Capítulo Sesenta y dos
Rao
F ormaban un grupo extraño: una fila zigzagueante de sacerdotes a caballo o en carros, vestidos de azul; el sol les quemaba la piel de rojo y, luego, de color castaño intenso.
Rao y sus hombres, todos armados, custodiaban a Bhumika.
Solo una mujer ahiranyi vestida a la usanza alorana y con su único guardián encadenado a su lado.
Rao no dejaba de girarse para mirarla. No podía evitarlo. Esperaba que desapareciera, que se escabullera y escapara. De ser así, no la habría culpado, pero ella no hizo ningún esfuerzo por huir. Permaneció casi en silencio y con la mirada fija en el horizonte lejano.
Cuando se detuvieron para descansar y acampar, a tres días de la frontera de Parijat, Bhumika habló por fin.
—¡Príncipe Rao! —llamó. Él había estado ayudando a armar una de las tiendas, pero se detuvo al oírla. Seguía esposada, sentada en el suelo junto a lo que quedaba de un árbol marchito, bajo su débil sombra—. Tengo que hablar contigo, por favor.
Jeevan, esposado y sentado a cierta distancia de ella, observó como un halcón cómo Rao se arrodillaba junto a ella.
—Aquí estoy —dijo Rao—. ¿Qué necesitas de mí?
—Os he dado a ti y a tu emperatriz el poder de crear un fuego que mate a los yaksas , pero temo que tú o tu emperatriz utilicéis este poder para destruir algo más que a los yaksas .
Temo por Ahiranya. Temo que, aunque no quemes a mi pueblo, tu imperio vuelva las armas contra Ahiranya. No puedo permitirlo.
—¿Me estás pidiendo que interceda por Ahiranya? ¿Por su gente? —Movió la cabeza—. Sé que crees que soy un… elegido. Especial, de alguna manera. Pero no tengo tanto poder como crees sobre la emperatriz o el imperio. Si ella o cualquiera de los reyes del imperio deciden volverse contra Ahiranya…
—Te he ocultado algo —lo interrumpió ella—.
Te he dado el conocimiento para matar a los yaksas en tanto individuos, pero los yaksas son más que individuos: son la podredumbre de los cultivos y los suelos, son la magia que se ha entretejido en nuestro mundo.
Te he dado la clave para matar a los yaksas , pero no el conocimiento para destruirlos para siempre y asegurarte de que nunca regresen.
Si tu emperatriz me promete que el pueblo de Ahiranya estará a salvo, os daré ese conocimiento a ti y a ella.
Rao tragó saliva.
—¿Tú creerías en tal promesa, Señora Bhumika?
Ella sonrió levemente.
—Tengo pocas opciones —respondió—. Me he colocado en una posición en la que puedo salvar al mundo, pero mi propia gente quizá perezca. Debo de haberlo hecho a sabiendas pero ahora me arrepiento. Lucharía por ellos si pudiera aunque resultara ser inútil.
—Creía que los recuerdos de tu pueblo habían desaparecido —dijo Rao. Continuó adentrándose en terreno desconocido, con cautela—. ¿Recuerdas lo suficiente como para tener remordimientos?
Ella apartó la mirada de él.
—Razona con tu emperatriz —dijo con voz un poco más distante—. Los yaksas deben morir, pero los ahiranyis merecen vivir. Si de verdad quiere liberar su imperio dile que cumpla mi petición y te daré el último de mis conocimientos.
Fue un profundo alivio cuando llegaron a Harsinghar, cruzaron las calles de mármol y cabalgaron entre los árboles de peepul hasta llegar a las grandes puertas del mahal imperial.
Los guardias de la ciudad se habían dado cuenta de su llegada y era evidente que se habían trasladado hasta el mahal, porque una de las integrantes del séquito personal de Malini los esperaba vestida con su armadura blanca y dorada.
—Necesito hablar con la emperatriz —anunció Rao.
La guardiana miró más allá de él y luego a él con curiosidad.
Pero Rao seguía siendo un general del ejército de Parijatdvipa.
Seguía siendo la voz de Alor aunque hubiera abandonado sus obligaciones una y otra vez.
