Capítulo Sesenta y cinco
Sanvi
S anvi bajó a las profundidades de las celdas que estaban bajo el mahal. El aire olía fétido, a lluvia convertida en humedad, a cuerpos agrios y a orina. Uno de los guardias de la puerta del último pasillo la saludó con la cabeza cuando se acercó a las puertas.
—¿Has venido por el sacerdote?
—Ella quiere terminar con esto ahora —dijo Sanvi jovialmente.
Él se encogió de hombros y la dejó pasar, no tenía más preguntas que hacerle. Ella era una de las guardias de la emperatriz y era bienvenida y conocida allí.
La celda más alejada estaba cerrada a cal y canto, y solo entraba la escasa luz de una destartalada lámpara de arcilla. Sanvi tomó la llave de una cadena que llevaba colgada del cuello y la abrió.
Entró y cerró la puerta tras de sí. Dentro de la celda olía a sangre, a enfermedad.
El guardia que vigilaba al final del pasillo estaba demasiado lejos como para oír ruido desde allí. Una celda de tortura requería paredes gruesas. Sanvi se arrodilló.
—Sacerdote —dijo en voz baja—. Mitul, estoy aquí.
En un rincón, un montón de harapos se estremeció y emitió un gemido bajo. Desplegó trabajosamente, con dolor, los miembros magullados, rotos. La cara hinchada. Un ojo la miró, inyectado en sangre.
—Sanvi —dijo con voz ronca—. Por las Madres me alegro de que seas tú.
Ella soltó un sollozo ahogado y se abalanzó sobre él para acercar la parte superior del cuerpo de Mitul hasta su regazo. Él gritó de dolor. Ella hizo un sonido tranquilizador.
—Me ofrecí como voluntaria —dijo—. ¿Te duele?
—Ella quería sacarme todo —dijo él.
—¿Dijiste…?
—Cualquier hombre dirá cualquier cosa bajo tortura —respondió Mitul—. Cualquier verdad y cualquier mentira, le dije casi todo. Traicioné al sumo sacerdote pero no le hablé de ti.
Su sacerdote estaba sangrando. Le habían cercenado el dedo anular más allá del nudillo y tenía pulverizados los demás dedos.
Antes sus manos eran tan elegantes… Sanvi deseó haberlas tenido alguna vez entre las suyas: trazar su forma, besarle los nudillos.
No por amor ni por deseo, sino para comprender íntimamente lo que él había sacrificado por el bien de Parijatdvipa y de las Madres.
Quería sostener cada fragmento de su dolor dentro de sí mientras ella misma se preparaba para afrontar su propio final.
—El sumo sacerdote estará a salvo —prometió. Había otros guardias que amaban a las Madres como ella, que se movían entre las filas de los guerreros parijatis que servían a la emperatriz. Ellos protegerían al sumo sacerdote. Ella tenía fe.
—Sanvi —dijo él—. Es posible que nuestros actos heroicos queden en el olvido porque no tenemos un destino de grandeza, pero las Madres nos lo agradecerán cuando estemos en sus brazos.
—Le tembló la voz—. Las Madres sabrán lo que dimos para salvar el mundo y nos acunarán con amor.
Me encontraré con vosotras allí, más allá, contigo y con la emperatriz.
—La guiaré hasta allá —prometió Sanvi, parpadeando con lágrimas en los ojos—. Le mostraré el camino.
—Bien. —Él sonrió, una sonrisa fallida que brillaba en el rostro herido—. Tienes mi fe, Sanvi.
—Has servido bien a las Madres, sacerdote —dijo ella. Buscó en su cinturón—. Ahora cierra los ojos, descansa.
Él hizo lo que ella le había ordenado.
—Adiós —dijo.
—Adiós —repitió ella.
Lo estrechó contra su pecho, contra su corazón, y después, con firmeza y ternura, le cortó la garganta.
Le hubiera gustado volver al santuario de su vecindario donde lo había conocido, donde él había visto su fe y le había dado un propósito a su vida. Pero el mahal estaba alborotado porque la emperatriz estaba preparando su casa para la guerra.
Sanvi rezó en su habitación junto a la cama en la que nunca volvería a dormir. Cruzó las manos y pensó en las manos destruidas de Mitul, en su rostro arruinado. Pensó en la emperatriz con un odio, un amor y una desesperación que casi la hacían gritar.
“Debes convertirte en lo que necesita el imperio”, pensó. “Debes arder, es tu deber, es tu deber”.
Más tarde, sacada a rastras de su habitación por Shri, Sanvi hizo acopio de fuerzas. El sacerdote le había enseñado mucho en el tiempo que habían compartido y ella ya no lo lloraría más. El aceite que llevaba en su bolsa, el pedernal de su cinturón, serían su manera de homenajearlo.
Volvió al trabajo. Mientras cargaba un carro con armas, Sahar se quejaba de tener que vigilar a más gente.
—Qué hombre más tranquilo —decía—. ¿Qué se supone que debo hacer con él?
Era un hombre ahiranyi, un guardia o un soldado. Supuestamente ya no era un prisionero, pero nadie se sentía cómodo al dejar que un hombre ahiranyi cabalgara libremente hacia su país de origen portando un sable.
—¿Quién es? —preguntó Shri desconcertada—. ¿Otro mayor?
—No lo sé —dijo Sahar subiendo otra caja de armas al carro—. Pero la mayor Bhumika parece muy preocupada por él. —Suspiró—. Más problemas.
No se quejó de tener que proteger a la otra mujer ahiranyi, Sima. Pero a esa la habían devuelto al cuidado del príncipe Rao, así que tal vez simplemente ya no era asunto de Sahar.
A Sanvi nunca le había gustado Sima. Siempre tan enfadada y callada excepto con Sahar, que siempre la retaba a echar pulsos y después insistía en compartir el mejor vino con ella. Como si esa tonta ahiranyi, abandonada como basura por uno de sus monstruosos mayores, mereciera tanta amabilidad.
Sanvi había guardado silencio.
Observó la ciudad mientras se marchaban. Los árboles de peepul , el mármol blanco. Le dolía el corazón por todo aquello como le dolía por Mitul y por todas las cosas preciosas que había decidido dejar atrás.
Si todo iba según lo previsto, nunca volvería a ver la ciudad de Harsinghar.