El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Setenta y ocho
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Capítulo Setenta y ocho

Arahli Ara

—N o moriré por ellos —dijo Vata Ara con tono desgarrador.

—Otra vez los parijatdvipanos tienen un arma que puede destruirnos —dijo Arahli—. Priya está en medio de las llamas. No tenemos nada.

Vata Ara movió la cabeza; la sangre manaba de su herida y tenía el rostro pálido.

—Encontraremos la manera de sobrevivir. Si esperamos aquí, cuando todo el bosque esté quemado, seremos libres. El fuego nos busca a nosotros, no a ellos —dijo. Los recorrió con la mirada—. Recordad cómo fue la última vez.

—Lo recuerdo mejor que tú —respondió Taru Ara en voz baja—.

No me creo mortal. Recuerdo claramente lo que éramos.

El fuego… —La mano de Taru Ara temblaba en la de él—.

El fuego se sentía como el vacío —susurró ella—.

Y el vacío era largo y nuestro sueño era oscuro.

No soñé ni pensé durante mucho tiempo, quizás hasta que me liberaste del árbol donde crecían mis huesos.

—Dormir no es tan terrible —dijo Arahli.

—Hermano, no te convertirás en madera, suelo y tierra —le dijo Taru, aferrándolo por los brazos.

Sus ojos estaban mal, terriblemente mal: goteaban agua salada, los surcaban venas rojas; Taru tenía las mejillas enrojecidas por la sangre mortal—.

Ahora eres más carne que vegetación. ¿Entiendes lo que puede ser de ti?

Una muerte permanente. Algo de lo que nunca podremos volver a levantarnos.

Los fuegos se elevaban desde abajo.

Arahli sabía lo que Mani Ara haría en su lugar.

Ella no era una criatura hecha para la dulzura o el sacrificio. Era despiadada y fuerte, y hacía lo necesario para sobrevivir. Lucharía hasta el amargo final. Ella estaba peleando en el sangam . Los amaba. Él lo sabía.

Si ella estuviera en su lugar dejaría que Ahiranya ardiera hasta las cenizas antes de aceptar su propia muerte o la de ellos.

A Arahli no debería haberle importado si los ahiranyis vivían o morían. Pero Ashok era una enfermedad que vivía en él. Mientras Arahli viviera, Ashok viviría también y se afligiría por esa tierra podrida.

—No moriré —dijo Vata Ara bruscamente—. No lo haré. No lo haré. —Vata Ara seguía sangrando por el pecho, sangre roja y lenta.

Taru le sostenía el estómago envuelto en telas tratando de sostener en su lugar las entrañas heridas: flores, intestinos, vides.

—El fuego nos matará —carraspeó Arahli—. Pero podemos perdonar a los mortales. Son lo único que queda de nosotros. Mis parientes, mi familia. Por favor, si algo puede sobrevivirnos, nuestra muerte valdrá de algo.

—Ni siquiera les importamos —susurró Taru Ara; ahora lloraba. La savia le goteaba de los ojos—. Si así fuera, morirían por nosotros.

Arahli le rodeó con las manos el rostro que antes había pertenecido a una mayor del templo nacida tres veces, una niña que había reído y había hecho crecer hojas en la falda de su hermana, que había sido dulce y cruel y a quien su hermano Ashok había llorado durante toda su corta e injusta vida.

—Algunos murieron por nosotros —dijo con dulzura.

Miró a sus otros parientes supervivientes—.

Sé que soñáis como sueñan los humanos —agregó en voz baja—.

Sé cuánto os duele. Sé cómo os duelen los cuerpos y cómo se retuercen a vuestro alrededor.

Conozco la agonía de ser mortal —suspiró—.

Echo de menos las estrellas, añoro el gran vacío, pero aceptaré la tranquilidad de la muerte si me ahorra el dolor de vivir.

¿Me acompañaréis? —Se le quebró la voz—. No quisiera morir solo.

Silencio.

Fue Bhisa Ara quien finalmente se adelantó y le puso una mano en la mejilla.

—Sí —dijo suavemente—. Iremos juntos.

Avan Ara escondió la cara contra las faldas de Bhisa Ara, tan abrumado como un niño de verdad. Vata Ara cerró los ojos.

—Juntos —repitió—. Sí.

Arahli se acercó a Bhumika. Se arrodilló junto a ella y le puso una mano en la garganta.

Ella se quedó muy quieta bajo su mano, esperando la muerte con una calma sombría y feroz.

—No te envidio —murmuró él—. Ahora sé lo que significa ser mortal.

Es la pena, el dolor y el amor lo que te destruye.

Me alegraré de librarme de ello. Pero tú…

tú puedes tenerlos, por el bien de Ashok.

Es mi último regalo para él. —Le apretó con fuerza la garganta—.

Recuerda —dijo—. Y llora, hermana. Llóranos a todos.

La arrastró a las aguas. Sintió el sangam a su alrededor, el espíritu de ella y el de él. Sintió que ella volvía a estar completa. Después, la liberó de las aguas una vez más.

La oyó jadear, toser y caer. Alguien gritó, corrió hacia ella y la sujetó antes de que se golpeara el cráneo contra la piedra y se hiciera añicos.

Fue sencillo. Ya estaba hecho. Giró la cabeza.

—Taru —dijo—. ¿Puedes caminar?

Ella negó con la cabeza. Estaba llorando, furiosa y desdichada, pero permitió que Arahli la levantara. Jadeó de dolor y, luego, se quedó callada.

Aún sentía el eco de Ashok dentro y, con él, el terror animal de correr por su vida. De sostener a otra niña y huir del fuego. Ahora corría en dirección opuesta, hacia el fuego.

Bajaron por el Hirana donde los esperaban las llamas. Abrazó a Taru con más fuerza, aunque Taru Ara no era una niña.

—No mires —susurró contra su pelo—. No mires, no mires…

Y aunque Taru Ara no era una niña, dejó escapar un sollozo humano, y cerró los ojos. Arahli suspiró y cerró los suyos.

Al menos se librarían de su humanidad. Al menos habría paz.