Capítulo Sesenta y ocho
Malini
“A ninguna parte”.
La voz nebulosa de Priya, suave como el sueño, resonó en el cráneo de Malini.
En sus brazos el peso de Priya la reconfortaba.
Su pelo oscuro brillaba a la luz de la única lámpara de aceite que había junto a la cama.
Las pestañas de color café dorado estaban cerradas en una línea como la luz del fuego sobre la piel oscura del rostro.
Malini podría haberse quedado mirando esa cara durante horas: esa nariz torcida, esa boca de sonrisa fácil y esa barbilla obstinada.
Le pasó una mano por el pelo para sentir su peso, su suavidad lacia.
Malini nunca había entendido a Priya como debería. Había visto el corazón blando y la fuerza de Priya, pero no se había planteado cómo esa fuerza y esa blandura podían llevarla a mentir a sus seres queridos por su seguridad, por su comodidad, para posponer el dolor. Ahora la entendía.
“A ninguna parte”.
Priya no planeaba volver de Ahiranya. Planeaba morir.
Malini no quería dejar la cama, pero el corazón le pesaba como plomo en el pecho. Besó la frente de Priya simplemente por el placer de besarla, de saber que Priya era suya para besarla, y después se deslizó fuera de la cama. Se vistió y salió de la tienda.
Sahar estaba fuera, con la cabeza inclinada y los brazos cruzados. Levantó la cabeza y Malini le dijo:
—Ven.
Bhumika tenía su propio recinto, celosamente custodiado por un puñado de guardias de Malini. Reconoció a Sanvi, que ocultaba un bostezo con la mano y se enderezó de repente al verla acercarse.
—Espera aquí —le dijo Malini a Sahar—. No nos molestéis.
Entró en la tienda. No le sorprendió que Bhumika estuviera despierta; estaba sentada en su propio jergón con una lámpara de aceite encendida como si hubiera estado esperando compañía. Miró a Malini a los ojos con seriedad.
—Emperatriz —dijo.
—Necesito hablar contigo.
Bhumika inclinó la cabeza. Malini no tenía tiempo para artificios, no cuando se trataba de Priya.
—Dime —dijo—. Cuando hablaste a solas con tu hermana en mi mahal, ¿de qué hablasteis?
—De cómo matar a los yaksas . —Curvó la boca en una sonrisa sin gracia—. Es de lo único que hablo emperatriz.
Malini avanzó hacia Bhumika y se dio cuenta de que no podía abalanzarse sobre ella.
No podía estar de pie y temblar de rabia y miedo, y no podía sentarse tan tranquilamente como Bhumika.
Así que caminó con pasos cuidadosamente medidos, de un lado a otro de la estrecha tienda.
No le importaba si dejaba ver su agitación.
—¿Y por qué Priya, que comparte su naturaleza con una yaksa , que debe guiar a mis sacerdotes hacia Ahiranya, cree que va a morir?
—Parece como si tuvieras todas las piezas de tu respuesta —dijo Bhumika en voz baja—. Pero es simple. Mani Ara debe ser destruida y Priya es Mani Ara.
—No lo es —dijo Malini bruscamente.
—No lo es —coincidió Bhumika— y sí lo es.
Malini se obligó a no flaquear ni mostrar debilidad.
—¿Así que Priya debe morir para que las aguas inmortales sean destruidas? —preguntó—. ¿El precio es su vida?
—Puedes preguntar y volver a preguntar emperatriz, pero no cambiará la verdad —dijo Bhumika. Hizo una pausa—. Lo siento.
Eso, más que nada, confirmó que Bhumika se había convertido realmente en un fantasma de sí misma. La mujer que había conocido habría llorado por Priya. Malini se enfureció de pronto. Era extraño cómo la furia le hacía desear más que nada llorar como si le hubieran roto el corazón.
Evocó en su mente inesperadamente imágenes de sus hermanas del corazón Alori y Narina, muertas.
De Aditya, muerto. Los había amado y perdido, y nada se los devolvería.
Y Priya: ella había amado a Priya. Pero ahora lo que sentía por ella era algo más que amor.
Era la ligadura con que la magia las ataba.
Era el odio y era lo más feliz y sagrado que jamás había sentido.
“Tú eres vida” le había dicho y era verdad. Priya era su vida.
No le permitiría entrar en Ahiranya. La mantendría en el campamento, la ataría. Sin importar lo que Priya dijera, ella… ella…
No. Esos pensamientos eran tontos. Ella no podía ceder a ellos sin importar lo mucho que su corazón quisiera rendirse.
No había nadie más que pudiera guiar a los sacerdotes hacia un paso seguro, y nadie más que pudiera abrir el camino a las aguas inmortales. Priya tenía que ir a Ahiranya y Malini no podía detenerla.
