Capítulo Setenta y tres
Priya
S hyam, muerto. Ella lo había sentido cuando el sable de Malini lo había atravesado. Lo había sentido cuando algunos de sus guardamáscaras habían muerto atravesados por la cáscara de corazón.
Shyam le había dicho que los yaksas lo habían dejado beber; que los habían dejado beber a todos. Se sintió mareada por la pena y la rabia, y culpable de sus propios fracasos.
Esto tenía que acabar; cuanto antes, mejor. Necesitaba que los yaksas desaparecieran.
Malini y ella caminaron juntas por el sendero que Priya había trazado.
Los guardias, soldados y sacerdotes supervivientes de Malini las seguían en una fila estrecha.
El camino y la propia Ahiranya no estaban hechos para acoger a un ejército tan numeroso.
Al menos, dentro del camino podían moverse con más rapidez de lo que lo habrían hecho más allá de sus límites arbolados.
Priya miró entre los árboles. El mundo que estaba más allá era borroso, suave y extraño. No podía ver a nadie. Ni a los guerreros ahiranyis que habían dejado atrás, ni a nuevos enemigos. Eso era buena suerte. El único enemigo al que debían enfrentarse estaba delante de ellos en el camino.
Era consciente de todas las personas que iban detrás de ella. Algunos heridos, otros cojeando, apoyándose unos en otros. Cira Ara estaba delante, esperando en el sendero, agazapada pacientemente en el verdor y la tierra.
—Yo iré primero —dijo Priya—. Tengo que hacerlo. —Se volvió para mirar a Malini—. No te dejaré atrás —juró—. Pero una yaksa es… diferente. Debo enfrentarme a ella.
—No voy a discutir —dijo Malini. Miró profundamente a Priya. Era como si viera y sintiera lo mismo que ella: la vida vibrante y verde de una yaksa estaba frente a ellas, la llamada del sangam —. Ve —la instó, y Priya enderezó los hombros y avanzó.
Cira Ara estaba acuclillada en un anillo de hojas. Llevaba el rostro de Riti, su hermana del templo muerta hacía mucho tiempo, tallado en una forma nueva por la tierra y la piedra. Se enderezó al ver a Priya y le tendió una mano.
—Pequeña —roncó Cira Ara, con voz de piedra áspera—. Mani Ara te está esperando.
—¿Por qué has venido a buscarme, Cira? —preguntó Priya—. Estoy aquí, ¿no? He vuelto por Mani Ara. No necesitabas buscarme.
Un crujido del cuello, un ruido de la garganta, una risa chirriante.
—Mentira —dijo Cira Ara—. Arahli me dijo que mientes. Mira tu ejército de mortales. ¿Hago que se los trague la tierra?
—No —dijo Priya bruscamente. Extendió su magia para que tocara a todos los que podía detrás de ella y los abrazara, por si Cira se volvía contra ellos.
Ojalá hubiera podido escoltar a esos sacerdotes hasta allí sin un muro de guardias.
Los soldados eran más un estorbo que una ayuda—. Los necesito. Déjalos.
La yaksa comenzó a caminar hacia ella, aún insegura sobre sus piernas verdes y nuevas, como si no comprendiera las articulaciones que necesitaba para moverse sin problemas. Había demasiada piedra en ella, demasiado mineral en lo profundo.
—Los demás deberían venir a recogerte, pero no han podido —dijo Cira Ara.
—¿Por qué? —preguntó Priya. Podía sentir a Malini no muy lejos, detrás de ella, con más fuerza que al resto—. ¿Estaban demasiado ocupados?
Cira mostró los dientes, grises perlados y agudos.
—Se están volviendo más mortales —dijo la yaksa —.
Les da miedo, los invade el terror. Pero yo todavía soy una recién nacida en este mundo, todavía soy verde y fuerte.
Me sacaste de la tierra y siento correr el poder dentro de mí sin nada de sangre.
—Sus ojos brillaron malévolos—. Ven conmigo Priya.
—No.
Cira Ara se tambaleó hacia ella. Las raíces brotaron del suelo y le atraparon el brazo antes de que pudiera tocar a Priya. Se oyó una espada desenvainada detrás de ella una vez más.
