Capítulo Setenta y cuatro
Arahli Ara
A hiranya ardía y Taru Ara no podía subir sola al Hirana.
Ella había revelado su herida a sus parientes cuando habían sentido morir a su hermano recién nacido en Alor. Había gritado y llorado, desnuda ante ellos.
—Estoy rota, arruinada. No soy lo que debería ser. Ninguno de nosotros lo es, ¿verdad? ¡Ninguno de nosotros!
La inquietud se había extendido entre ellos desde entonces. Los parijatis tenía otra vez un arma que podía matarlos. Mani Ara no tenía un recipiente que la contuviera y todos estaban cambiando, toda su familia: cada vez eran más carne y sentimientos, cada vez se volvían más humanos.
Su última esperanza se había extinguido.
Cira Ara había prometido encontrar a Priya, pero había muerto.
Arahli Ara la había sentido morir, como había sentido morir a su pobre pariente recién nacido en Alor.
Ahora observaba a Taru y se preguntaba si él mismo sentiría pronto el desenlace de su vida.
La parte de él que era Ashok y que siempre lo sería no podía creer que ella aún viviera, tan podrida como estaba.
—Soy débil —dijo Taru furiosa, mientras Sendhil, o Vata Ara, se le acercaba—. No soy la criatura que Mani Ara me hizo ser. Lucho contra el dolor y, sin embargo, crece y crece. Hermano, mi pariente, deberías dejarme.
—Débil puedes ser —murmuró Vata Ara—. Pero eres nuestra.
—La levantó y se dirigió al Hirana. Se elevaría hasta su cenit, lo más lejos posible de las llamas.
Avan Ara lo siguió, con sus pies ligeros de niño.
Había peregrinos que intentaban trepar por la superficie del Hirana presas del pánico, buscando el refugio y la bondad de los yaksas ; algunos ya habían caído.
Arahli vio un puñado de cuerpos quebrados en el suelo, con los brazos extendidos y el cuello roto.
Una decena de peregrinos vivos, temerosos de la subida, se acercaron a Avan Ara cuando se cruzó en su camino.
Se los quitó de encima con un zarpazo de espinas.
Bhisa Ara los vio marchar.
—Anoche dormí como duermen los humanos —dijo Bhisa Ara en medio del silencio—.
Al amanecer me adentré en un lago profundo, me sumergí y no podía respirar.
No debería haber necesitado respirar. Cuando me levanté mi cuerpo estaba moteado como si estuviera hecho de carne mortal.
Estoy atrapada en este cuerpo monstruoso y veo la misma monstruosidad en ti.
Incluso sueño —le dijo a Arahli Ara con una risa amarga—.
Sueño los sueños de Chandni y su vida, y me despierto con sal en esta cara.
—Se tocó la mejilla con la punta de un dedo—.
¿Crees que olvidaremos lo que significa ser verdes, Arahli?
—Sube al Hirana, Bhisa —la instó él. Alcanzaba a oír el rugido creciente del fuego—. Te seguiré.
Ella sonrió. Había dolor en sus ojos.
—Sé que es culpa tuya, querido corazón —dijo—. Dejaste ir a la mayor Bhumika, la llenaste de secretos. Ella es nuestra muerte y tú eres nuestra muerte.
—Fue Ashok quien lo hizo —dijo él bruscamente—. No yo.
—¿No eres Ashok? ¿No soy Chandni? Oh, dulzura, estamos enfermos de sus anhelos mortales y sus actos mortales.
Tú nos destruiste. Deberíamos haber temido a la pequeña Bhumika, pero no entendimos lo que los mortales pueden hacer con nada más que sus cuerpos y sus sueños, ¿verdad? —Bajó la mano—. Ahora lo sabemos.
—Priya está de regreso en Ahiranya —dijo Arahli y pensó que podría gritar. Le dolía la garganta; sentía demasiado, demasiado. La maldición de la humanidad pesaba sobre él—. Iré a verla, a salvarla…
—Está rodeada de fuego —dijo Bhisa—. Está muerta. Como Cira, pobrecita. —Lo dijo sin emoción. Empezó a caminar hacia el Hirana—. Ven —agregó—. Esperemos juntos el fuego.
Él la observó un momento; después se dio la vuelta y se alejó.
