El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Sesenta y cuatro
75%

Capítulo Sesenta y cuatro

Malini

U na vez redactado el contrato, reunió a la corte.

—Mis señores y príncipes —dijo—. Mis mujeres de alta cuna, mi sabia y mis más queridas consejeras. —Inclinó la cabeza hacia Lata, Deepa y las mujeres que las rodeaban. Ya no estaban sentadas detrás de ella sino delante, a la cabeza de su corte—. Tenemos un camino a seguir.

Les habló del arma del sacrificio. Explicó cómo la mayor Priya guiaría a los sacerdotes dispuestos hasta las aguas inmortales donde morirían e incendiarían las aguas hasta hacerlas desaparecer.

Habló con confianza y calma, sin sorprenderse ante las miradas de pánico y escepticismo de sus hombres.

Les dijo que se trataba de una visión del dios sin nombre, confirmada por las Madres de las llamas.

Sunder, el sacerdote principal del monasterio sagrado de Nimisa, la apoyaría en este asunto.

Era una historia estructurada de manera convincente.

—¿Se puede confiar en los mayores de Ahiranya? —preguntó uno.

—Temen que su pueblo perezca —dijo Malini—. Podéis confiar en su deseo de sobrevivir.

—Y en caso de que la mayor Priya muestre deslealtad, estará rodeada de sacerdotes dispuestos a morir por nuestro imperio, y de soldados armados con cáscara de corazón para controlarla —dijo Lata.

—Su tierra arderá si nos traiciona —dijo fríamente Malini y así calmó el disenso de la sala.

Un hombre se puso en pie.

—Perdóname, emperatriz, pero ya has sido engañada antes por los ahiranyis —dijo Ashutosh. Levantó la barbilla y le dirigió una mirada fría.

Malini le devolvió una sonrisa dura como el diamante.

—La tengo bajo mi control —dijo simplemente.

—Dejaste morir a los sacerdotes en los jardines de laca de Srugna —continuó—.

¿Tanto temes tu propia muerte que volverás a permitir que los hombres santos mueran por ti?

—No mencionó a sus propios vasallos muertos, los que habían intentado asesinar a Priya, pero ella notó en sus ojos el sentimiento y le dieron ganas de reír.

—Recuerdas mal mi señor —dijo Malini—. Yo no maté a los sacerdotes de los jardines de laca.

Murieron voluntariamente por mí, para salvarme la vida.

Has oído la profecía que me nombró heredera de Parijatdvipa.

Suyo fue el fuego que hizo mi corona y la colocó en mi frente.

Ahora no mato sacerdotes, sino que les pido que acaten la voluntad de las Madres y del dios sin nombre por igual: deben arder.

Se inclinó hacia delante y habló con ferocidad:

—Las Madres y el dios sin nombre me han enseñado esto a través de sus visiones y su guía: yo no soy una madre de Parijatdvipa.

No soy una hija de las llamas como lo fue mi hermano Aditya, amado para siempre y eterno.

Soy una emperatriz y, tal como los emperadores que me precedieron, es mi deber mantener el imperio unido.

Y es el deber de los hombres buenos morir por mí y por Parijatdvipa.

Soy la descendiente de Divyanshi, pero también del emperador Sikander, y no traicionaré mis deberes para con el imperio.

Los sacerdotes no discutirán al respecto —dijo finalmente—. Ellos conocen mi propósito.

Se puso de pie, lista para retirarse.

Había dicho lo que tenía que decir. Sabía que Hemanth iría a verla.

Estaba sentada cuando él llegó a la galería. Era una ubicación tranquila, con vistas a Harsinghar y perfumada dulcemente por el aroma de las flores. Hemanth se sentó frente a ella con expresión tormentosa.

—Mis sacerdotes y yo hablamos en nombre de las Madres —dijo con tono contenido—. No participamos en esto y sabemos que no salvará a Parijatdvipa.

—¿Estás en desacuerdo con un vástago de Divyanshi? Las Madres me hablaron directamente sumo sacerdote.