—No me obligues a pelear contigo —dijo con dureza—. Lo haré si te interpones en mi camino.
—¿Como luchaste contra los mortales que enviamos a buscarte?
—Otro movimiento de cabeza. Los ojos, su parte más humana, se clavaron en Priya.
Eran los ojos de Riti: castaños, grandes, de pestañas suaves—.
Pobres soldados envenenados, lo intentaron.
Pero yo no soy como ellos: no puedes matarme, mayorcita.
Priya soltó una fea carcajada.
—¿Estás segura? —Avanzó otro paso—. ¿Entiendes cómo has cambiado?
Mani Ara te arrastró a este mundo hace mucho tiempo.
Te unió a los árboles, al suelo, a las flores.
La tierra era tuya. Pero moriste, Cira Ara.
Y ahora creces más y más parecida a como eran…
como son los humanos antes de ser tocados por la podredumbre.
Pronto serás de carne, cartílago, hueso.
—Priya dio un paso más—. Tus parientes tienen razón en tener miedo.
La carne muere muy fácilmente, al fin y al cabo.
Una mirada atormentada parpadeó en el rostro de la yaksa .
Abrió la boca para hablar y, de pronto, miró por sobre el hombro de Priya.
Fue entonces cuando Priya oyó los gritos. El pánico proveniente del sendero del buscador: aullidos, súplicas y, detrás, el crepitar del fuego. No.
La gente que venía detrás de ella se abalanzó, presa del pánico. Priya se vio obligada a sujetarlos con su poder para evitar que se aplastaran unos a otros.
—¡Priya! —Malini se dirigía hacia ella con la espada desenvainada. Las guardias la rodeaban. Desvió la mirada de la yaksa a Priya, con el rostro rígido por la tensión—. Tenemos que huir.
—¿Los sacerdotes…? —Priya meneó la cabeza; la conmoción la atenazaba—. ¿Eligieron morir? ¿Ellos hicieron esto?
—No importa de dónde venga el fuego —dijo Malini con firmeza—. Lo que importa es que viene hacia aquí.
Malini aferró con fuerza el brazo de Priya.
—Llévanos al Hirana, Priya. Llévanos a los sacerdotes y a mí ahora, antes de que…
Demasiado tarde. Un rugido de fuego se tragó las palabras de Malini.
Las llamas eran rápidas, demasiado rápidas.
No había tiempo. Tocaron los árboles que bordeaban el camino y los incendiaron.
Con horror, Priya sintió que las personas a las que sostenía con su magia se convertían en leña en el fuego.
Los soltó, pero para algunos fue demasiado tarde.
El olor de los cuerpos quemados le llenó la nariz.
El resto avanzó en oleadas hacia Priya, Malini y las guardianas. Sahar aferró a Malini y la protegió, mientras Malini agarraba con fuerza a Priya e intentaba acercarla.
Deberían haber sido aplastadas por la presión de los cuerpos, pero Priya estaba empleando toda su concentración en construir una defensa a su alrededor: un muro de piedra, tierra y raíces para obligar a la oleada de soldados y sacerdotes a separarse y agruparse en torno a ellas.
Los árboles eran dorados como los barrotes de una jaula y los inmovilizaban en el camino.
La cabeza le latía con fuerza. El fuego dolía.
Sintió su magia yaksa , el verdor en la sangre, y la llenó de ansia.
—No necesito que me protejan —protestó Priya, con dificultad para respirar—. Déjame ir, necesito encontrar una salida… otro camino, una vía libre de…
Malini soltó la mano que sujetaba a Priya con un espasmo y evidente reticencia.
—Hazlo —le ordenó enseñando los dientes y con terror en los ojos.
Lo intentó. Oh, cuánto lo intentó. Pero su magia era como un hilo enredado entre sus dedos, imposible de deshacer.
“Corre”, pensó instintivamente. “Deberíamos correr”.
Pero no podían correr entre los árboles, deslizarse desde el sendero del buscador hacia el abrazo del bosque.
Los árboles del sendero ardían, ardían y no se separarían a su orden.
No había adónde ir. El fuego estaba por todas partes.
Cira Ara se apartó de las llamas; el viento y las motas de ceniza le hacían ondular el pelo en una oscura bandera que se extendía tras ella.
