Capítulo Sesenta y uno
Priya
L o único que le sujetaba los brazos eran los tallos de las flores, más largos de lo que deberían, pero frágiles.
Priya tendría que haber sido capaz de romperlos con facilidad, pero de algún modo la magia —la magia de Malini— los había anudado en una maraña frenética, una red que le llegaba desde los dedos hasta por encima de los codos.
—Malini suéltame.
Las manos de Malini temblaban visiblemente.
—Yo…
—Respira —la tranquilizó Priya—. Puedes hacerlo.
El pánico empezaba a desaparecer de los ojos de Malini, pero no bajó las manos ni liberó a Priya de su poder.
—¿Es por esto por lo que realmente has venido? —A Malini le temblaba la voz—. ¿Yo también soy una criatura de los yaksas a la que has transformado? Me niego a ese destino.
—No —dijo Priya inmediatamente—. No sé por qué eres así, pero los yaksas no te hicieron esto. —Vio la duda y el horror en los ojos de Malini, así que continuó—. ¿Sueñas a veces con un lugar donde confluyen tres ríos? ¿Donde las estrellas viven dentro y fuera del agua?
—Sueño contigo —respondió Malini—. Son los únicos sueños extraños que he tenido.
—¿Sientes una presencia exterior en tu mente? ¿Un dios con la boca llena de espinas?
—No.
—Entonces no eres como yo. Seas lo que seas no eres eso.
Finalmente, Malini bajó las manos. La agudeza habitual de sus ojos había vuelto.
—¿Un dios con la boca llena de espinas en mi mente? —dijo Malini—. Explícate.
—Cada vez que recurría a mi magia más extrema, cuando hacía subir y bajar el río Veri, me hablaba una yaksa —dijo Priya—.
Se llama Mani Ara. Tenía ojos de flores y boca de espinas.
Era la más fuerte, aún lo es. Y me dijo que solo me daría la magia que necesitaba si yo recuperaba mi corazón.
De ti. Y cuando intenté negarme me dijo…
que ella lo haría de todas maneras si no lo hacía yo, que te mataría, que mataría a todos aquellos que me importaban.
Malini levantó la mano y presionó los nudillos contra el pecho.
—Soy su amada —dijo Priya en voz baja y triste—.
Le pertenezco. He luchado tanto para proteger a mi gente, a mi familia, a ti…
Pero me ha dicho que ahora soy lo bastante fuerte como para formar parte de ella, para unirme a ella y convertirnos en un solo ser, para que ella por fin pueda caminar por el mundo y conquistarlo, y una vez que lo haga ya no podré proteger a nadie.
Así que no puedo esperar más. Tenía la esperanza de que tu cáscara de corazón fuese suficiente para luchar contra ella, que yo pudiera ayudarte a enfrentarla.
Silencio. Priya quiso apartar la mirada pero no pudo. Se obligó a observar el horror y la frialdad que se iban desplegando lentamente en los ojos de Malini a medida que la comprensión se apoderaba de ella.
—Ella te necesita —dijo Malini.
—Sí.
—Sin ti, no puede venir a nuestro mundo.
Priya asintió sin decir palabra.
Malini apretó las manos. Los tallos de las flores se flexionaron con ella como un apretón humano.
—Cuando viniste por tu corazón, Priya… —La voz de Malini era un cuchillo brillante—. Podrías haberme hablado, podrías haberme explicado pero elegiste no hacerlo.
—No podría haberlo hecho —dijo Priya derrotada—. Podía arriesgarme a mi propia muerte pero no a la tuya.
—Habría intentado ayudarte.
—No podías ayudarme —dijo Priya—. ¿No te acuerdas? Lo intentaste, pero no pudiste darme lo que necesitaba. Los yaksas querían mi corazón, el corazón que te di, y ni siquiera un cuchillo podía arrancarlo. Era tuyo, siempre será tuyo.
—Simplemente pusiste un pie delante del otro sin pensar, sin siquiera reflexionar por qué camino andabas —dijo Malini con furia en la voz temblorosa—. Eres una estúpida, Priya, una completa estúpida.
—¿Qué quieres de mí, Malini? No puedo cambiar lo que ha pasado. Ahora intento arreglarlo.
—No puedes. —Caminó hacia ella y la atrajo hacia sí.
Priya sintió el aliento de Malini contra su pelo y siguió con la mirada el surco de su frente mientras ella aferraba con los dedos las raíces y los tallos que le rodeaban los brazos y empezaba a desenredarlos.
