El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Sesenta y siete
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Capítulo Sesenta y siete

Arahli Ara

A shok soñaba.

Se estaba ahogando. El agua era profunda y azul, y después no era azul en absoluto.

Las aguas eran una oscuridad tan vasta que no tenía color.

Las estrellas la atravesaban, tan afiladas y frías como cuchillas lanzadas en el aire.

Ashok intentaba nadar hacia la superficie, pero no sabía dónde estaba la superficie.

Tenía los pulmones llenos de agua, se estaba muriendo. Quizá llevaba mucho tiempo muerto.

Vio que Riti, Sanjana y Nandi se acercaban a él, con malezas que parecían cadenas doradas enredadas en sus cuerpos. Tenían los ojos vacíos. Sus manos, cuando lo aferraron, estaban frías. Tenían la piel moteada de azul como los ahogados, y sus ropas flotaban a su alrededor formando nubes blancas.

“Priya”, pensó. “Bhumika. Mis tontas hermanas, lo siento. He intentado…”.

Arahli Ara abrió los ojos. Los yaksas no soñaban así.

Primero se dirigió a Taru Ara. Estaba durmiendo en el tejado del mahal, acurrucada en un lecho de flores de jazmín.

Se veían las lindes del bosque desde las alturas.

Desde allí podía oír y sentir al ejército parijatdvipano, que una vez más se encrespaba en las fronteras de Ahiranya.

Pero esta vez no podía simplemente reírse de ellos.

Los mortales habían matado a una yaksa recién nacida.

Esta vez, Arahli Ara y su familia habían… cambiado.

Había una extraña palidez en la piel de Taru: el tono pardusco de la carne mortal, ruborizada por la sangre roja mortal. El torso, enmascarado por el perfume de las flores que la rodeaban, olía a putrefacción humana.

Taru había llorado cuando sintieron morir a su pariente en Alor. Lloró como una mortal, con fiebre en las venas y una herida que la pudría desde dentro.

Arahli Ara le apoyó una mano en la frente. El color de su piel no era diferente del de la de ella.

“No hay tiempo”, pensó. El pánico le atenazó la garganta; no podía negarlo más. La herida de Taru Ara, el aspecto extraño de su piel, la humanidad que se apoderaba de él, los sueños…

Habían sacrificado mucho de su verdor para volver y sobrevivir. Habían vestido los rostros de sus devotos muertos. Habían consumido la mortalidad y este era el precio que habían pagado. Esta horrible carnosidad.

Él no sabía que sería así.

Se dijo que todo sería mejor cuando Mani Ara regresara. Ella era la más poderosa, ella lo arreglaría todo.

Posó la frente contra la de Taru Ara. “Hermana”, pensó con una voz que no era la suya. Ella no se movió.

Pensó en los niños del templo. Se llevaría a uno, tal vez el mayor, el niño Ashish, a las aguas inmortales.

Lo guiaría, lo convertiría en un renacido.

Si ya no tenían a Priya, él podría hacer recipientes más dignos para la más grande de los suyos.

Dejó a Taru Aru para ir a buscar a los niños con el corazón palpitante y náuseas en el estómago.

Los niños del templo no estaban en sus camas.

Su furia se oyó en todo el mahal: los árboles temblaron y los pájaros alzaron el vuelo.

Se habían ido.

Cira Ara era la más reciente de ellos y todavía la más verde en todos los aspectos importantes.

Condujo a Arahli Ara y a sus parientes por el bosque, siguiendo el eco sutil de sus pisadas en la tierra, los susurros de los árboles.

Arahli no podía sentir como ella. Sus sentidos eran torpes, estaban embotados por la sangre que llevaba dentro.

—Claro que los siento —dijo Cira Ara alegremente, mostrando sus dientes con alegre malicia—. ¿Tú no, querido pariente? ¿Debo matar a los que no son hijos del templo, desollarlos como castigo?

—No —respondió él. Logró sentir otra presencia: Ganam. La ira se le encendió en el esternón—. Ve hacia donde está Ganam, llévate a Avan Ara, retenedlo y yo encontraré a los niños.

Él, Bhisa Ara y Vata Ara buscaron a los niños que estaban en el sendero del buscador. Ashish fue el primero en verlos, abrió los ojos de par en par y gritó:

—¡Corred!