Así que asintió con la cabeza, dio órdenes a los demás soldados y luego se volvió hacia él y le dijo:
—Sígueme. Alguien se ocupará de vuestros caballos enseguida.
Entraron juntos en los pasillos del mahal. Había más guardias y el aire estaba cargado de tensión. Rao, que había estado pensando en pedir un refrigerio para los sacerdotes y la oportunidad de descansar, decidió morderse la lengua.
La última vez que había dejado a Malini, ella se había aferrado a la cáscara de corazón como al agua en el desierto.
Él había pensado, esperado, que mejoraría las cosas.
Quizá porque había alimentado esa esperanza todo ese tiempo, le sorprendió e inquietó la tensión que había en los pasillos, la forma en que el silencio flotaba pesadamente en el aire.
—¡Rao!
Una voz gritó su nombre. Y allí estaba Lata, prácticamente corriendo por el pasillo a su encuentro, con el pelo recogido en una corona, los ojos preocupados y una sonrisa vacilante en la boca. Rao sintió que se le dibujaba en su propio rostro una sonrisa de respuesta.
No se abrazaron pero ella estrechó sus manos. Un breve apretón y luego lo soltó.
—Me alegro de que estés aquí —dijo.
—Pensé que nos darían una bienvenida más cálida aunque yo también me alegro de verte.
Lata señaló a uno de los guardias que había al borde del pasillo.
—Llévate a los sacerdotes —dijo—. Encárgate de que los atiendan. Mis disculpas por la brusca bienvenida —dijo a los sacerdotes—. La emperatriz se alegra de que estéis aquí y os demostrará su alegría cuando hayáis descansado.
Los sacerdotes, exhaustos, siguieron obedientemente a los guardias que los escoltaron lejos de allí. Solo Sunder se quedó con la mirada fija en Rao.
—Estaré presente cuando hables con la emperatriz —dijo—. Ella confiará en mi consejo.
Lo dijo con la absoluta convicción que le daba ser el sacerdote principal de uno de los monasterios más poderosos de Alor. Rao inclinó la cabeza en señal de asentimiento, aunque no estaba seguro de que Malini se sintiera como el sacerdote esperaba que se sentiría.
Solo quedaban Bhumika y Jeevan. Bhumika parecía tranquila; recorría la sala a su alrededor con la mirada, marcándola con su mirada cuidadosa y evaluadora.
—Debo advertirte, Rao —dijo Lata, llamando de nuevo su atención—. Malini no… no es la de siempre últimamente.
—Tenía algún indicio —respondió él.
Ella vaciló, dio un paso adelante y bajó la voz.
—Capturó a Priya —dijo Lata.
Lo invadió una sensación de profunda inevitabilidad, tan vasta como la voz de la fe sin nombre. Las dos mayores del templo estaban allí: dos mitades de Ahiranya estaban en manos imperiales.
Se preguntó si los demás —Sundar, Bhumika o su guardián— lo habrían oído. En los ojos de Jeevan había una mirada aguda. Rao llevó a Lata más lejos, donde pudieran hablar en relativa intimidad.
—¿Sigue… viva?
—Sí —dijo ella—. La mayor Priya está bien. Y creo que… tan a salvo como puede estar. Pero no importa eso: Malini quiere reunirse contigo ahora.
—¿Está bien Sima? —preguntó Rao. Mantenía la voz baja. El asentimiento de Lata fue breve, pero rotundo.
—Vamos —dijo Lata—. Podrás verla más tarde. Primero Malini.
Malini lo esperaba en una sala de recepción privada rodeada únicamente por sus guardias. Dos de ellas hicieron pasar a Rao y al sacerdote Sunder, y cerraron bien la puerta tras de sí. En un rincón, un escriba escribía con la cabeza inclinada sobre su trabajo.
Rao hizo una reverencia profunda al igual que Sunder, que estaba a su lado.
—Tengo otro regalo para ti, emperatriz —dijo—. Otra respuesta.
—Tienes un don poco común para descubrir verdades, príncipe Rao —dijo Malini. Pero lo escuchó, con luz en los ojos.
