Capítulo Setenta y dos
Rao
E l resto del ejército esperaba formado en un arco alrededor de la frontera de Parijatdvipa.
Los generales se dispusieron en la retaguardia del ejército. Rao de pie junto a Khalil, Prakash y Narayan, observaba el vaivén de los árboles. Había un silencio espeluznante debajo de los ruidos habituales en un ejército; la ausencia del canto de los pájaros y del viento le heló la sangre.
Tocó con la punta de los dedos la daga de cáscara de corazón que llevaba en la cintura y se volvió cuando el Señor Khalil lo llamó por su nombre. Khalil entornó los ojos, encandilado por la luz del sol e hizo un gesto a Rao para que se acercara.
—No hace falta que te quedes en guardia —le dijo con suave tono burlón—. Todo está en manos de los valientes soldados y sacerdotes que entraron en Ahiranya. Viviremos y moriremos por lo que ellos hagan.
—¿Cómo puedo tranquilizarme sabiendo eso? ¿Quién puede?
—Inténtalo —sugirió Khalil—. Seguramente ya sabes que la guerra requiere paciencia. La espera antes de la victoria o la derrota sería interminable sin ella. Rézale al dios sin nombre si te ayuda.
No le ayudaría. Solo le recordaría que, si hubiera seguido las órdenes del dios sin nombre, estaría en Ahiranya con Malini, abrazando su propia muerte. Pero asintió y dijo:
—Es una buena sugerencia. Gracias.
—Mi esposa está furiosa contigo por haber llevado a esa tribu jagatay a Dwarali —dijo Khalil después de un momento—. Pero yo no lo estoy. Sé que actuaste por orden de la emperatriz y veo que hay un beneficio en ello.
—Me alegro —dijo Rao y descubrió que era cierto.
—La cáscara de corazón, por supuesto, es útil —continuó Khalil, tocando con mano ligera su propio manojo de flechas con punta de piedra—. Pero los convertiré en aliados cuando sea sultán. Uniré nuestros linajes.
—Y, así, la cáscara de corazón pertenecerá a tu familia —dijo Rao lentamente.
Khalil sonrió.
—Tal vez no tenga ningún valor en el nuevo mundo que trazará la emperatriz, pero ya veremos. Sería un tonto si rechazara cualquier regalo de la emperatriz que empodere a mi familia.
Se oyó un ruido sordo de cascos y un jinete se acercó a ellos. Mahesh descendió del caballo y se quitó el yelmo para dedicarle a Khalil una inclinación de cabeza en señal de respeto.
—Aún no hay señales de fuego —dijo Mahesh—. Y tampoco hay peligro. Los árboles se mueven como siempre.
Mahesh, junto con sus leales soldados y los sacerdotes guerreros que Malini había puesto a su servicio, había vigilado la frontera con diligencia y la conocía mejor que nadie. Rao asintió. Confiaba en él.
—Bien, bien —dijo Prakash. Estaba sentado en su carruaje, exhausto. Había viajado directamente desde Srugna, que sufría una terrible devastación de podredumbre—. Muchacho —llamó a un soldado más joven, que se sobresaltó y se enderezó en respuesta—. Tráele agua al Señor Mahesh.
El soldado obedeció y Mahesh bebió con avidez. Rao se dio cuenta de que Mahesh tenía una marca en la garganta: una línea de liquen.
—Señor Mahesh —dijo en voz baja.
Mahesh lo miró a los ojos y le dedicó una sonrisa triste.
—No puedes servir aquí mucho tiempo sin que la podredumbre te encuentre, príncipe Rao —dijo con sombría aceptación en la voz—. Me alegra que te hayas librado de ese destino, pero he oído que has estado siguiendo tu propio destino peligroso.
—Cumplí mi destino cuando nombré emperatriz a Malini —respondió Rao—. Desde entonces no he vivido más que una serie de desastres.
—Te llaman la voz de la fe sin nombre —dijo Mahesh—. No los sacerdotes guerreros que me entregó la emperatriz, por supuesto: esos bastardos fanáticos solo tienen tiempo para las Madres. Pero los otros soldados hablan de ti y dicen que tu visión está bendecida.
—Una serie de desastres —repitió Rao—. Pero me alegra oír que me sigue una leyenda.
Mahesh le lanzó una mirada que Rao no pudo descifrar; después se le acercó y, con una mano en el hombro, lo apartó.
—Este trabajo, esta guerra… Lo hago por el príncipe Aditya —dijo—.
Como tú, creo. —Mahesh movió la cabeza—.
Durante un tiempo pensé que te perderíamos junto con él —continuó—.
Lloraste lágrimas como fuego después de su muerte durante días.
Mis hombres estaban seguros de que morirías con él.
