las aguas que estaban debajo de ellas y al cosmos que estaba sobre ellas; las aguas donde los suyos se habían ahogado y los yaksas habían emergido portando sus rostros.

—El sangam es… es vuestro portal, ¿no? —murmuró Priya—. Está hecho de la fe de todos los mayores y niños del templo. —Ahora que lo había dicho, tenía esa certeza—. Usasteis a mi familia, a los muertos del templo, para regresar, ¿verdad?

—Sí —dijo Mani Ara. Una respuesta simple y horrible.

“Sí”. Fue como si las palabras hubieran salido de la propia boca de Priya.

Vio recuerdos como si fueran suyos: se arrastraban desde la dulzura del vacío hacia el mundo mortal.

La fe de un ser humano era un portal abierto.

Su familia, sus niños, pasaban de la luz y las estrellas al verdor y la tierra.

Los niños del templo, muertos por la fe, mantenían abierto con su sacrificio el portal del sangam , el flujo constante de la magia.

Y después, fuego, fuego y muerte. Priya cerró los ojos.

—Recuerdo cómo era dormir —dijo—. Era infinito, bajo la tierra. Puede que tengas hambre de vivir, pero ahora que tus parientes están muertos también tienes hambre de muerte. Paz. No puedes mentirme, Mani Ara. Soy tu corazón.

Ella se volvió y Mani Ara también. Las dos miraron juntas las aguas.

—Nunca debiste estar aquí —dijo Priya—. No por tanto tiempo.

Tus dones están destinados a tocar este mundo brevemente, a llegar a los mortales a través del fuego o del agua, de los sueños o del silencio, pero no a transformarlo.

—Sentía el sabor podrido de la injusticia—.

Quedarte no te salvará, ni traerá de regreso a tu familia.

Te ha destruido y nos está destruyendo. Déjate ir, yaksa .

Podemos morir juntas. Un corazón, una vida.

Podemos cerrar el portal. Estos ríos pueden llevarse lo que quede de nosotras de regreso al gran mar del más allá.

—Creo que hablas desde la debilidad humana —dijo Mani Ara. La presión de su mano era firme, aguda, y su mirada se agudizó también—. Lo di todo por mis parientes, pequeña, y también viviré por ellos; si tengo que caminar sola por el mundo, lo haré.

Un horror repentino recorrió la espina dorsal de Priya. Había fracasado.

—Quería un mundo glorioso, pequeña —dijo Mani Ara—. Podrido de verdor y de carne. Podríamos haberlo logrado juntas. Ahora lo tendré yo sola.

Presionó su boca de estrellas y espinas contra la de Priya y entonces…

Y entonces…