Rao pensó en la muerte de Aditya y en la forma en que el fuego había sangrado en sus propios ojos y aún lo perseguía; el dolor de cabeza que sentía era como una fisura en su mente, en el mundo. “Aquí es adonde debes ir”.
—Voy donde el dios sin nombre quiera. —“Donde Aditya lo desee”, pensó.
Después le contó lo que había sabido de labios de Bhumika.
Sunder se adelantó cuando terminó y habló elocuentemente de lo que había presenciado en el monasterio y del sacrificio de uno de sus sacerdotes.
La expresión de Malini era indescifrable.
—Tu sacerdote murió a manos de ella —dijo a Sunder—. Lamento saberlo.
—Ishan murió por su fe —respondió Sunder. Le temblaba la voz por la emoción—. Estoy agradecido a la mujer ahiranyi, emperatriz. No fue un asesinato, fue un regalo. Bajo tu reinado veremos a los yaksas destruidos y al imperio salvado.
—Una muerte por la fe. Veo que debemos honrar la memoria de este Ishan y venerarlo —replicó Malini; la compasión le entibiaba la voz—.
Descansa ahora, sacerdote. Hablaré contigo en privado más tarde.
Debemos asegurarnos de que tu monasterio sea homenajeado y recibas nuestro agradecimiento por tu servicio.
Malini despidió a su escriba cuando Sunder se marchó, y se volvió hacia sus guardias.
—Shri, Sanvi, esperad en la puerta.
Una de las guardias frunció el ceño pero ambas se inclinaron obedientemente y salieron de la habitación. Ahora sí que estaban solos.
Malini suspiró; un torrente de emoción le recorrió el rostro.
—Fe lo bastante poderosa como para matar a los yaksas . Fe, Rao, ¿tú le crees en verdad? ¿Podemos confiar en ella?
—Vi morir a un yaksa con mis propios ojos —respondió. Se dio cuenta de lo que eso significaba mientras la miraba y le dolió el corazón. Ella no tendría que arder, después de todo.
—Cuéntamelo todo —dijo Malini con la esperanza a flor de piel.
—La mayor Bhumika no se reconoce a sí misma —explicó él—.
Ella cree que lo que haya hecho para obtener el conocimiento que tiene lo pagó con sus recuerdos; tal vez incluso con su consciencia de sí misma.
Corrió un gran riesgo al compartir este don y puede que nunca vuelva a ser la mayor Bhumika.
—Vaciló y, luego, agregó—: Ella asegura que tiene un poder aún mayor y que podría ayudarnos a destruir más que a un solo yaksa .
—¿La podredumbre? —preguntó Malini.
—La fuente de la que los yaksas obtienen su fuerza. Me dijo que puede asegurarse de que no regresen nunca más.
—¿Y qué quiere a cambio? —Era astuta como siempre.
—Seguridad para el pueblo de Ahiranya —respondió Rao—. No compartirá el último de sus conocimientos hasta que se la prometamos.
Malini frunció el ceño, pensativa, calculadora; la crudeza de sus primeras emociones se estaba desvaneciendo.
—No estoy convencida de que sea posible destruir a los yaksas para siempre —dijo tras una pausa—. Creo que todos los males vuelven, tal vez bastaría con destruirlos ahora. Y mis ejércitos y señores quieren vengarse de alguien.
—Si es posible destruir a los yaksas permanentemente sin duda debe hacerse —instó Rao.
Pensó en toda esa gente de Ahiranya, desconocidos sin rostro para él, y sintió un nudo en el estómago al pensar en tantas muertes innecesarias—.
Malini, te prometo con… con la misma seguridad que me hizo arrodillarme en la tierra y decirte la profecía de mi nombre…
que esta es una respuesta. Una solución. Es posible combatir a los yaksas .
—¿Los sacerdotes que trajiste contigo están dispuestos a morir?
—Sí —dijo Rao—. Lo están. —Respiró hondo, se armó de valor—. Y yo también.
Ella abrió los ojos de par en par. Un pequeño gesto que delató cuánto la habían afectado las palabras de Rao: inesperadas, indeseadas, agudas.
