El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Setenta y cinco
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Capítulo Setenta y cinco

Malini

P riya yacía en sus brazos.

“No debería haberla levantado”, pensó Malini, pero Priya ya no gritaba: estaba silenciosa e inconsciente. No tenía marcas en la cara aparte del brillo de las hojas bajo su piel. Pero el resto…

Malini tragó saliva y levantó la cabeza. Sahar apretaba los dientes. Su brazo desnudo tenía un aspecto horrible. Dos sacerdotes de la fe sin nombre que se habían salido del camino con ellas se arrodillaron junto a Sahar; uno de ellos le examinó el brazo con cuidado sin llegar a tocarlo.

—¿Cómo detuviste el fuego? —preguntó Malini a Sahar—. Quemó a la yaksa hasta que no quedó nada. ¿Cómo os salvasteis Priya y tú?

—No lo sé mi señora —dijo Sahar con impotencia. Tenía el rostro gris de dolor.

—Sostenías un cuchillo.

—Es de cáscara de corazón pero pensé que solo funcionaba contra los yaksas y su poder.

La cáscara de corazón también tenía poder sobre el fuego.

Cerca de sus rostros, parpadeaban luces y sombras.

—Si podéis correr debemos hacerlo —dijo un sacerdote—. E-Emperatriz… Si puedes llevar a la… eh, a la ahiranyi…

Se oyó un ruido sordo. Sahar se sobresaltó y cayó de rodillas a su lado. Una flecha le sobresalía del hombro. Malini la miró fijamente, sin comprender por un momento, antes de que el horror se apoderara de ella. Después recobró la voz, mientras su corazón latía dolorosamente.

—Sahar —jadeó Malini.

La boca de Sahar se movió sin emitir sonido.

Los sacerdotes se alejaron pero Malini no se movió. No podía: estaba abrazada a Priya. Solo pudo observar cómo Sanvi bajaba el arco y la miraba a los ojos. Shri yacía muerta en el suelo, degollada a su lado.

—Emperatriz —dijo Sanvi con voz firme. Parecía tranquila, más de lo que debería en medio de una vorágine de fuego—.

Los sacerdotes de las Madres han elegido morir junto a ti.

Su fuego está aquí, ¿no lo viste, emperatriz?

El fuego te siguió, te buscó tan dulcemente…

Los sacerdotes quemarán esta tierra y nuestro imperio, emperatriz, hasta que ardas voluntariamente y te lleves a los yaksas contigo. Ya es hora.

Malini la miró fijamente. Si le hubiera quedado algo de emoción se habría sentido traicionada y, lo que era peor, tonta. Debería haber visto la víbora dentro de su guardia personal.

Era demasiado tarde.

—Los yaksas sobrevivirán si ardo aquí —dijo Malini.

—Esa es una mentira ahiranyi —dijo Sanvi rápidamente.

Parecía muy segura. Malini solo había visto esa seguridad en los rostros de los sacerdotes.

Sanvi bajó el arco y tomó una botella de su cinturón.

La abrió y la levantó por encima de su cabeza, dejando que se derramara como agua sobre su pelo, su cráneo. Era aceite.

—Lo hará más fácil —dijo Sanvi—. Aceite, pedernal, una chispa. Es mejor que recurrir solo a la fe. El sacerdote Mitul me dijo qué hacer. No debes tener miedo, emperatriz, yo estaré contigo.

Sanvi abrió los brazos.

—Siempre estuviste destinada a entrar en este bosque —dijo sonriendo—. Estás aquí porque estás dispuesta a morir voluntariamente, emperatriz, lo admitas o no, pero el tiempo de la falsedad ha terminado.

El aire transportaba cenizas y motas de fuego. No sería difícil encenderse.

—Mi señora —dijo Sahar con voz entrecortada—. No lo hagas.

—Sanvi —dijo Malini. Le temblaba la voz—. Tengo miedo.

—¡No tienes por qué temer, emperatriz! —Sanvi caminó hacia ella—. Iré contigo —dijo en voz baja—. Iremos juntas.

Malini tragó saliva. Asintió.

—Ven aquí —le dijo—. Por favor.

Sanvi se arrodilló y le ofreció el frasco de aceite, radiante de fe. Malini extendió una mano pero no cogió el aceite. Cerró el puño.

