El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Setenta y seis
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Capítulo Setenta y seis

Bhumika

S ubieron al Hirana con el yaksa .

Era una montaña alta y antinatural, cubierta de tallas de serpientes y colmillos afilados. Sin embargo, el cuerpo de Bhumika lo conocía, sabía escalar. Y, absurdamente, sintió como si el Hirana la conociera a su vez. La acogió tan fácilmente como lo había hecho el bosque.

Observó al yaksa mientras trepaba: las largas frondas de su pelo, sus ojos pálidos e inhumanos.

Llevaba el rostro de uno de sus centinelas, aunque este era solo un niño. Llevaba esa cara más vieja y más dura, forjada extrañamente por la madera y las hojas. O tal vez su fantasma llevaba ese rostro.

“Ambos son falsos” pensó. “Ambos son ecos de alguien que perdí”.

Había gente apiñada por todas partes, en la cima del Hirana. Y también cuatro seres que no eran personas, sino algo completamente distinto.

—Nandi —murmuró el yaksa gesticulando—. Sanjana, Sendhil, Chandni. Así los llamaste.

—No son sus verdaderos nombres entonces —dijo Bhumika a su vez.

—No —dijo él—. Puedes llamarme Arahli Ara.

Era un nombre verdadero. Era extraño que le negara el falso.

—Arrodíllate —dijo la que él había llamado Chandni—. Muestra respeto.

En sus rostros vio el dolor de los vivos.

Lo vio en la mirada exhausta de Sanjana y en el olor a náusea que le brotaba de la piel.

En el aire protector con que Sendhil estaba de pie junto a Sanjana, consciente de la enfermedad que la aquejaba.

En las entrañas del niño yaksa Nandi, que tenía la cabeza inclinada y todos los huesos puntiagudos de la parte superior de la columna curvados.

Cuanto más se sacrificaban y más cambiaba el mundo, más humanos se volvían. Debían de estar aterrorizados.

—Bhumika —dijo Nandi—. ¿Vienes a luchar por nosotros o contra nosotros?

—Vengo a poner a salvo a esta gente —dijo ella—. A pediros que les abráis un camino para salir de Ahiranya.

—Quieres que ardamos solos —dijo Sanjana. Sonaba petulante—. Bueno, no queremos arder en absoluto.

“Entonces, nunca deberíais haber venido a este mundo”, pensó Bhumika pero no lo dijo.

Sentía un terror animal que le subía por la espina dorsal.

Sima, a su lado, tenía la mirada dura como el acero.

Jeevan estaba tranquilo a simple vista. Ella se aferró a esa calma y al acero de Sima como a un ancla.

Un muchacho desgarbado caminó hacia ella; avanzaba cada vez más rápido. Su rostro estaba lleno de luz.

—Señora Bhumika —dijo—. ¿Eres tú, de verdad?

Ella no lo conocía, pero sabía qué decir.

—Sí —respondió.

—Su hija —dijo Sima bruscamente—. Rukh, ¿dónde está?

—¡Sima! —El chico abrió la boca de golpe y dibujó una temblorosa sonrisa—. Sima, tú…

—Rukh, ¿Padma está bien? ¿Está aquí?

—Sí —respondió—. Sí, está aquí, con Khalida. ¡Khalida! —Se volvió, estirando el cuello.

Una mujer, Khalida, se levantó y caminó hacia ellos. Llevaba algo —a alguien— en brazos, envuelto en una tela, oculto cuidadosamente por el chal. La pequeña figura se movió y tanto el chal como la manta resbalaron hacia atrás.

Y después de eso, no pudo pensar en otra cosa que no fuera la bebé que tenía delante.

“Te conozco”, pensó. Le cayó como un rayo. No se lo esperaba, esperaba dolor y enajenación y se había preparado para ello. Pero vio esa carita, esos ojos tan abiertos, y algo floreció en su corazón; algo que le había dolido constantemente se alivió de pronto.

“Te conozco”.

Había asombro en aquellos ojos grandes, un olvido y un conocimiento en la mirada de la niña, como seguramente lo había en la suya.

Y aún así, Bhumika crispó las manos y luego extendió los brazos, sin saber si se encogería de dolor si la niña, su niña, retrocedía, pero tenía que intentarlo de todas maneras.

Su hija cabía fácilmente en sus brazos. Se retorcía y pesaba, era demasiado grande para sostenerla así. Era perfecta.

—Mayor Bhumika —dijo una voz tranquila. Ella se volvió. Arahli Ara estaba de pie ante ella.

—Bhumika —dijo Sendhil—. Querida. ¿Lo recuerdas?

La mirada de Arahli Ara era firme.

—Puedo devolverte a ti misma ahora que estás aquí —dijo.

—¿Y cuál sería el precio? —preguntó Bhumika—. ¿Mi lealtad?

—Cuando vuelvas a unirte a nosotros y te conozcas a ti misma, nos servirás —respondió—. Tu hermana pronto será un solo ser al unirse a Mani Ara. Necesitaremos gente como tú cuando nuestra madre vuelva a estar entre nosotros.

—No —dijo Bhumika—. Me temo que no lo haré. Estáis muriendo, yaksas , estáis muriendo aquí, con el fuego bajo nosotros, y aún os negáis a hacer lo que es correcto para Ahiranya.

—¡No nos estamos muriendo! —exclamó Sendhil. Chandni apartó la mirada.

—Aún luchamos por Ahiranya. Nuestros fieles devotos caminan por el bosque, fortalecidos por nuestras aguas —dijo Nandi—. El bosque siempre será nuestro.

—Luchar no es lo que Ahiranya necesita de vosotros ahora —dijo Bhumika—, necesita vuestra muerte.

Sendhil caminó hacia ella y la aferró con una garra afilada. Bhumika no sabía si él quería hacerle daño, pero el corazón le latía aceleradamente y se le heló la sangre. Abrazó a su hija con más fuerza y se giró para protegerla con la espalda. El aire se espesó. Jeevan había desenvainado el sable.

Sima llegó primero.

Un cuchillo de cáscara de corazón atravesó el pecho del yaksa que se tambaleó. De la herida manó sangre roja. El sonido de horror que emitió el yaksa fue húmedo, gutural.

—Ahora sí te estás muriendo —repitió Bhumika con una gran calma que no sentía—. Al menos, haz que sea una muerte digna de ti. —Se encontró con la mirada de Arahli Ara—. Deja el Hirana, vete y enfréntate a tu destino. Sabes que debes hacerlo.