—Mientras Priya viva los yaksas no desaparecerán del mundo —dijo Bhumika ante el silencio de Malini—. Pero si me dejas ir con ella, si puedo hacer algo para evitarle dolor…
—No. —Malini habló antes de pensar—. Yo iré con ella.
“Y la traeré de regreso con vida”.
Los sacrificios hechos en esa guerra tendrían que ser suficientes. Malini era lo suficientemente monstruosa para apoderarse de un trono y asesinar a su hermano. Era lo suficientemente monstruosa para continuar la gloriosa y sangrienta crueldad del imperio. Se había obligado a sí misma a ser así.
Ahora, elegiría ser tan monstruosa como para dejar vivir a un enemigo con tal de conservar lo que era suyo. Elegiría el amor sobre la bondad.
“Que las generaciones futuras se enfrenten a los yaksas una vez más. Que la podredumbre continúe. Solo dejadme tenerla a ella”.
Rao y Lata fueron los primeros en conocer su decisión y los primeros en rogarle que cambiara de opinión.
Ambos se reunieron con Malini a solas sin la interferencia de cortesanos o funcionarios.
En la oscuridad previa al amanecer, en la intimidad de la tienda de Lata, Malini les contó lo que iba a hacer.
Lata parecía a punto de llorar y Rao se negaba a mirarla.
Inclinó la cabeza mientras Lata se arrodillaba junto a Malini.
Lata tenía los ojos ensombrecidos por las ojeras.
—No puedes entrar en Ahiranya —dijo con la voz ronca—. Por favor, mi señora. Sabes lo que ocurrirá: si los yaksas o los ahiranyis no asestan un golpe de suerte, si la podredumbre no te toca, tus propios sacerdotes acabarán volviéndose contra ti. Todavía hay muchos que quieren que ardas, ¡lo sabes!
—Sahar estará conmigo y es de confianza —dijo Malini—. Rao ha respondido por los sacerdotes de la fe sin nombre. No me harán daño.
—Yo respondí por su fe —dijo Rao bruscamente—. Pero no les confío tu vida.
—Emperatriz… Malini, eres demasiado inteligente para creer eso en verdad.
Si te vas ahora destruirás tu propio legado —dijo Lata lentamente con voz lúgubre—.
Los sacerdotes convertirán al hijo de tu hermano en un emperador títere.
Borrarán cualquier recuerdo de ti o te convertirán en otra Madre de las llamas.
No se te recordará como la emperatriz Malini, gobernante de todo Parijatdvipa. Serás olvidada.
Aquel comentario caló más hondo que los demás. Ella había hecho lo que ninguna hija de Divyanshi había hecho nunca. Imaginar que su legado se borrase y descartase era exasperante.
Pero ¿qué le importaban a ella las historias que se contarían después de su muerte?
Lo que importaba eran las historias que se contaban ahora, la vida que vivía dentro de ellas.
Y si su vida, esa vida por la que había luchado con uñas y dientes, tenía que estar vacía de Priya, tenía que dejarla con nada más que su dolor y la cicatriz de una puñalada… no. No podía soportarlo.
—Vamos —dijo con ligereza—. Seré una estatua de oro al menos. Quizá los sacerdotes me coloquen junto a Divyanshi, ¿no sería bonito?
—No bromees con eso —exclamó Rao—. No puedes elegir morir justo ahora.
—No elijo morir. Os prometo que volveré.
—Iré contigo —dijo Rao.
—Ambos iremos —agregó Lata.
—No. Permaneceréis más allá de las fronteras de Ahiranya. Esa es mi orden.
Su tono no admitía discusión. Lata movió la cabeza con afecto y tristeza en la expresión de su boca.
Rao volvió la cara.
—No seas como él, Malini. —Se le quebró la voz—. No lo hagas.
A Malini le dolía el corazón.
—Yo no soy Aditya —le dijo—. Y volveré.
—Al menos déjame morir contigo —pidió—. No me abandones.
Ella exhaló un suspiro. No lloraría por él, por ese tonto que había amado a su hermano. Ese tonto a quien ella también amaba.
—Aditya estaba buscando un motivo para morir, Rao —le dijo—.
Tal vez se convenció a sí mismo de que el dios sin nombre y las Madres querían su muerte.
Tal vez era cierto, pero él quería un final de abnegación y sacrificio, y sé que tú también.
Tu dolor no es una voz en la que puedas confiar. ¿Lo entiendes, Rao?
Por fin, él recuperó la voz.
—Creo que eres tú la que actúa desde el dolor, Malini —dijo—. Temes por Priya. Temes…
Ella golpeó la mesa con la mano.
—Basta —dijo—. Soy la emperatriz, Rao, Lata. Y haré lo que sé que es correcto.