El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Sesenta y seis
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Capítulo Sesenta y seis

Priya

N o eran aliadas de Parijatdvipa pero tampoco prisioneras, así que Priya se unió de buen grado a Bhumika y a Sima en el mismo carruaje rodeado de velos, conducido por una de las guardias de Malini y vigilado por un séquito de soldados a caballo que las rodeaban.

Priya miró a su hermana: el pelo enmarañado de Bhumika, su rostro solemne, la manera distante en que miraba a través de la gasa de la cortina, sin ver el mundo que las rodeaba pero viendo, en cambio, algo dentro de sí misma.

—¿Te serviría de algo si te dijera quién fuiste? —le preguntó Priya una vez—. Bhumika, si te contara sobre Ahiranya, sobre… sobre nuestra familia, ¿te ayudaría?

El carruaje se sacudió al pasar por un desnivel del camino.

—No —respondió—. Pedí a Jeevan que no me hablara de ello. Me temo que… —Movió la cabeza.

—¿Qué? —insistió Priya.

—Me dijo que no voy a querer saber lo que dejé atrás —dijo finalmente Bhumika—. Y por lo que sé… —Hizo una pausa, le costaba continuar—, le creo.

Silencio.

—Él lo está haciendo bien —opinó Sima tras un momento—. Está… más encadenado que nosotras, pero el príncipe Rao y Sahar no dejarán que sufra ningún daño.

Bhumika asintió sin decir palabra y cerró los ojos.

Priya la observó durante largo rato con el corazón herido. Sima se apoyó en su hombro y metió los pies debajo de ella.

—Lo sé —dijo Sima en voz baja—. Lo sé.

Se dieron la mano. El carruaje siguió avanzando.

Lata fue quien las acompañó hasta su alojamiento nocturno. El carruaje y el ejército se habían detenido, listos para acampar.

—Ven —dijo a Priya cuando Sima y Bhumika estuvieron acomodadas. Sima se volvió para mirar, con gesto interrogante, pero Priya no podía responderle. Asintió a Lata y la siguió.

—No creo que la emperatriz esté actuando con prudencia —dijo Lata espontáneamente. No miraba a Priya, solo la guiaba—. Pero quiere que estés con ella.

Priya pensó que sería prudente no decir nada al respecto.

En la tienda de Malini, sola, se encontró inquieta, tocando la ropa de cama de seda, sintiendo la suavidad de la alfombra entre los dedos de los pies.

Tocó los objetos que asomaban del baúl de Malini, que Swati había dejado a su alcance: saris de seda y cajas de joyas; libros envueltos en tela y cajas de attar .

No debería haber mirado el joyero de Malini pero lo hizo.

No debería haber encontrado el hueco en la base, por donde asomaba un papelito, pero lo encontró, y lo arrancó suavemente con la punta de los dedos.

Y lo leyó. Y lo leyó.

—Priya.

Malini vestía de blanco, con grandes cadenas de plata en el cuello, piedras lunares en las orejas y jazmines blancos a modo de corona en el pelo trenzado.

Era una emperatriz en toda su estatura y se veía luminosa en la oscuridad, brillante como la luz de la luna cuando cruzó la tienda hacia donde Priya estaba sentada en la cama.

—Cada vez que estoy aquí, sola o contigo, me doy cuenta de que no puedo dejar de buscar. Mirar, tocar… —La voz de Priya se apagó como una brizna de humo, mientras pasaba las páginas de las cartas que tenía en las manos.

—Son privadas —dijo Malini al cabo de un rato.

—Están dirigidas a mí.

—Rompiste el fondo de mi joyero para sacarlas —señaló Malini en un tono seco que no hacía nada por ocultar a Priya sus sentimientos: nerviosismo, agudeza—. Sabes que no eran para ti.

—Me escribiste cartas —dijo Priya en voz baja.

No podía defenderse, así que no lo intentó.

Las recorrió con los dedos: la tinta se extendía como una telaraña y parecía hecha de polvo, una huella del tiempo perdido que podía destruirse con un soplo, un toque—.

Querías llegar hasta mí. Una y otra vez pensaste en mí.

—Así es —admitió Malini. Se sentó junto a Priya en la cama. La seda de su sari crujió.

—Me amabas —dijo Priya con voz densa.

Una pausa.

—Así es —dijo por fin Malini.

Priya asintió lentamente. Volvió a mirar las cartas. La voz de Malini rompió el silencio.

—Si me hubieras escrito cartas… —Sus dedos tocaron los de Priya sobre el papel—. Dime. Dime qué habrías escrito.

—“Querida Malini” —recitó Priya al cabo de un rato—. “Soy una mierda escribiendo cartas”—. Se rio en voz baja.

—Es un buen comienzo —dijo Malini—. Pero sé que tienes más habilidad para la poesía.

—Me dijiste que no se me daba bien la poesía.

—¿Eso dije? —El tono de Malini era ligero como una hoja que deja una ondulación sobre las aguas—. Qué bien miento.

Priya bajó la mirada ante esas palabras; se le nubló un poco la vista y cerró los ojos.

—“Querida Malini” —volvió a empezar—. “Tengo miedo. No puedo proteger a todo el mundo. Y servir a los dioses es una tarea fría, despiadada y desagradable, no importa cuánto tiempo lleves adorándolos. Cada vez que me piden que cambie, que me haga más extraña y fuerte por ellos, pienso en lo fácil que fue convertirme en lo que tú necesitabas. Querías que te salvara y, aunque estaba enfadada, también… dije que sí. —Alisó el papel. Era eso o arrugarlo. Sus manos estaban inquietas—. Me pediste que luchara en tu guerra y dije que sí. Pediste por mí y siempre fue sí. Yo quería que fuera sí. —Suspiró—. Y después ya no pude decir que sí. Yo…”

Una lágrima salpicó la página.