Bhumika estaba allí, en Ahiranya. Bhumika había vuelto a casa. Los demás de su familia no podían sentirlo, pero él había sido quien la había arrancado de las aguas y conocía la forma de su magia. Marcó el lugar donde ella estaba.
Entró tranquilamente en el mahal donde la gente gritaba y corría por su vida, y caminó por un pasillo y por otro.
Había una habitación con una puerta rodeada de raíces tan gruesas y podridas que ningún mortal podría atravesarlas. Las separó con una mirada y cruzó la puerta. Dentro estaba sentado Ganam. Rukh y la hija de Bhumika estaban pegados a su lado. Ganam lo miró, cansado y desafiante, y dijo:
— Yaksa por favor.
Tal vez Ganam suplicaba perdón o piedad. Arahli no lo sabía ni le importaba.
—Lleva a tu gente al Hirana —dijo—. Escaladlo.
Llévate también a los niños del templo. —Se dio la vuelta—.
Si intentáis caminar por los senderos que labrasteis para escapar, haré que se cierren sobre vosotros y os atraviesen con espinas hasta mataros, u os romperé el cuello con lianas. Aún no lo he decidido.
Ganam se puso de pie.
— Yaksa , ¿por qué?
—Se acerca el fuego —dijo Arahli alejándose ya de ellos. Obedecieran o no, ya no le importaba—. Id al Hirana y tal vez sobreviváis. Adentraos en el bosque y arderéis.
Oyó la maldición temblorosa de Ganam y la pregunta altisonante del niño Rukh, pero después echaron a correr; Ganam gritaba a la gente que lo siguiera.
Arahli Ara encontró rota la empuñadura de la espada que Avan Ara le había quitado a Ganam cuando se adentró en el mahal.
Se armó de valor y la recogió junto con los fragmentos negros de piedra que aún contenía.
El vacío, frío y doloroso, se lo tragó.
La piedra era la negación de la magia. Verde mágico o llama mágica, era lo mismo. Le haría daño pero quizás también lo protegería.
Arahli salió del mahal y se adentró en el bosque. Los árboles desprendían un horrible brillo dorado a lo lejos,.
Caminó hacia Bhumika. Las llamas venían de la linde del bosque y aún no lo habían alcanzado, aunque las sentía, pero estaba claro que Bhumika había logrado huir del fuego.
La ceniza le manchaba el rostro. Se paró frente a los dos mortales que la acompañaban y los protegió con su cuerpo.
Sus ojos se encontraron con los de Arahli.
—Bhumika —dijo él. Las hojas que había sobre ellos se movieron con su voz y le ensombrecieron el rostro—. ¿Por qué has vuelto?
Ella lo evaluó lentamente con la mirada, sin miedo en los ojos.
—Me prometí que mantendría a salvo al pueblo ahiranyi —dijo—. Vine por ellos, por mi hija y por mi hermana. ¿Me conoces, yaksa ?
—Sí —respondió Arahli—. Claro que te conozco.
—Alguna vez te conocí —dijo ella lentamente—. Puedo sentirlo.
—Yo fui quien te sacó de las aguas —le dijo él—. Yo fui quien te dio el conocimiento de cómo acabar con nosotros. —Dio un paso más cerca—. El fuego quemará Ahiranya por completo —dijo—. Quema todo a su paso. Hemos matado a Ahiranya, tú y yo.
—Podemos sacar a nuestra gente del bosque —dijo Bhumika—. Los senderos del buscador podrían llevarlos a un lugar seguro. —Su mirada era imperturbable—. No voy a renunciar tan fácilmente a la esperanza.
Era extraño tener los recuerdos de su hermano frescos y sangrantes en su interior y no ser su hermano.
Era extraño que ella pudiera ser tan enteramente Bhumika y, sin embargo, estuviera vacía de sus antiguos recuerdos.
Quizás fue ese extraño parentesco, este reflejo deforme, lo que hizo que Arahli le tendiera una mano.
—Ven —le dijo—. Tu hija te espera en el Hirana. Toma mi mano y podrás verla una vez más.
El hombre que estaba detrás de ella se puso rígido pero Bhumika dio un paso adelante y tomó la mano de Arahli con total confianza.
— Yaksa —dijo—. Muéstrame el camino.