Las llamas se movían con intención: surcaban el aire como una guadaña que apuntaba directamente hacia ella.
El fuego sagrado buscaba a una yaksa y la marcaba para la muerte.
Cira Ara se estremeció. Sus ojos humanos se abrieron de par en par al encontrarse con la mirada de Priya.
—Tenían razón al temer —dijo Cira Ara trémula. Luego, el fuego la consumió.
Priya la sintió morir. El martilleo que sentía en el cráneo se intensificó y algo empezó a latirle en el pecho, un latido ajeno.
La magia de Malini se enredaba con la suya, aterrorizada y poderosa.
Recurrió a ella. Demasiado tarde para Cira, los árboles se abrieron en un arco torcido ante ellos, cortando el camino y proporcionando una salida.
—¡Venid conmigo! —gritó; tomó a Malini del brazo y la arrastró.
Los demás la siguieron. Malini, las guardias y un puñado de sacerdotes.
El arco no era suficiente: el fuego los seguía.
Así que Priya corrió y corrió, abriendo caminos y salidas con la velocidad y la delicadeza que solo podía darle el miedo.
Corrió a través de la vegetación, luchando por dejar atrás el fuego, mientras el calor y el dolor le pisaban los talones.
Recurrió a todas sus fuerzas, a todas sus partes verdes y empapadas de agua, hasta que finalmente no pudo ir más lejos.
Trazó un último arco y tropezaron al suelo.
El fuego venía a por ellos, pero a Priya le quedaron fuerzas suficientes para cerrar brutalmente el camino.
Una última llamarada atravesó el portal mientras se desvanecía.
Agotada, Priya vio cómo el fuego giraba en espiral hacia ellos. Hacia Malini.
No lo pensó. Estaba sin aliento por la sensación de la muerte de la yaksa , por la agonía de un dios que estiraba las manos dentro de su caja torácica.
El sangam estaba enloquecido y agitado, pura oscuridad entre sus ojos.
Pero incluso si no se hubiera quedado aturdida, si la magia no hubiera surgido en ella como una niebla, habría hecho lo que hizo después.
Estaba en su naturaleza, escrito en ella como la tinta en el papel o las estrellas en el cielo.
Saltó delante de Malini.
El fuego le dio de lleno entre los hombros.
Calor, mucho calor. Y luego se extendió, arqueándose como inmensas alas, y ella sintió que su dolor se extendía con él.
Tenía la piel quemada, desollada; sufría una agonía tan negra, vasta e informe que era como dar tumbos por el sangam , por sus ríos y estrellas, y ahogarse, ahogarse.
Sintió que se le chamuscaba el pelo y que las piernas ya no la sostenían.
Vio la boca de Malini moverse a través del halo de llamas que rodeaba su propio cuerpo.
—¡Priya! ¡Priya! ¡Priya! Por favor, no, no…
Algo chocó contra ella. Se oyó un golpe y un chisporroteo de carne quemada.
Priya se quedó mirando sin comprender en medio de su agonía.
Sahar estaba frente a ella, jadeante. Tenía el brazo quemado desde los dedos hasta el hombro.
Aún sostenía la daga de cáscara de corazón con la mano quemada y la blandía como un escudo, temblorosa.
A Priya le zumbaban los oídos y tenía sangre en la boca; miró su propio cuerpo como si lo hiciera desde una gran distancia: quemado, con ampollas, herido más allá de su capacidad de comprenderlo.
“No sobreviviré a esto”, pensó. Y eso también parecía distante, ajeno. ¿Era así como se sentía la muerte, pura ligereza y horror?
Alguien la levantó. Gritó cuando la alzaron del suelo, o eso le pareció. Sintió la cara contra un hombro; las manos que se apoyaban sobre ella la mantenían quieta.
Las palmas de las manos de Malini, frías contra su rostro, que no se había quemado.
—Siempre estuve destinada al fuego —decía Malini, con voz salvaje, temblorosa y quebrada—. Tú no.
—Eso es mentira —susurró Priya—. Una mentira que te contaron y no crees. No hay magia en eso, el fuego nunca te quiso —alcanzó a decir. Después, se le nubló la visión y se volvió oscura en lo que tarda un suspiro.