—Mierda —dijo Priya riendo—. Soy una llorona fea.

Entonces Malini le abrazó la cara. Los dedos suaves secaron las lágrimas sobre su piel.

—Priya —dijo suavemente.

—No deberías secarme las lágrimas —dijo Priya con voz temblorosa—. Deberías odiarme.

—Ya lo has dicho antes —respondió Malini, siguiendo tiernamente con los pulgares la forma de los pómulos de Priya—.

Te odio, tal como me odio a mí misma. Quizá te odie siempre.

—La acarició con ternura, como si le abanicara la piel—.

No porque te fuiste Priya, sino porque tenía tanta fe en ti que no te vi a ti, ni vi tu dolor, ni la disyuntiva a la que te enfrentabas…

y tú no tuviste la fe suficiente para confiar en mí.

—Habló en voz baja—. No fui lo suficientemente inteligente para retenerte.

—Malini…

—No volveré a ser tan tonta. —La voz de Malini era decidida—. No te perderé.

—Me pusiste esposas —dijo Priya; las lágrimas se convirtieron en una sonrisa.

—Lo hice.

—Me encadenaste. Insististe en que era tuya.

—Así es —dijo Malini. Seguía abrazando la cara de Priya—. ¿Me odiarás por eso?

—Nunca he sido tan sensata —dijo Priya. Giró la cabeza para zafarse de las manos de Malini, que la soltó.

Priya acercó la mano al pelo de Malini con cuidado.

—Una vez te di una flor —dijo— y después te la quité. Te quité mi corazón o lo intenté.

Metió la mano en la corona de Malini. Las flores estaban ensartadas en un hilo entretejido con sus rizos. Algunos capullos se desprendieron con facilidad, se desenrollaron y crecieron en zarcillos en sus manos. Las bajó y juntó las muñecas. Esos zarcillos se le enroscaron alrededor, uniéndolas.

—Este es mi voto de lealtad para ti —susurró Priya—. Está enhebrado en esta guirnalda. Puedes abrazarme, quiero que lo hagas.

Malini trazó la línea de las flores, la piel vulnerable de los brazos de Priya por encima de las muñecas unidas. Después, la tomó por los brazos, la arrastró hacia sí y la besó.

Fue un beso firme, un beso que la conocía; un beso que exigía. No fue suave, pero Priya no quería que fuese suave. Pensó en la manera en que Malini la había tocado en un sueño bañado por el agua y sintió un dolor ardiente en el vientre, entre los muslos.

“Por favor” articuló en silencio, y Malini la empujó hacia la cama, con la cara sobre las mantas y las manos debajo de ella; le apartó el pelo y le clavó los dientes en la nuca. Priya soltó un grito ahogado.

Manos bajo la blusa. Manos que la tocaban, la poseían.

—Ya no soy muy humana que digamos —dijo Priya mientras las manos de Malini le recorrían la piel como a un mapa: el vulnerable dorso de sus brazos, la piel de la espalda, enrojecida con rastros de hojas y flores.

—Eres vida —susurró Malini—. No hay nada de qué avergonzarse.

Movió a Priya, la giró hasta que quedó de lado con Malini detrás, mirándola y tocándola, recorriendo la curva de la cadera, la suavidad del vientre, la turgencia de los senos.

Cuando Malini le rozó un pezón con el pulgar, con la misma crueldad y ternura con que le había secado las lágrimas, Priya sintió un deseo tan doloroso que pensó que la volvería loca.

—Siempre has sido vida para mí —dijo Malini en voz baja—. Siempre, todo lo vivo y bueno.

—¿Incluso cuando me odiabas? ¿Incluso cuando soñábamos la una con la otra?

—Incluso entonces eras vida —respondió Malini. Priya sintió cómo las flores de sus brazos se enroscaban con más fuerza hasta acercar los codos y elevarla hacia las manos de Malini. Eso no lo hacía ella; todo era obra de Malini. No sabía si lo hacía a propósito pero no le importaba.

Los dedos de Malini la examinaron, se abrieron paso por debajo de los pliegues de la falda, apartándolos.

Pasó una mano por el entramado de lianas y hojas de los muslos, pero tenía la boca pegada a la oreja de Priya, el cuerpo caliente a su espalda, toda piel tibia y las frías joyas aún sujetas a la garganta, a las muñecas.

—Incluso entonces te necesitaba. ¿Cómo podría haberte buscado en sueños si no?

—Malini —dijo Priya.

Sintió los dedos delgados y cómplices deslizarse dentro de ella y se inclinó sobre los brazos, rendida, mientras la boca de Malini la cubría.

Después, Malini utilizó su propia magia temblorosa para desenmarañar las flores. Usó la boca para aliviar la piel de Priya.

—¿Adónde irás cuando termine la guerra? —preguntó en la oscuridad, en el silencio.

—A ninguna parte —dijo Priya. Era lo más sincera que podía ser. Sintió el escozor de las muñecas, el eco de los dientes en su garganta—. A ninguna parte —volvió a susurrar.

Malini estampó un beso fantasmal en el pelo de Priya.

—Duerme —murmuró—. Te tengo, Priya. Te tengo.