El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Setenta
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Capítulo Setenta

Malini

M alini caminaba por Ahiranya con Priya a su lado. Los árboles proyectaban vastas sombras sobre ellas. Cuando miraba a Priya solo podía ver su rostro en ángulos de oscuridad y luz. La arruga del entrecejo, los ojos cerrados, los pies firmes, descalzos y seguros sobre el suelo.

Pero podía sentir a Priya: su magia, que se enroscaba y retorcía desde su cuerpo y extendía zarcillos de conciencia hasta los límites de la comitiva que tenían detrás. Priya protegía a todos y cada uno de los guerreros y sacerdotes, y Malini podía sentir cómo lo hacía.

La cicatriz le dolía en el pecho pero no era un dolor feo. Era un dolor como el hambre, como el deseo. Era consciente de cada latido de su corazón y de su respiración. Había magia dentro de ella, igual que dentro de Priya. Iba a ver las aguas inmortales; iba a presenciar la muerte de los yaksas .

Priya abrió los ojos.

—Malini —susurró.

—¿Sí? —susurró Malini a su vez.

—Mira detrás de ti y dime qué ves.

Malini no dejó de caminar mientras volvía la cabeza.

No alcanzaba a ver hasta el final de la procesión, por la espesura de los árboles, pero vio a su guardia personal detrás de ella, con sus armas de cáscara de corazón preparadas.

A Sahar, Shri y Sanvi. A los primeros guerreros de Parijat, con sus cascos blancos y dorados.

Y detrás de ellos los sacerdotes de la fe sin nombre, vestidos de azul, con los ojos muy abiertos mientras observaban el bosque que los rodeaba.

Y también los sacerdotes de las Madres, con marcas de ceniza y rostros grises de inquietud.

—Nada inusual —respondió Malini.

—Mira con más atención —dijo Priya. Su voz sonaba tensa—. Los siento venir pero hay algo que no logro ver…

Malini lo vio. Un destello de sombra, hojas que se movían… sus ojos vieron lo que su magia interior no podía ver.

—Hay alguien entre los árboles —siseó.

Priya alzó la mano en el aire con un movimiento brusco y cortante. Los árboles emitieron un crujido y un gemido, y una lluvia de hojas cayó mientras los troncos se astillaban y abrían un camino irregular.

—¡Ahora! —gritó Sahar a los que estaban detrás de ellas—. ¡Preparaos para luchar!

Malini oyó desenvainar las armas mientras sus guardias personales se acercaban a ella e intentaban formar un escudo a su alrededor.

Una silueta bajó de los árboles, aterrizó frente a Priya y se enderezó. Era un hombre sin armadura y llevaba una sola arma pequeña en la mano. Priya inspiró con fuerza.

—Shyam —dijo.

—Te dejaste esto —dijo el hombre. Dejó caer un objeto al suelo: una daga de cáscara de corazón, rota, sin mango. Cuando la soltó, lo recorrió un escalofrío y enderezó los hombros.

—Ya vienen los otros —dijo—. Pronto los sentirás pero yo soy el primero. Quería rogarte que volvieras para acabar con esto. —Sus ojos centelleaban en la penumbra—. Los yaksas están muy enfadados mayor Priya.

—Shyam —dijo Priya temblorosa—. Has bebido las aguas extraídas de la fuente, te has envenenado.

—Para tener poder, sí —dijo él inclinando la cabeza—. Los yaksas se habrían llevado a los niños; me ofrecí en su lugar.

—Ah, Shyam. —Priya tragó saliva—. Gracias por protegerlos.

—Alguien tenía que hacerlo y no serías tú —dijo él—. Y todavía los protejo, ven conmigo mayor Priya, por favor.

—No voy a volver con ellos; no puedo. Déjame pasar Shyam.

—No puedo hacerlo.

—Puedo detenerte —dijo ella—. Puedo deteneros a todos, incluso a Ganam. Incluso a los yaksas .

—¿De verdad? —Miró, entonces, a Malini. Inclinó un poco la cabeza—. Emperatriz. Antes serví en tu ejército, pero me enfermé de podredumbre —dijo con una leve sonrisa—. No tenía otro lugar donde ir que aquí.

—Sal de mi camino Shyam —dijo Priya—. Por favor.

—No —insistió él—. Puede que seas capaz de luchar contra todos nosotros mayor Priya, pero ya he hecho mi elección. Puede que tú hayas elegido traicionar a Ahiranya, pero yo no tengo otra opción que morir por ella.