—No —reaccionó—, por supuesto que no.
—Emperatriz. Malini…
—Si la fe es un requisito para matar a los yaksas, entonces no puedes morir —dijo bruscamente.
—Mi fe primordial es hacia el dios sin nombre.
—No me mientas, Rao —dijo ella, y ahora había duda en su voz, un filo furioso, un látigo de espada en movimiento—. Tu fe primordial fue hacia mi hermano y aún es así.
Rao respiró hondo pero no dijo nada; no era necesario. Malini lo estaba presionando.
—Aditya nunca te habría pedido esto.
—No —dijo él—. Solo se lo pidió a sí mismo.
Sima tenía nuevas habitaciones. Estaban más cerca de las de Malini que las anteriores y solo bajo la vigilancia más discreta de las propias guardias de la emperatriz. Malini había garantizado su seguridad tal como había prometido.
Sima lo estaba esperando en el balcón, con los codos apoyados en el borde y la mandíbula rígida. Su alivio al verla sana y salva se convirtió rápidamente en inquietud.
—He oído que has estado ocupado —dijo Sima.
—Aquí las noticias viajan más rápido que los caballos —murmuró Rao.
—Las guardias de la emperatriz hablan entre ellas. Sahar me lo contó. —Sima se volvió hacia él, alejándose del balcón—. No deberías haber traído aquí a la Señora Bhumika —dijo.
Rao se dio cuenta en ese momento de lo enfadada que estaba: tenía los ojos húmedos y la boca torcida de furia. Le golpeó el pecho con una mano, no lo suficiente para que le doliera, pero sí para insinuar que le daría un puñetazo en la mandíbula si pudiera.
—Ella te ayudó. Le dijiste a la emperatriz que Bhumika te ayudó, y aun así la apresaste y la trajiste aquí, donde sabes que no estará a salvo. ¿Cómo pudiste?
—Sima —dijo—. Sima. —Levantó las manos para tocarle los brazos, para detenerla, y luego las bajó.
Tenía derecho a estar furiosa—. He llegado a apreciarte —agregó en voz baja—.
Pero, al fin y al cabo, siempre has sabido que mi lealtad es hacia Parijatdvipa.
Tal como tú, en cierto modo, eres leal a Ahiranya.
—No soy leal a algún… concepto de Ahiranya, a un sueño —dijo ella con desprecio—. No soy leal a Priya, aunque me preocupo por ella y la quiero. Lo único que deseo es hacer lo correcto. ¿Crees que has hecho lo correcto príncipe Rao?
—Hice lo que se esperaba de mí.
—“Lo que se esperaba”. —Frunció el ceño—.
Rao, Rao… ¿No puedes tomar tus propias decisiones?
¿No puedes ser más que esto? Te conozco mejor de lo que te gustaría, y quizá debería tener miedo de ser sincera contigo, pero no.
¡No tengo miedo! ¿Qué tengo que perder? Te has negado a enfrentarte a tu propio corazón una y otra vez. ¿Qué dice tu corazón?
Lo que Rao había visto en Alor, lo que había hecho en Alor, lo que le había dicho a Malini, lo que quería hacer, el fuego lo esperaba, Aditya lo esperaba.
“Quiero morir”, pensó con un terrible pánico negro. “Una parte de mí quiere morir”.
—Mi corazón está muerto —respondió con voz ronca. Sima se estremeció pero él no se detuvo—. Todos aquellos a quienes amo de verdad se han ido. No quiero tu compasión y no la merezco, pero no puedo escuchar a mi propio corazón. No hay nada allí. Yo…
Se inclinó hacia delante y Sima lo aferró: le puso las manos en los brazos y su ceño se transformó en preocupación. Pero su tono de voz fue inflexible.
—Entonces no me hagas correr la misma suerte —le dijo—. No me hagas perder todo lo que amo.
—¿Cómo puedo evitarlo? Nos precipitamos hacia el desastre, Sima. Está fuera de mi control. —La miró a los ojos—. ¿Qué puedo hacer?
—Puedes hacerme un favor —respondió ella. Y luego se lo explicó.