La magia de su interior respondió al movimiento, a la demanda que ella le infundía.

El verdor tembló y se astilló el suelo. Sanvi chilló y dejó caer el aceite para alcanzar un arma, pero ya era demasiado tarde.

El suelo se había abierto y se la había tragado hasta la cintura.

Agitó los brazos y Malini desenvainó con suavidad una espada corta, oculta en su propia cintura y clavó la mano derecha de Sanvi en el suelo.

—Consideré la posibilidad de asfixiarte en la tierra —dijo Malini con absoluta calma—. Pero esto es más lento, mejor, puedes arder tal como deseas.

En respuesta a la magia de Malini, el fuego se dirigió hacia ella de nuevo. Se estremeció y sintió que Priya se agitaba. Una exhalación de Priya y la tierra se levantó hasta formar una pared que mantuvo el fuego a raya por el momento.

Se oyó un ruido: uno de los sacerdotes seguía allí, agazapado y aterrorizado, a pocos metros de ella. Vio la determinación filtrarse en sus ojos apretó las manos y se levantó.

—Déjame ir contigo, emperatriz —dijo con voz ronca—. Déjame cumplir nuestro propósito.

—No —respondió ella atontada.

Un viento abrasador le recogió el pelo y lo hizo volar a su alrededor.

Miró a Sahar, que estaba viva, pero gravemente herida.

—Que los sacrificios que ya se han hecho sean suficientes. Lleva a mi guardia a un lugar seguro. Tienes que detenerle la hemorragia; su arma, la de piedra, puede protegerte del fuego.

—No te dejaré —dijo Sahar.

—Me has servido bien, Sahar, pero no permitiré que mueras aquí —dijo Malini. Miró de nuevo al sacerdote—. Llévatela. Vete.

A pesar de las protestas de Sahar, consiguió ponerla en pie. Los observó adentrarse en el bosque cojeando. No podía hacer más por ellos.

Tomó a Priya en brazos y se disculpó en voz baja cuando Priya gritó.

¿A qué distancia estaban del Hirana? Demasiado lejos, sin duda.

Malini no podía escapar del fuego: el fuego la estaba buscando.

Pero era necesario llevar a Priya hasta las aguas inmortales que podrían curarla.

Ese pensamiento febril la atrapó y la sostuvo.

Si algo podía salvar a Priya eran las aguas que la habían hecho fuerte.

Malini intentó levantarse. El movimiento despertó a Priya, que hizo un ruido espantoso. Sus ojos, desenfocados al principio, se fijaron después en el rostro de Malini. Ella se quedó inmóvil en mitad del proceso de levantarla y volvió a tumbarla con cuidado.

—¿M-Malini?

—Aquí estoy mi amor.

—Yo… necesito ir al Hirana. —Jadeaba con fuerza; su aliento quebraba sus palabras en esquirlas. El blanco de los ojos era inmenso: la blancura salvaje de un caballo asustado—. Necesito…

—Shh —la tranquilizó Malini—. Lo sé.

Ahora sabía que había cometido un terrible error al ir allí y creer que lo que había puesto en marcha bastaría para dominar a los sacerdotes.

Ella había usado la fe de los sacerdotes en contra de ellos una y otra vez, pero la fe era una llama que no podía sostenerse para siempre: con el tiempo se volvería contra su portador. Así había ocurrido.

No había vuelta atrás. Los sacerdotes tendrían lo que deseaban: la muerte de Malini, de una forma u otra.

Se sentía extrañamente tranquila. Una cosa era ser arrastrada a una pira, tener miedo y ser utilizada, pero era diferente arrodillarse en el suelo quemado con su amor agonizante en brazos y considerar una elección.

—Yo misma te llevaré al Hirana —dijo. Priya emitió un gemido de protesta.

—Iré sola.

—No puedes ir sola, te das cuenta —dijo Malini suavemente—. Tú y tu yaksa estáis unidas. Y tú y yo estamos unidas. Tu magia… —Inhaló y exhaló, abrió deliberadamente la boca y supo que Priya lo sentía todo a través del verdor, un susurro, una canción—. Te llevaré.

—No deberías haber venido conmigo —dijo Priya débilmente—. Estabas destinada a gobernar, a conservar el poder primero.

