El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Sesenta y tres
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Capítulo Sesenta y tres

Priya

S e acabó el aislamiento en la celda y la cáscara de corazón en las muñecas. Desde aquel extraño y precioso momento en el jardín con Malini, no habían hablado de tratos ni de negociación. En cambio Malini le había dado un poco de libertad. Priya tenía ahora una habitación y a Sahar para vigilarla.

Sahar había recibido las órdenes con evidente descontento.

—¿No te parece raro que te hayan dicho que tienes que vigilarme? —le había preguntado Priya—. ¿Crees que te están castigando?

—Confío en la voluntad de la emperatriz —había dicho Sahar—. Y sigo siendo su jefa de la guardia. Solo tengo nuevas prioridades. —Había arrugado la nariz al responder.

Priya se había abstenido de hacer más comentarios al respecto.

Sahar entró a toda velocidad en la habitación desnuda y luminosa con cara atormentada. Priya ya estaba de pie, paseándose.

—Algo está pasando —dijo Priya. Había oído ruidos en los pasillos y clamores procedentes de los jardines del mahal y de la ciudad, más allá de los muros, que resonaban a través de la ventana—. Puedes decírmelo. ¿Qué sucede?

—No soy mensajera —dijo Sahar, cerrando la puerta de golpe—. No es mi trabajo llevar mensajes.

Priya se apoyó en la pared y esperó a que Sahar continuara; por algo había ido allí. Priya no era muy paciente pero podía tener un poco de paciencia a Sahar.

—Ven conmigo —ordenó Sahar.

—¿Me requiere la emperatriz?

—No —respondió brevemente—. Ven.

Sahar no esperó más. Aferró a Priya por la muñeca y la condujo a la puerta. Salieron y caminaron rápidamente por pasillos bordeados de guardias.

—Mataste a un amigo mío —dijo Sahar bruscamente, sin mirarla—. Antes me caías bien. Pero ahora… —Suspiró y meneó la cabeza— no me des motivos para hacerte daño. La emperatriz no me lo perdonaría.

Caminaban hacia las celdas de la prisión. Priya consideró la posibilidad de resistirse, pero Sahar se veía tan furiosa que Priya estaba casi segura de que intentaría destriparla si tuviera la oportunidad.

Sahar hizo un gesto brusco con la cabeza a las guardias de las puertas de la prisión que se hicieron a un lado inclinando la cabeza. Se abrió la puerta y Sahar arrastró a Priya hacia el interior.

Dentro estaba el príncipe Rao.

—Hago esto como un favor a ti y a Sima —le aclaró Sahar en voz baja. La presión en el brazo de Priya, antes de hierro, se aflojó de pronto—. Date prisa; no te daré mucho tiempo. No dejes que la mayor Priya entre con ella.

—Gracias —respondió el príncipe Rao—. Por supuesto.

Rao volvió la mirada hacia Priya, cada vez más fría, menos amistosa. Inclinó la cabeza.

—Mayor Priya —dijo—. Me han pedido un favor. Te llevaré con ella pero primero debo explicarte por qué ha cambiado y cómo llegó aquí.

—¿Quién es “ella”? —preguntó Priya, un poco exasperada.

—Bhumika —respondió él—. Tu compañera mayor.

Priya lo miró fijamente incapaz de hablar. Sintió en la mente un rugido de sangre, se le rompió el corazón.

Él habló y ella escuchó.

Bhumika. Bhumika estaba viva.

Caminaron. Rao señaló delante de él una celda con barrotes.

Una celda tranquila, iluminada por una lámpara encendida.

Priya tenía miedo, un extraño miedo de que él le hubiera mentido.

Pero allí estaba: una celda con una mujer dentro, una mujer sentada pulcramente con las manos juntas, que giró la cabeza y la miró a los ojos.

A Priya se le partió de nuevo el corazón.

—Bhumika —suspiró. Le importaba una mierda lo que dijeran los demás. Ella iba a reducir a escombros esa prisión; convertiría cada barrote en rosas. Bhumika estaba frente a ella, viva y entera. Bhumika estaba allí.

Necesitó de toda su templanza para no abalanzarse contra los barrotes, aferrarlos y meter los dedos para que Bhumika los tocara, para no destrozar todo el lugar.

—Bhumika, Bhumika. Me abandonaste. Abandonaste a Padma. ¿Dónde has estado? ¿Qué has hecho?

Tardó un segundo en darse cuenta de que Bhumika no le devolvía el gesto con los dedos ni hablaba. Había una quietud en ella que le resultaba familiar pero la expresión del rostro no. A Priya le dio un vuelco el estómago y se le apagó la voz.

