El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Sesenta y nueve
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Capítulo Sesenta y nueve

Priya

P riya se despertó con la luz del día y con Malini a su lado. Aún era temprano y la claridad que se colaba en la tienda era pálida, pero Malini ya estaba vestida y con la mano apoyada en el corazón de Priya; era un peso suave.

—Estás lista —susurró Priya—. ¿Es hora de irnos?

Malini asintió.

—Nuestro último viaje —murmuró—. Hoy avistaremos Ahiranya.

Último viaje. Malini no tenía ni idea de lo cierto que era. Priya la atrajo hacia sí para darle un beso.

Malini retrocedió. Se miraron a los ojos y Malini se echó a reír, de verdad, sin aliento, con una sonrisa en la boca. Tenía ojeras de cansancio pero aquellos ojos oscuros estaban llenos de asombro.

—Aquí estás —dijo, acariciándole la mejilla—. Mi Priya. Mi amor.

Priya atesoró ese momento en su memoria mientras viajaban. “Mi Priya. Mi amor”. Si iba a morir quería tener esa imagen cerca, un sabor dulce, un último tesoro que la sostuviera hasta el final de su vida. Hacía que la carga de su destino fuera más fácil de llevar.

El ejército de Parijatdvipa armó el campamento de guerra lo suficientemente lejos de Ahiranya como para que los árboles solo fueran una mancha verde en el horizonte, pero Priya podía sentir a Ahiranya a pesar de todo.

Ahiranya la estaba esperando.

Se tensaban los arcos y se afilaban las espadas. Se oía la agitación y el ruido de un ejército que se prepara para la guerra. Pero Priya no tenía armas que preparar. Encontró a Sima tensando su propio arco. Cuando se le acercó, Sima la miró y se detuvo, con los ojos entornados.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

—Sima —dijo Priya—. Necesito que vengas conmigo, por favor.

Ya había suplicado la ayuda de Sahar y la guardia estaba lista, esperando para escoltarlas. Las condujo a una tienda bien vigilada.

Las guardias que rodeaban la tienda no discutirían con la guardiana personal de la emperatriz, así que se retiraron y permitieron que Priya entrara en la oscuridad con Sima a su lado.

—Apresúrate —murmuró Sahar al entrar. Priya asintió. Sabía que Sahar y todos los demás tenían cosas más importantes de las que preocuparse que las despedidas de Priya.

Jeevan estaba de pie en el centro de la tienda. Parecía preparado para la guerra a pesar de las cadenas, con los hombros erguidos. Su expresión y su postura se suavizaron de alivio cuando las vio.

—Priya, Sima —dijo en voz baja—. ¿Estáis bien? ¿Habéis visto a Bhumika?

—Todas estamos bien —respondió Priya; se sentía extrañamente llorosa. Se obligó a alejar ese sentimiento, se acercó a él y lo tomó de la mano—. Me alegro de verte. Pensé que no volvería a encontrarte.

—Yo creía lo mismo. —Volvió la mirada hacia Sima, interrogante.

—Parijatdvipa no me ha tratado tan mal —dijo ella encogiéndose de hombros—. Me han protegido bien.

Jeevan no parecía creerle del todo, pero asintió.

—Jeevan —dijo Priya, llamando de nuevo su atención—. Necesito hablar rápidamente.

Le contó los planes de Malini y el trato que ella y Bhumika habían hecho con la emperatriz. Él escuchó solemne.

—Lo que más deseo es que Bhumika esté a salvo —dijo Priya al terminar—. ¿Puedo estar segura de eso contigo?

Le colocó una llave en la mano y le cerró el puño alrededor.

—No es tan difícil escapar de estas cadenas —dijo. Esperaba haber hablado lo suficientemente bajo como para que los guardias no la oyeran—. Lleva a Bhumika a un buen lugar, a un lugar mejor.

—Ella quiere volver a casa —respondió.

—Ella no sabe dónde está su casa.