Me alegro de que no fuera ese tu destino, todos nos alegramos.
Las visiones jugaban en lenguas de fuego detrás de los párpados de Rao. La nieve más allá de Dwarali, la tentación de Alor. El fuego y la amable sonrisa de Aditya, sus manos atentas. Rao desvió la mirada hacia el muro erizado de árboles.
—Yo también —mintió.
Mahesh lo abrazó, tenso.
—Bien —Lo soltó—. Muy bien.
Mahesh acababa de montar su caballo y se había dado la vuelta para supervisar a sus hombres cuando se oyeron gritos de alarma en el perímetro de guardias que rodeaba a Rao y a los demás generales.
Los arcos se tensaron y se prepararon las flechas mientras se volvían hacia un jinete solitario que galopaba hacia ellos desde el campamento de guerra. Rao tenía el corazón en un puño.
—¿Es esa la sabia de la emperatriz? —preguntó Narayan.
—¡Bajad los arcos! —gritó Khalil.
Rao corrió hacia ella. Lata se deslizó desde el caballo hasta sus brazos y se aferró a sus hombros con tanta fuerza que Rao pensó que podría rasgar la tela.
—El sumo sacerdote —jadeó—. Él y otros sacerdotes y soldados de Harsinghar, solo unos pocos probablemente leales a sus planes, están aquí Rao.
Vienen hacia nosotros. Vinieron al campamento de guerra, pero no esperé para hablar con ellos.
—Ella logró mantener el equilibrio y Rao la soltó—.
Él debería estar en Harsinghar pero alguien nos traicionó y lo dejaron libre —continuó—.
Hay muchos sacerdotes con él. Rao, generales, tenía que advertiros a todos.
Rao se volvió para mirar detrás de él y vio que los otros generales lo estaban mirando y escuchaban con expresiones serias.
Sabían que Hemanth había intentado conspirar contra Malini y colocar al sobrino de la emperatriz en el trono.
Sabían que la presencia de Hemanth era una complicación innecesaria.
—No podemos encontrarnos con el sumo sacerdote con las armas desenvainadas —dijo Narayan—. Hablemos con él y veamos qué se puede hacer.
Hemanth se acercó con una multitud de sacerdotes detrás de él, todos a caballo.
Debía de haber cabalgado rápidamente desde Harsinghar.
Su marca de ceniza estaba casi totalmente borrada por el sudor, pero su expresión era totalmente sacerdotal, tranquila, a pesar del calor y de la desconfianza de los hombres que lo rodeaban.
—Mis señores —dijo con voz sonora—. ¿Dónde está la emperatriz?
—Ella no puede hablar contigo sumo sacerdote —dijo Khalil primero con cordialidad.
—Ah. —Miró hacia el bosque—. Demasiado tarde para enfrentarla directamente, entonces —agregó. Sus ojos se mostraban apenados—. Que así sea.
Hizo un gesto y un puñado de sacerdotes cabalgaron hacia el ejército que estaba en la frontera. Algunos de los soldados que rodeaban a Rao echaron mano a sus armas, pero él movió la cabeza. Vio gestos similares en los otros generales.
No podían atacar sin más a sacerdotes desarmados, Rao lo sabía. Aun así, sintió un sabor amargo al verlos partir.
—Solo transmiten mis palabras —dijo Hemanth—. No hay por qué temerles.
—Tus palabras —repitió Narayan.
—Les dije lo que os diría a vosotros —respondió Hemanth—.
Me escucharon y bebieron mis palabras como si fueran agua.
—Abrió las palmas de las manos, vulnerable—.
La emperatriz ha venido a Ahiranya con hombres de fe —dijo—.
Hombres dispuestos a arder. Recé a las Madres y, en mi oscuro dolor, me hablaron.
Me dijeron que quienes aman a las Madres deben ayudar a la emperatriz a afrontar su glorioso destino.
—Ya hay sacerdotes con ella —dijo Rao cuando recuperó el habla—. Sumo sacerdote, esto no es necesario.
“Tú no eres necesario”.
—Ella quiere quemar el templo de los ahiranyis —dijo Hemanth con calma—.
Lo sé. Ella cree que la muerte de los hombres santos destruirá a los yaksas .
Pero las Madres me han mostrado una verdad diferente y más profunda, la verdad que siempre he sabido: la muerte de la emperatriz sigue siendo la respuesta.
El templo de los ahiranyis no importa, los sacerdotes no importan. Solo ella importa. Ella debe morir.
Lata dio un respingo hacia adelante, con rabia en el rostro. Rao la aferró del brazo.
—Si atacas al sumo sacerdote de las Madres de las llamas, ¿qué crees que te pasará? —le susurró. Luego agregó en voz más alta—: Mis hombres te retendrán con respeto y cuidado, sumo sacerdote, hasta que el trabajo de la emperatriz esté hecho.