Rao no le había mentido.

—Es verdad que no te acuerdas de mí —susurró.

—Lo siento —dijo Bhumika llenando el silencio que había dejado la voz de Priya—. Me he perdido; no recuerdo a la mujer que fui. —Se aferraba a su falda con las manos y arrugaba la tela formando medias lunas—. ¿Nos conocíamos?

Priya trató de recuperar la voz.

—Eres mi hermana —consiguió decir—. Mi familia. Tú… te fuiste. No sabía si estabas muerta o solo te habías ido, pero está bien Bhumika. Me… me alegro de que estés viva, de que estés aquí. No importa lo que recuerdes.

Bhumika se levantó y caminó hacia los barrotes.

—Siento haberte causado dolor —dijo.

—Siento no haber estado junto a ti —dijo Priya inmediatamente.

Bhumika le miraba la cara, observaba cada uno de sus rasgos con atención, con cuidado. No había familiaridad en su rostro pero sí ternura. Extendió la mano hacia los barrotes.

Finalmente se tocaron, piel contra piel.

Bhumika estaba allí, Bhumika era real. Priya estuvo a punto de llorar, pero sus sentimientos eran demasiado intensos como para derramar lágrimas.

Todo su cuerpo era un nudo que se deshacía.

Se apoyó contra los barrotes, la frente contra el metal, las manos entrelazadas.

En su interior, sin la cáscara de corazón, su magia cantaba al reconocerla. Bhumika no estaba en el sangam , ni en las aguas que habían compartido y de las que surgía su magia, pero dentro de ella aún se movían restos de la magia de los yaksas . Priya los sentía y Bhumika la sentía a ella a su vez.

De pronto la mirada de Bhumika se quedó fija y distante sobre el hombro de Priya, como si viera algo que Priya no podía ver y oyera palabras que Priya no podía oír.

Cerró los ojos y los volvió a abrir. Había empezado a llorar en silencio.

—Bhumika, ¿estás bien? —preguntó Priya alarmada.

—Me dijeron que lloraría —respondió, lo que no tenía sentido para Priya. Antes de que pudiera preguntarle, Bhumika le aferró la mano con más fuerza—. Déjanos solas, príncipe Rao —le dijo.

—No puedo —respondió él.

—Al menos, me debes esto —dijo Bhumika. Su voz era tranquila, pero firme—. Por favor, solo necesitamos un momento.

Él dudó, pero miró su rostro lloroso y algo se desarmó visiblemente dentro de él.

—Daos prisa.

Priya oyó sus pasos y el sonido de la puerta al cerrarse.

Después Bhumika parpadeó para detener las lágrimas con expresión firme.

—Solo lloré para que se fuera —dijo—. Se siente culpable por haberme encarcelado.

—Como debe ser —coincidió Priya bruscamente. Bhumika apretó la mano que aferraba.

—Escúchame. Él te contó del conocimiento que les transmití, ¿no?

—Sí, pero ¿qué…?

—No le confié todo al príncipe Rao y él lo sabe —dijo Bhumika con firmeza y apresuradamente—. Le he dado la capacidad de matar a los yaksas pero no de destruirlos en su totalidad. Le dije que solo le transmitiría ese conocimiento si me prometía la seguridad del pueblo ahiranyi pero te lo diré a ti.

—No puedes confiar en mí tan fácilmente —susurró Priya. Sentía la piel como si estuviera cubierta de chispas de relámpago, viva—. No me conoces. ¿Y si se lo cuento a la emperatriz sin pedir nada a cambio? Podrían haberme enviado aquí para engañarte…

—Puedo sentir lo que eres —dijo Bhumika—. No es una cuestión de confianza, eres necesaria, lo lamento. Escúchame: hay un lugar por donde la fuerza de los yaksas entra en el mundo. Destrúyelo y la fuerza de los yaksas morirá con él.

—El Hirana —suspiró Priya. Por supuesto.

Malini la necesitaría para llegar allí. Sin la guía de Priya, los soldados y sacerdotes de Malini tendrían que morir en oleadas hasta atravesar el muro de árboles de Ahiranya. Pero Priya podría guiarlos directamente hasta allí. Eso le daba ventaja.

—Puedo salvar a Ahiranya con esto —dijo Priya eufórica y aliviada—. No tenías ninguna razón para contármelo, ninguna razón para confiar en mí, pero gracias por haberlo hecho. Negociaré con la emperatriz y, además, me aseguraré de que ella te libere.

Bhumika volvió a apretarle la mano.

—Hay otro precio —dijo—. Ella fue la que abrió las aguas.

—¿Quién?

—El dios que crece sobre ti como un higo estrangulador sobre un árbol hueco.