—¿Qué importa si no te tengo? —dijo Malini con la voz entrecortada—. Si te vas y no puedo volver a verte, sentirte o soñarte, ¿qué valor tiene todo eso para mí?

Tomó la cara de Priya con ternura entre las manos y la levantó.

—He escapado de la muerte tantas veces —continuó, temblorosa pero feroz, feroz—. Ya está. —Le dio un beso en cada párpado cerrado—. Priya, muéstrame el camino para llegar a Mani Ara.

Priya exhaló un estertor.

No se abrió ningún sendero del buscador ante ellas. En su lugar, brotó una hilera de flores —jazmín y ashoka, flor de aguja y adelfa— y les marcó el camino hacia el Hirana. Una pared de roca emergió del suelo con un temblor tras ellas.

Un camino hacia delante y un escudo a sus espaldas. Priya era muy buena con ella.

—Gracias —susurró Malini y levantó a Priya en sus brazos. Priya emitió un sonido de agonía y luego enmudeció.

Malini no sabía cómo iba a cargar con ella todo el trayecto. Ya le dolían los brazos y le ardían los pulmones por el humo, pero apretó la mandíbula y empezó a caminar.

Fue eterno, caluroso y horrible; el fuego gritaba a su espalda. Sintió la magia verde temblar a su alrededor. La magia de Priya.

—No puedo llevarla sola —dijo a la magia y sintió que el verdor le respondía. Las enredaderas treparon por su cuerpo y se le enroscaron en los brazos hasta que envolvieron a Priya contra el pecho de Malini y la sostuvieron mientras ella avanzaba. Después fue más fácil.

Aterrizó pesadamente de rodillas en el suelo, en la base del Hirana. Fue su mano la que se apoyó contra la piedra y fue su magia prestada la que abrió, sin saber cómo, un túnel que penetraba en el Hirana. Una luz azul brillaba al final del túnel y le hacía señas.

Alzó a Priya una vez más y entró. Cerró la piedra tras de sí.

Ya no había lianas para ayudarla. Cargó sola con el peso de Priya.

Caminó hasta que se adentró en el corazón del Hirana, hasta que hubo luz azul a su alrededor y agua azul ante ella.

Se sumergió hasta las rodillas.

Detrás de ella, más allá de la piedra, latía y rugía un fuego. La seguiría hasta las profundidades del Hirana, la encontraría en las aguas inmortales y la mataría. Pero todavía no.

—¿Las aguas pueden curarte? —preguntó Malini. Se sentía como si estuviera suplicando.

Priya tomó una bocanada áspera de aire. Luego, dijo:

—No. No lo sé.

—Son las aguas de tu yaksa . De Mani Ara. Te dieron fuerza antes.

—Sí.

—Entonces ella te salvará —dijo Malini con decisión. Tenía que creerlo. Si no lo creía, Priya estaba prácticamente muerta—. Y volverás conmigo. Promételo, Priya.

—Prometo —murmuró Priya. Entonces, abrió de golpe los párpados hinchados—. Los sacerdotes, ¿dónde están?

Malini negó con la cabeza.

—No has traído a ningún sacerdote —dijo Priya—. ¿Ni uno? Malini, los necesitamos. Hay que destruir las aguas inmortales. —Priya la aferraba del brazo con tanta fuerza que le dolía—. Debe hacerse o los yaksas seguirán cambiando el mundo con su magia.

—Me aseguraré de que las aguas mueran —prometió Malini—. Cuando vuelvas, cuando estés a salvo, abriré el Hirana al fuego y dejaré que las aguas ardan.

—Morirás.

—No moriré —mintió Malini—. No moriré, Priya.

—Si Mani Ara sale de las aguas con mi cara, Malini, ni siquiera lo sabrás.

—Si Mani Ara sale de las aguas con tu cara, lo sabré, porque te conozco —dijo Malini. Le apartó suavemente el pelo de la frente—. Y si hace eso, haré que ardamos las dos. La destruiré con mi fe. Te lo prometo.

—No.

—Nos vamos juntas o no nos vamos —dijo Malini en voz baja—. Es mi elección.

Un estertor.

—Pero no tienes fe… para arder.

—No tengo fe en las Madres —susurró Malini—. Pero tengo fe en ti.

Malini la bajó al agua y la dejó flotar.