—No necesitas de los recuerdos para conocer la forma del hogar. Antes no lo hubiera creído, pero lo he visto en ella. —Apretó con fuerza la llave en la mano—. Pero me la llevaré de aquí, lo prometo.

—Bien —susurró Priya. Le sonrió y lo soltó.

Priya y Sima salieron de la tienda. Después, Priya se restregó los ojos irritados con el dorso de la mano.

—Me voy a un sitio del que probablemente no vuelva —dijo en voz baja—. ¿Soy una tonta, Sima?

Sima le apretó las manos. Acercó su frente a la de su amiga.

—Sí —dijo—. Una gran tonta. Una loca.

—Bueno, ya puedes parar —protestó Priya, riendo entre lágrimas.

—Eres una tonta por no llevarme contigo.

—Cállate —dijo Priya—. ¿Crees que podré hacer algo si me preocupo por ti? Tampoco dejes que Bhumika me siga. Sé que ella quiere hacerlo.

—¿Y quién va a impedir que te siga? ¿Eh?

—No bromees —dijo Priya—. Necesito saber que las dos estáis a salvo. No puedo hacer esto si creo que vais a sufrir algún daño.

—El mundo entero está lleno de daño, Pri.

—Por favor.

—De acuerdo, te lo prometo. —Abrazó a Priya con más fuerza, como si no quisiera dejarla ir nunca—. Pero tienes que decírselo tú misma a Bhumika. Tienes que despedirte.

—Lo sé —respondió. Lo estaba temiendo.

Sahar se aclaró la garganta y, finalmente, Priya dejó ir a Sima.

Fue a la tienda de Bhumika a continuación. Un paso. Otro. El sol le quemaba los hombros.

No podía hacerlo. No podía mirar a los ojos de Bhumika y ver a una desconocida.

Era egoísta de su parte. Egoísta y cobarde.

Tenía que hacerlo; el tiempo apremiaba. Pronto entraría en Ahiranya, llevaría a esos sacerdotes al Hirana y luego moriría.

Aunque Bhumika nunca la recordara, merecía saber que su hermana la amaba. Priya se lo debía.

Tocó con la punta de los dedos la cortina de la tienda. Respiró profundamente, se detuvo y se giró.

Lata estaba detrás de ella; la había llamado por su nombre.

—Lo siento —dijo. Le temblaba la voz—. Necesito tu ayuda mayor Priya. La emperatriz está a punto de tomar una decisión terrible. Debes convencerla de que no lo haga.

Los guardias de Malini y su criada la estaban vistiendo con una armadura.

Era una armadura hecha para el movimiento: una malla fina y resistente sobre tela blanca.

Ahora no llevaba joyas ni corona de flores, pero seguía siendo emperatriz por su porte, por la fiereza de sus ojos, por la manera en que la rodeaba su gente, todos los guardias y soldados a los que había entrenado para que le fueran leales.

Pero no estaba destinada a necesitar armadura, no estaba destinada a entrar en Ahiranya. Se suponía que debía permanecer a salvo.

No debería haberse fijado en Priya, no debería haberla oído, pero de alguna manera la oyó y volvió la mirada infaliblemente hacia ella. No había rastro de sonrisa en su boca, ni suavidad en el rostro. Los ojos oscuros eran serios, casi furiosos. Sabía exactamente por qué estaba Priya allí.

—Dejadme —dijo a las mujeres que la rodeaban. Algunas miraron a Priya con curiosidad mientras se marchaban—. ¿Quién te lo ha dicho? —preguntó a Priya.

—Lata —respondió.

Malini se encogió de hombros.

—Bueno, sabía que se entrometería.

Priya respiró hondo para serenarse y luego dijo:

—Si Mani Ara no es destruida por completo, cada parte de ella, esto no terminará.

La fuerza de Mani Ara está dentro de mí.

Su poder, sus recuerdos. —Era difícil decirlo, era difícil enfrentarse a la realidad de lo que le esperaba a la fría luz del día, con los ojos oscuros de Malini mirándola hasta el fondo de su corazón temeroso, atravesándola—.

No quiero morir, pero sé lo que tengo que hacer.

