Capítulo Setenta y siete
Rao
E n medio del caos, el fuego, los gritos y el tumulto de cuerpos, Hemanth consiguió montar un caballo y alejarse.
—¡Que alguien lo detenga! —exigió Rao.
—Yo iré —dijo Narayan—. ¡Seguidme! —ordenó a sus hombres y Rao los vio ponerse en formación, temblorosos de terror mientras las llamas se arqueaban sobre ellos, sinuosas como serpientes.
Alguien cabalgaba hacia ellos. Mahesh, otra vez.
—¡Debéis marcharos! Se han vuelto unos contra otros —dijo Mahesh violentamente.
Estaba herido, le manaba sangre del costado.
Se tambaleó sobre el caballo y luego se desplomó.
Un puñado de soldados lo sujetaron antes de que cayera y se rompiera el cráneo, y lo ayudaron con cuidado a recostarse en suelo—.
Esos sacerdotes guerreros, esos bastardos.
—Hizo una mueca de dolor—. El maldito Hemanth hace al guerrero volverse contra el guerrero. Qué momento para luchar por la fe.
Rao levantó la cabeza. Todo el ejército peleaba contra sí mismo y los que no peleaban ardían. Soltó un insulto. Sentía ganas de vomitar.
—Mis soldados más leales saben lo que hay que hacer —decía Mahesh sombríamente—.
Degollarán a cualquier sacerdote guerrero que vean.
Esos malditos fanáticos no llegarán más allá del perímetro de mis propios hombres.
¿Sabes qué es lo más extraño príncipe Rao?
—Tosió con sangre en los labios—. No todos luchan contra nosotros; algunos luchan por nosotros. La emperatriz sí que los convenció…
Un soldado corrió hacia ellos, tropezándose con sus propios pies.
—¡El fuego apunta primero a los podridos! —gritó. Tenía hojas en el pelo. Siguió corriendo sin detenerse.
Rao miró a Mahesh, con los ojos fijos en el liquen que le cubría la garganta. Sintió que el corazón le latía con fuerza.
Se oyó el choque de un caballo caído. El suelo empezó a arder delante de ellos, mientras el caballo y su jinete eran engullidos. El fuego empezó a rodar hacia ellos, una ola de calor dorado.
Mahesh miró a Rao a los ojos. Sonreía amargamente, sabía lo que iba a ocurrir.
—Dile a mi hija… —murmuró con voz áspera—. Dile…
Las llamas lo envolvieron como un puño. Rao saltó hacia atrás y cayó de espaldas, evitando por poco la ráfaga de fuego.
Sintió un dolor caliente en la cara, los labios chamuscados y los ojos escocidos.
Se puso de pie para tratar de llegar a Mahesh, pero lo vio retorcerse en su agonía y rodar por el suelo hasta que empezó a quedarse quieto, hasta que desapareció.
—¡Rao! —llamó Lata aterrorizada.
—¡Toma un caballo! —oyó que le gritaba el Señor Khalil.
—No, yo…
—No eres una guerrera —le dijo bruscamente. Rao casi no podía oírla por encima del crepitar de las llamas y los gritos—. Y la emperatriz necesitará tu guía cuando acabe esta guerra. Cabalga, sabia Lata. Ve al campamento de guerra y espera allí.
—El caballo no avanzará a través de las llamas —dijo ella con la voz entrecortada.
—¿Crees que no entrené a mis caballos para enfrentarse al fuego, después de nuestra guerra con Chandra? —La sonrisa de Khalil era feroz y salvaje—. Vete ahora o el príncipe Rao estará demasiado preocupado para enfrentarse a la batalla.
Khalil la ayudó a subir a uno de los caballos. Se alejó al galope con Lata y Rao sintió que se le desanudaba un miedo terrible.
Bien. Al menos ella viviría.
Khalil le ofreció una mano.
—Ven conmigo —le dijo—. Hace tiempo que somos aliados de la emperatriz. Quitémosle esta espina juntos.
No podían detener las llamas pero podían detener a su creador.
Rao lo tomó de las manos y saltó al caballo sin miedo. El caballo dwarali era un corcel poderoso; a pesar de cargar el peso de los dos hombres corrió por el campo de fuego con las crines al viento y los músculos marcados por el esfuerzo.
Hemanth iba delante, rodeado de un puñado de soldados.
Debía de haberlos traído de Parijat o tal vez habían desertado del ejército.
A Rao no le importaba. Khalil tensó su arco frente a él y, sin detenerse, disparó a un hombre, a otro y a otro.
Los tres cayeron. Rao y Khalil siguieron cabalgando hacia delante.
El Señor Narayan yacía muerto en el suelo, con la garganta abierta y los ojos ciegos. Su carruaje se había caído.
“Hemanth tiene algo. Algún arma que no vemos”, se dio cuenta Rao. Abrió la boca para decirlo y sintió que los golpeaba un peso terrible.
El caballo cayó con estrépito. Khalil se tambaleó, se oyó un crujido nauseabundo y se quedó inmóvil.
—¡Señor Khalil! —gritó Rao tosiendo mientras se ponía de pie. Sentía un dolor agonizante en la pierna izquierda. Quizá estaba rota. De todas maneras corrió hacia Khalil. Se desplomó a su lado, palpó su pulso y trató de sentir su respiración. Khalil gimió.
“Está vivo”, pensó Rao con alivio. “Herido, pero vivo”. Miró al caballo. Los había alcanzado una lanza con punta de fuego.
Los soldados de Hemanth estaban muertos, atravesados por las flechas. Una caja negra yacía junto a uno de los cuerpos y Hemanth sostenía una lanza llameante que brillaba.
Fuego falso, el fuego de Chandra. Hemanth siguió su mirada.
—Es un arma imperfecta pero se la ocultamos a la emperatriz —dijo—. No es adecuada para los yaksas , pero sirve para castigar a hombres como tú.
—No tienes habilidad con las armas Hemanth —señaló Rao.
—Y, sin embargo, me enfrentaré a ti y a los que son como tú príncipe Rao —dijo con pena y rectitud en los ojos—. Y mis sacerdotes, incluso los más novatos, también se enfrentarán a ti.
Rao desenvainó su daga de cáscara de corazón y se adelantó.
Se lanzó primero. Hemanth giró y el fuego surcó el aire. Rao debería haber tenido la ventaja de la velocidad, pero Hemanth tenía más alcance y Rao tenía una pierna rota. Saltó fuera del camino, tropezó y el dolor le subió hasta la cadera. Se le cayó la daga.
Hemanth lo golpeó de nuevo. Una hoja de fuego casi le tocó la armadura a la altura del hombro. Se alejó tambaleándose, pero no lo suficiente.
Un golpe de lanza le quebró el cráneo.
Oscuridad.