Hemanth negó con la cabeza, sonriendo tristemente.
—Pronto la emperatriz arderá —dijo.
—La emperatriz no arderá —replicó inmediatamente Lata.
—No me cabe duda de que cumplirá con su deber —insistió Hemanth—.
¿Por qué habría entrado en Ahiranya, si no?
En el fondo de su corazón, siempre ha sabido su propósito.
Cuando los yaksas hayan muerto y estemos libres de su presencia, el príncipe Vijay ocupará el trono y vosotros lideraréis en su nombre.
Será un mundo mejor. Sois señores y reyes, y lo ayudaréis a hacer glorioso el imperio una vez más.
Qué pulcro sería, qué ordenado. No más emperatriz.
Otra estatua de sacrificio tallada en oro, una Malini para ser adorada por las generaciones futuras.
Los sacerdotes quemarían incienso por ella y dirían que había sido buena, pura y justa, y olvidarían que la verdadera Malini había gobernado un imperio durante el tiempo que dura un latido, un único instante del tiempo, y luego había muerto bajo la mano inexorable de sus propios sacerdotes.
Rao vio vacilación en algunos de los rostros que lo rodeaban: Narayan, Prakash. La ira le revolvió el estómago.
—No —dijo bruscamente—. Esto no fue por lo que murió Aditya.
Yo estaba allí, fui testigo de su muerte.
El Señor Mahesh y yo, y nuestros guerreros, le hicimos un juramento.
No traicionaré a mi amigo, a mi príncipe.
No traicionaré al Hijo de las llamas. Y eso significa que no traicionaré a la emperatriz.
Ella nos ha traído hasta aquí para destruir a los yaksas y ver a nuestro mundo libre de su poder.
Ella ha entrado en Ahiranya no para morir, sino para mostrar a los sacerdotes el respeto y la reverencia que se merecen antes de salvarnos a todos.
”Yo estaba presente cuando un sacerdote de la fe sin nombre mató a un yaksa —continuó con enfado—. También fui testigo de eso. ¿Qué has hecho tú, sumo sacerdote? ¿Qué vas a hacer? ¿Arderás ahora y morirás por tus ideales?
Una sombra pasó por los ojos de Hemanth.
—Muy a mi pesar, debo estar para criar al príncipe Vijay y enseñarle lo que significa gobernar —respondió Hemanth.
—Ah, ¿sí? —Rao se rio—. Convenciste a Chandra, una fruta podrida desde niño, de que era digno del trono y eso también lo recuerdo, sumo sacerdote.
Tú lo empeoraste. —La voz de Rao temblaba de ira—.
Quemaste mujeres y convertiste sus restos en armas.
Puedes asegurar que actúas en pos de un bien mayor, pero yo he visto la fe sin nombre y el vacío en el que reside mi dios, he visto las llamas del fuego sagrado y te veo a ti, que no eres digno de tu título ni del respeto que te otorga —exclamó.
—¿Dónde están los soldados que quedaron para vigilarte? —preguntó Khalil en medio del silencio, con voz de piedra.
—Muertos —respondió Hemanth con sencillez.
—¡Mataste a los soldados de la emperatriz que te vigilaban! —dijo Khalil rotundamente.
—Intenté razonar con ellos —explicó Hemanth—. Y ahora lo lamento, pero no se pudo evitar su pérdida.
Khalil hizo una señal de asentimiento a uno de sus jinetes. Sus soldados rodearon a Hemanth en un instante.
—Ve con mis hombres, sumo sacerdote —dijo Khalil—. Serán respetuosos contigo, te lo prometo. La emperatriz está siguiendo la voluntad de las Madres y del dios sin nombre, y no nos volveremos contra ella ni siquiera por ti.
La exhalación de Hemanth fue suave. Cerró los ojos y luego los abrió. Bajó los brazos.
—Esperaba que me escucharais, mis señores —dijo—. Esperaba que vierais mi confianza. Pero si no es así… bueno. Que así sea. Comenzará de todas maneras.
Lata hizo un sonido de sorpresa. Se había dado la vuelta, apartando la mirada de Hemanth y mirando al ejército.
Rao se volvió lentamente para mirar con ella. Detrás de él, la voz de Hemanth era fuerte. Profética.
—Ahiranya arderá —dijo simplemente—. Todo arderá hasta que la emperatriz decida morir de manera voluntaria. Eso es por lo que rezan mis sacerdotes. Ese es el único sacrificio que apagará su fuego.
Y mientras Rao observaba, los sacerdotes distantes se convirtieron en seres de luz, y luego en seres de fuego puro, y el ejército parijatdvipano que los rodeaba fue atacado por un diluvio de llamas como un maremoto.