Puedo verla y sentirla dentro de ti. Las aguas seguirán vivas mientras quede de ella un solo esqueje, una semilla, una raíz —dijo Bhumika con urgencia; Priya sintió que la comprensión de lo que le estaba diciendo le recorría el cuerpo antes de llegar a la mente.

Por supuesto, era necesario destruir cada parte de Mani Ara. Incluso aquellas que eran Priya.

—Lo siento —susurró Bhumika—. Lo siento mucho.

Priya movió la cabeza en busca de palabras; quería que Bhumika entendiera que no había nada que lamentar, que ambas sabían lo cruel que podía ser el mundo, que Bhumika se había perdido a sí misma y ¿cómo podía Priya hacer menos? Pero ya era demasiado tarde. Se abrió la puerta y Rao volvió a entrar.

—Suficiente —dijo el príncipe—. Es hora de irnos.

—¡No voy a dejar a Bhumika en esta prisión! —exclamó Priya inmediatamente—. Eres un tonto si crees que lo haré, alguien trató de matarme mientras estuve en una celda, no se puede confiar en los guardias.

Lo vio dudar.

—Mayor Priya —dijo él—. Te prometo que la Señora Bhumika tendrá un alojamiento mejor y estará a salvo. Ahora, por favor, vete, antes de que Sahar se enfade.

Malini fue a la habitación de Priya horas más tarde. Dejó a sus guardias en la puerta y entró junto con el aroma de las flores; el oro brillaba en la trenza de su pelo.

Tiempo. Malini se lo había pedido, se lo había suplicado con esos ojos oscuros, vulnerables a pesar de todo su poder, pero ahora su mirada era firme. Era resplandeciente, intocable. Era la emperatriz.

—Has estado paseando —dijo.

—Me llevaron a ver a Bhumika —respondió Priya. Respiró lentamente y se armó de valor—. Ella y yo queremos negociar contigo.

Malini la miró con una elegante ceja levantada.

—Ah, ¿sí?

—Me lo ha contado todo. Incluso los secretos que te ha ocultado.

—¿Todo? Qué muestra notable de confianza de parte una mujer sin memoria —murmuró Malini.

—Todavía estamos unidas por la magia —dijo Priya—.

Seguimos siendo hermanas del templo. Eso fue suficiente.

—Se inclinó hacia adelante—. Si juras que el pueblo de Ahiranya estará a salvo y será libre, te diré la manera de destruir a los yaksas para siempre y habrá menos muertes entre tus soldados y tus sacerdotes. ¿Qué dices?

—Sí —respondió simplemente Malini. Priya parpadeó.

—¿Qué?

—Sí —repitió.

Priya la miró en silencio. Malini le devolvió la mirada, tranquila y sin sonreír.

—Mis escribas concertarán un contrato —continuó—. Un verdadero pacto político entre los mayores de Ahiranya y la emperatriz de Parijatdvipa a cambio de conocimientos.

—¿Lo harás entonces? —preguntó Priya en voz baja—. ¿Salvarás a Ahiranya?

—Lo haré —dijo Malini—. No temo matar, pero si tengo la oportunidad de conservar a mi propia gente y asegurarme de que los yaksas no vuelvan jamás, voy a aprovecharla.

Se acercó a Priya. Vaciló, como si temiera acercarse. Priya volvió a ver un destello de vulnerabilidad en aquellos ojos oscuros.

—No mentiría sobre esto —aclaró Malini en voz baja.

Priya dejó escapar una risa temblorosa.

—Me odias —dijo—. Tienes buenas razones para mentirme, para hacerme daño. Pensé que tendría que pelear contigo por esto.

—¿Crees que todavía quiero hacerte daño o crees que debería querer hacerte daño?

Priya no dijo nada. Por alguna razón, esas palabras eran más horribles que cualquier cuchillo.

—Destruir Ahiranya te destruiría a ti —continuó Malini— y ya no quiero destruirte.

Priya tragó saliva. De pronto, la habitación le pareció demasiado pequeña y no podía pensar en otra cosa que en acercarse a Malini, cruzar la distancia que las separaba y aferrarse a sus brazos, atraerla hacia sí y saborear de nuevo su sal y sus flores.

Apretó las manos con fuerza y clavó las uñas en las palmas de las manos para reprimirse. ¿Merecía la caricia de Malini, su boca, la tierna promesa de que Malini no quería destruirla? Sabía que no.

—Dispón el contrato —logró decir—. Después, te diré todo lo que necesitas saber. A cambio de salvar a Ahiranya, te prometo Malini que ganaré esta guerra para Parijatdvipa.