Él sabía que ella estaba mintiendo. Su expresión se volvió más oscura.

—Creo que buscas salvarte a ti misma emperatriz. Que estás traicionando el voto que te hizo llegar al trono. Dijiste que arderías voluntariamente y salvarías Parijatdvipa. Sabes en el fondo de tu corazón que debes hacerlo.

La mesa estaba vacía; Malini no tenía acompañantes ese día. Ni Deepa, ni Lata, solo su guardia personal más allá de la puerta, cada mujer con la mano en la empuñadura de su espada. Era suficiente.

—A la Señora Varsha la llevó un sacerdote por el mal camino —dijo y vio cómo el pánico y la vergüenza se le reflejaban en el rostro—. Le ofreció poder: la regencia luego de mi muerte. Se quebró bajo la tortura, sumo sacerdote, y me aseguró enérgicamente que tú apoyaste todos sus movimientos.

Pasó un instante breve como un latido. Otro.

—Todo lo que hizo Mitul lo hizo por Parijatdvipa —dijo Hemanth—. Al igual que todo lo que yo he hecho ha sido por nuestro imperio. El hijo del emperador Chandra debe gobernar cuando tú hayas muerto y pronto morirás. Sé que lo entiendes.

—Lo que entiendo es que traicionaste a tu emperatriz.

—Enlodarías a Parijatdvipa en la guerra si me llamaras traidor —replicó Hemanth con total confianza, olvidada su vergüenza—. El sacerdocio responde ante mí.

—Mi hermano te dio demasiado poder y me has traicionado, Hemanth —dijo Malini omitiendo llamarlo por su título, para asegurarse de que el golpe diera sin duda en el blanco—. Conspiraste con la viuda de mi hermano. ¿Qué esperabas conseguir? ¿Arrinconarme, obligarme a obedecerte?

—Nos aseguraste que solo arderías si accedías al trono, emperatriz —dijo Hemanth con una mirada fría—. Yo no te lo quitaría ni te haría faltar a tu juramento. Pero tu muerte, si has dicho la verdad, es inminente. Tenía sentido hacer planes para tu sucesor.

—¡Ah! —suspiró ella—. Solo buscabas acelerar mi muerte. ¡Cuánto mejor así! Pero ahora, ya ves, no es necesario que yo arda.

—Sé que un hombre y una mujer ahiranyis llegaron con el príncipe Rao —dijo Hemanth con una mueca débil de los labios—.

Esta oferta, este conocimiento, no es un regalo del dios sin nombre, que aún sería menor que la verdadera voluntad de las Madres, pero aceptable para nosotros, sino un truco de los yaksas .

¿Cómo puede ser que no lo veas? ¿Tan profundamente te ciega tu deseo de sobrevivir?

Ellos quieren engañarte emperatriz Malini y te alejan de tu verdadero propósito, de tu destino.

—Hablas una y otra vez de mi destino, sumo sacerdote, porque te falta amplitud para mirar el pasado —dijo Malini—. No ves lo que yo veo.

—Ilumíname emperatriz —replicó él con voz entrecortada, dura—. ¿Qué ves que yo, sumo sacerdote de las Madres de las llamas, no veo?

—Divyanshi era una mujer de gran fe —dijo Malini—.

Todas las Madres lo eran. Rezaban y buscaban un poder superior, y el poder las servía y las aniquilaba.

Yo no tengo esa fe. —Se inclinó hacia delante—.

Mi sangre sería mucho menos digna que la sangre de los sacerdotes que sí creen en sus dioses.

Sacerdotes que han abierto sus almas a un poder superior.

Yo nunca he hecho tal cosa, ni siquiera estoy segura de amar a las Madres.

Divyanshi me dio su sangre pero también me condenó a ser siempre una mártir inminente: nada más que mis órganos, mis huesos.

No se lo agradezco. —Mantuvo los ojos fijos en Hemanth, sin pestañear—.

¿Te repugna, Hemanth? Al menos, debería hacerte reflexionar.