Levantó la mano frente a él y, de pronto, brotaron espinas del suelo bajo Malini y Priya.

Malini se apartó de un salto mientras sus propias guardias se esforzaban desesperadamente por ponerse a salvo.

Priya se mantuvo firme donde estaba. Las espinas no la tocaron, como si no se atrevieran a intentarlo.

También esquivaron a Malini. Priya la miró fijamente con el blanco de los ojos desorbitado.

—Los demás ya están aquí —dijo con voz tensa.

Era la única advertencia que podía hacer.

Malini los vio aparecer entre los árboles: ahiranyis con máscaras de madera, guadañas en las manos y magia que fluía a través de ellos.

Se movían con una rapidez brutal, abriéndose paso entre los soldados de Malini con armas de metal y de vegetación por igual.

Malini se volvió y contempló las horribles imágenes que la rodeaban.

Vio cuerpos atravesados entre los árboles y tragados por la tierra, vio salpicaduras de sangre y siluetas que se desplomaban en el suelo.

Solo los soldados que portaban armas de cáscara de corazón lograban defenderse cortando espinas y cuerdas de enredaderas.

—¿Te duele traicionar a Ahiranya? —Shyam estaba gritando, su voz se desgarraba—. ¿Traicionarnos a nosotros, la gente a la que prometiste proteger?

—¡Por supuesto que sí! —Había lágrimas en la voz de Priya.

—Entonces puede que tengamos una oportunidad de sobrevivir después de todo —dijo él—. Detén esto, mayor Priya. Vuelve a casa. Así, nosotros, que vinimos aquí por nuestras familias, por la supervivencia, podremos vivir. Podremos dejar de luchar…

Malini vio que Priya se detenía, vulnerable a las palabras de Shyam, y vio que el hombre alzaba las manos. Sintió el tirón de su magia cuando la utilizó.

No esperó a ver qué hacía él. Desenvainó su sable.

Sanvi, la muy tonta, trató de detenerla.

—Emperatriz, ¡no! ¡No puedes hacer eso! Este no es tu propósito. No eres una guerrera, ¡por favor!

Malini no le hizo caso. Una magia desconocida le retumbó en la sangre. Sabía a metal, a tierra, a la savia que crea la vida.

—No sabes lo que soy —dijo y sintió que la magia de Priya la atravesaba mientras volvía a levantar el sable y se lanzaba a la refriega.

No era tan fuerte como un soldado y solo tenía una sombra del poder de Priya; no lo controlaba como ella. Pero tenía una rabia que había pulido durante toda su vida hasta darle el filo de una navaja: rabia y crueldad, cuidadosamente unidas a sus propósitos. Las desató en ese momento.

El hombre no la miraba. Toda su atención se centraba en Priya, por eso no se lo esperaba cuando ella se abalanzó sobre él y le clavó el sable en el abdomen, en ángulo ascendente, a través de una carne que primero se resistió, pero se separó con una repentina liberación, suave como el aceite.

Le arrancó el sable, volvió a clavárselo profundamente y después volvió a arrancarlo del cuerpo.

Ocurrió en un suspiro, en un momento. Ya estaba muerto.

La expresión de Priya pasó de la incomprensión a la devastación.

—No tenías por qué matarlo —dijo con la voz entrecortada.

—Iba a hacerte daño.

—¡Quería llevarme de regreso! No me habría hecho daño.

—No tenía motivos para confiar en él. Priya, escúchame. —Malini sostuvo el sable en una mano y acarició la mejilla de Priya con la otra—. Pronto se acabará todo —dijo con urgencia—. La sangre, la matanza, la muerte. Debemos ir al Hirana rápidamente. ¿Puedes llevarnos allí, Priya? Por favor.

Priya asintió, temblorosa. Luego, soltó un suspiro y, con él, su magia.

Un sendero del buscador se abrió como unas fauces frente a ellos.

Malini empezó a moverse. Priya la aferró por la muñeca para que se detuviera.

—Malini —dijo—. Hay un yaksa esperándonos adelante, en el camino.

Malini sintió que el corazón le latía como un acto reflejo. Entrelazó los dedos con los de Priya.

—¿Puedes luchar contra el yaksa ? —preguntó—. ¿Puedes vencerlo?

Los ojos de Priya eran firmes, cálidos y decididos.

—Sí —dijo.

—Entonces continuemos —dijo Malini—. Y estaré a tu lado cuando lo hagas.