Los niños huyeron pero no lo bastante rápido. Los parientes de Arahli removieron la tierra y le pidieron que los devorara hasta las rodillas. Atascados, los niños sollozaban. Fue fácil atraparlos, atarlos con lianas y guiarlos de regreso al linde del bosque.

Ganam estaba arrodillado, azotado por las lianas, con la cara llena de rabia. Avan Ara temblaba a su lado. Una espada yacía en el suelo violentamente partida en dos.

—Llevaba esto —dijo Avan Ara. Señaló la hoja con la barbilla.

Arahli Ara caminó hacia la espada y se arrodilló. La rozó con la punta de un dedo y sintió un vacío repulsivo: la negación de su propia magia. Retrocedió y comprendió por qué Avan Ara había intentado destrozarla. Miró a Ganam.

—Traidor —susurró.

Pero Ganam no lo miraba. Tenía los ojos fijos en los niños con una expresión destrozada, llena de dolor.

—Rukh —dijo—. ¿Por qué están todos aquí? Te dije que huyeras.

—Lo siento —respondió Rukh con tristeza; aferraba con tanta fuerza a la hija de Bhumika, que tenía los dedos blancos—. No podía irme sin ellos. Cuando me pediste que huyera dije a los demás que vinieran conmigo. Tenía que intentarlo. —Tragó saliva—. Lo siento.

Ganam cerró los ojos derrotado.

—Debería matarte por lo que has hecho —observó Arahli.

—Si me matas no te queda nada —replicó Ganam. —No tendrás mayores del templo ni a Bhumika, ni a Priya. Solo niños llorones. Y no tienes tiempo para probarlos, ¿verdad? Los parijatis se acercan, solo me tienes a mí.

—Debería matarte de todas maneras —dijo Arahli Ara.

—Haz lo que quieras —respondió Ganam—. No me arrepiento de nada. Mátame, entonces. Da igual. —Tenía la mandíbula rígida—. Probablemente moriré cuando vuelvas a arrojarme a las aguas, así que mátame ahora si quieres. No me importa.

La crueldad heló la sangre a Arahli.

—No necesito al chico Rukh —dijo en voz baja—. Así que tal vez lo mate. Eso te servirá de castigo.

Una niña que estaba detrás empezó a sollozar.

—Shh, Pallavi —dijo Ashish atrayéndola a su lado—. Tranquila. Shh.

Rukh no hizo ningún sonido. Tenía la mirada fija y la barbilla en alto.

Un recuerdo vertiginoso le atravesó el cráneo a Arahli Ara. El peso de una niña en sus brazos. Fuego en su garganta, en sus ojos. La muerte pisándole los talones.

“No mires, Pri. No mires”.

— Yaksas —llamó una voz.

Había siluetas de pie entre los árboles. Las había sentido acercarse, pero no les dio importancia. Eran su propia gente, devotos y forasteros que le habían jurado lealtad. Habían oído su rabia y seguido sus pasos.

Uno de ellos se adelantó, un hombre parijatdvipano. Se inclinó hacia el suelo en una reverencia.

— Yaksas —volvió a decir—. Poderosos, os ruego que nos concedáis el honor de luchar contra los parijatdvipanos. Hemos crecido y nos hemos entrenado para la guerra y os somos fieles. Dejadnos beber la profundidad de las aguas. Dejadnos luchar por vosotros.

—Eso no os convertirá en mayores del templo —observó Bhisa Ara.

—No sois dignos —dijo Avan Ara.

—Vimos a Ruchi beber aguas extraídas de la fuente y la vimos perecer. Sabemos cuál es el precio de serviros, pero aceptaríamos con gusto esa gloriosa carga —dijo el hombre, decidido.

—Shyam —dijo Ganam bruscamente—. No lo hagáis.

—Los niños crecerán fuertes y os servirán en los años venideros —dijo el hombre, sin mirar a Ganam. Toda su atención se centraba en Arahli y sus parientes; los buscaba con la mirada, les imploraba con cada línea de su cuerpo—. Dejadnos beber y morir por vosotros ahora para que ellos puedan vivir.

Finalmente miró a Ganam, luego a los niños.

—Todos ellos —dijo—. A cambio de nuestro fiel servicio.

Sus palabras bañaron a Arahli Ara de alivio como una marea, y se llevaron con ellas el recuerdo de Priya niña en sus brazos. Sí. Dejar que los niños vivan por ahora. Sí.

—Todo sea por nuestros leales devotos —dijo con indulgencia.