—Dímelo —dijo Malini—. Dime exactamente lo que tienes que hacer.

—Tengo que llevar a tus sacerdotes a las aguas inmortales. Y cuando las destruya tengo que… tengo que… —Se detuvo—. No me hagas decirlo, Malini —susurró.

—Permitirás que los sacerdotes te maten —dijo Malini—. Dejarás que el poder al que recurran te consuma a ti también. Arderás y perecerás. Lo comprendo pero no puedo permitirlo.

Caminó hacia ella, envuelta en su armadura de tela blanca, y aferró los hombros de Priya.

—Volverás —dijo—. Conmigo.

—Que vengas conmigo no me salvará —dijo Priya—. Solo te condenará a ti también. No puedo soportar eso, Malini.

—Entonces, vive. No permitiré que mueras —murmuró Malini en voz baja—. No tengo mejor ventaja para usar contra ti que mi propia vida. Si mueres, yo muero. Así que tendrás que vivir.

—Estás loca —dijo Priya conmovida—. Malini, tengo que hacer esto. Entiendes lo que hay dentro de mí, ¿verdad?

—¿Y qué hay dentro de mí, entonces? Yo comparto tu magia. Una parte de Mani Ara también vive en mí. —Malini arqueó una ceja, como si en vez de golpear a Priya en el estómago hubiera dicho algo que valía la pena; como si hubiera ganado la discusión—. Si tú debes morir, entonces yo también.

—¡Todo esto es para que tú vivas!

—Y tengo la intención de vivir. De que ambas vivamos.

—Malini…

—Priya, no tengo fe en los dioses. Nunca recurrí a la guía del dios sin nombre.

No venero a las Madres como debería. Cada pizca de fe que he profesado la he utilizado para mis propios fines.

Para mi propia supervivencia y mi propio poder.

¿Así que las visiones y la profecía dicen que debo morir?

¿Así que las visiones de tu hermana, extraídas de las aguas inmortales, dicen que debes morir?

Lo rechazo todo. Aceptaré esta victoria —dijo suavemente—.

Aceptaré la posibilidad de que las generaciones futuras tengan que volver a enfrentarse a los yaksas .

Que así sea. Pero vamos a destruir juntas las aguas inmortales y, después, nos iremos las dos, vivas y libres.

Priya movió la cabeza; la sentía llena de fuego. No debía escuchar eso. No podía tener esperanzas, era demasiado cruel.

—Ya hemos pagado suficiente tú y yo —dijo Malini.

—¿Por qué habríamos de vivir a cambio de que esos sacerdotes mueran? —preguntó Priya acaloradamente. ¿Qué valor tenía su vida comparada con la de los demás?

—Porque ellos están dispuestos a morir y nosotras no.

—Una sonrisa dura curvó la boca de Malini y reflejó la fría determinación de sus ojos—.

Porque soy egoísta y tengo anhelos y no me disculpo por ello.

Quiero que nosotras vivamos, Priya. He ganado un imperio y mataremos a tus dioses —agregó—.

Si queremos un futuro juntas, una vida juntas en la que ya no tengamos que llevar máscaras ni convertirnos en monstruos, la tendremos.

Priya no supo si fue ella quien se acercó a Malini o si fue Malini quien caminó hacia ella, pero de pronto Malini la atrajo hacia sí y Priya apoyó la cabeza en su hombro, contra la piel cálida y el metal frío.

—Igual no quiero que hagas esto —dijo en voz baja—. Quiero que estés a salvo.

—Lo sé —respondió Malini y la rodeó suavemente con los brazos—. Lo sé, mi amor.

Dejaron a Lata en el campamento de guerra. Lata intercambió unas palabras en voz baja con Malini, con los ojos enrojecidos, y luego las vio partir.

El ejército las siguió y se alineó en la frontera. Malini y Priya, con su séquito de soldados y sacerdotes, caminaron hasta la linde del bosque.

Priya levantó una mano. Frente a ella, el espeso muro de árboles se abrió a su orden.