Él cerró los ojos. Una expresión de dolor parpadeó en su rostro.

—Te equivocas —susurró—. Te equivocas gravemente al dar la espalda a tu destino.

—Conozco mi destino —dijo ella—. Sé lo que nos salvará.

Ahora tienes opciones, sumo sacerdote. Puedes volverte contra mí y proclamar que estoy equivocada, que los sacerdotes de la fe sin nombre y el príncipe Rao también están equivocados, y todos moriremos a manos de los yaksas .

O puedes ceder a la verdad y a mi voluntad.

—¿Me pides que arda emperatriz? —Se inclinó hacia adelante—. Si lo que temes es morir sola, te prometo que mis sacerdotes morirán a tu lado. No irás sola. Tendrás al sacerdocio, tendrás siervas a tu lado también si lo deseas.

—No. —Pensó en Narina y Alori y se tragó la ira del pasado—.

Puedes alegar mala salud si lo deseas —dijo Malini—.

Eres viejo, Hemanth, y no siento amor por ti, pero ahora puedes marcharte con mi permiso.

He dispuesto guardias para ti, buenos hombres parijatis que te vigilarán y cuidarán hasta el día en que mueras en tu cama, olvidado.

Hemanth levantó la cabeza.

—Me pides que entregue el sacerdocio voluntariamente —dijo en voz baja—. Que permita que alguien leal a ti ocupe mi lugar. Alguien que te permita destruir Parijatdvipa.

—Salvarlo —corrigió Malini.

—Me subestimas, emperatriz, si crees que me salvaría a mí mismo antes que a Parijatdvipa.

—Si te vuelves contra mi voluntad, me aseguraré de que todo el mundo sepa de tu traición —dijo Malini mirándolo tan fríamente como él a ella—.

Sé que me costará el apoyo del sacerdocio, pero ya no tengo tanto miedo como antes.

Tengo algo más grande que tú: tengo una respuesta a nuestra guerra.

—El secreto del sacrificio, los sacerdotes de la fe sin nombre que seguirían a Rao y Bhumika con luz ferviente en sus ojos—. Tengo la verdad.

Malini se puso de pie.

—Mitul será ejecutado —dijo—. Cualquier sacerdote de las Madres que desee unirse a mí puede hacerlo. Pero tu viaje ha terminado sumo sacerdote.

Ella estaba de pie ante una corte de sacerdotes de las Madres y de la fe sin nombre.

Hemanth se encontraba en el extremo del salón en silencio.

Ella sabía que él podría haber optado por arrastrar al resto del sacerdocio consigo en su caída en desgracia.

Pero Malini había hecho una lista de sus debilidades, lo había sopesado.

Hemanth amaba al sacerdocio y a las Madres por encima de todo.

Lo que lo convertía en un aliado peligroso y en un enemigo peligroso era el hecho de que creyera firmemente en su propia rectitud.

Pero Hemanth valoraba a los sacerdotes que llegaban en grupo a su corte más que sus propios ideales, ataviados con sus sencillas túnicas y con la frente marcada de ceniza, que se inclinaban cuando ella, el vástago de Divyanshi en su trono, los miraba y les contaba lo que el dios sin nombre había enseñado a sus seguidores en Alor y lo que ahora debían hacer ellos por Parijatdvipa.

Cinco muertes voluntarias habían sido suficientes para salvar el subcontinente en la Era de las Flores. Ahora se enfrentaban a los yaksas renacidos, más grandes, poderosos. ¿Harían frente a la amenaza? ¿Morirían para desafiarla?

Poco a poco, uno a uno, los hombres se acercaron, se inclinaron y se ofrecieron. Y Malini los observó, con fuego y esperanza crecientes en su corazón.

“Por supuesto que te has salvado”, pensó observando a Hemanth, que estaba de pie al borde del salón con una mirada feroz. Hemanth, que renunciaría a su título al amanecer, que ya no sería sumo sacerdote.

“Tú y yo somos iguales. Hemos probado el verdadero poder. No hay nada que valga la pena para nosotros después de la muerte”.