Sus manos eran hábiles y cálidas. Las yemas eran como suaves puntos de fuego sobre la piel de Priya en el frescor de la noche.
Ninguna de las dos recurrió a la magia aunque Priya podría haberlo hecho.
—Si te mato ahora, ¿se terminaría? —preguntó Malini.
—¿Crees que no me habría cortado la garganta si así fuera?
—preguntó Priya—. Ella tratará de convertir a otros como lo hizo conmigo.
Llegará a nuestro mundo en algún momento y, si no, no importará.
Los yaksas que están aquí ya han cambiado el mundo.
Además… —agregó en voz baja—, no puedes matarme. Lo sé.
Malini dejó las manos quietas en los brazos de Priya. Los tallos cayeron como si se desatara un nudo y los brazos quedaron libres de vegetación, desnudos bajo las palmas de Malini.
—¿De verdad quieres luchar contra ellos? ¿Contra tus yaksas ? —preguntó.
—Haré lo que haga falta para que el mundo sobreviva y para que mi pueblo sobreviva —respondió Priya—. No creo que tu cáscara de corazón vaya a ser suficiente pero creo en ti.
—No deposites esa responsabilidad en mí.
—Lo siento, usaré mi poder contra ellos. Y creo que… cerca de ti, soy más fuerte.
—¿Por qué tengo un poder como el tuyo?
Priya meneó la cabeza.
—No lo sé.
—Tengo mis sospechas, por supuesto —dijo Malini.
Su seguridad estaba volviendo—. Te di mi corazón y los yaksas me hicieron arrancártelo.
Pero creo que la forma de lo que fuimos, la cicatriz, la piedra erosionada donde las aguas del amor te bañaron una y otra vez y te dieron nueva forma, debe de seguir allí.
La forma del amor aunque el amor haya desaparecido.
“El amor no se ha ido”, pensó Priya, pero creía que Malini lo sabía. Tal vez era más amable para ambas sostener la mentira.
—Si alguien se entera de tu secreto… —comenzó a decir.
—No creo que saber que llevo dentro algo podrido proveniente de los yaksas sea suficiente para destruir mi reinado ahora —dijo Malini.
—Podría serlo —dijo Priya—. Pero tú siempre has sabido más que yo de política.
—No sé si soy tan lista como crees —aclaró Malini—. Después de todo estás aquí. Nunca debería haberte traído.
—Soy una rehén valiosa, un arma arrebatada a los yaksas .
—Sí —admitió Malini con voz monótona—. Pero ese no era el motivo, ambas lo sabemos.
Sus ojos se encontraron y se sostuvieron la mirada. Malini aún la abrazaba.
—Dejé que me capturaras —dijo Priya sin apartar la mirada de ella.
—Luchaste contra mí.
—Podría haber hecho mucho más. Fuiste una tonta, Malini, al hacer lo que hiciste. Podría haberte matado tan fácilmente…
—No me mataste en mi propio tribunal, cuando era totalmente vulnerable para ti —recordó Malini—. No me mataste en mi cama. Sabía que no me matarías junto a un lago en Alor después de todo eso. ¿Sabes lo que desea la yaksa ? —preguntó—. ¿La más fuerte de ellos, la que te llama su amada?
—¿Aparte de a mí? Quiere vivir —respondió Priya finalmente—. Quiere sentir el suelo bajo sus pies. Quiere que el sol le dé en la cara. Quiere a su familia a su alrededor, completa y segura, con un mundo construido para contenerla. Eso es todo lo que quiere.
—Es un deseo enorme —murmuró Malini—. Un deseo que está quebrando el mundo incluso ahora. ¿Sabes algo más de ella?
Priya se estremeció con un escalofrío.
—Sé más que nadie —respondió. Y podía saber más si estaba dispuesta a pagar el precio con su piel, con su alma—. Pero nada de eso te permitirá destruirla.
—No dejaré que ella se apodere de ti —dijo Malini.
Podría haber sido una amenaza viniendo de Malini pero para Priya, en ese momento, sonaba a esperanza.
—Sé que no lo harás —le dijo. Trazó con un dedo el borde de las últimas lianas deshilachadas que le rodeaban las muñecas, crudas como la seda—. Lo sé.
Las manos de Malini la soltaron lentamente.
—Basta de cáscara de corazón —dijo finalmente Malini en voz baja—. No más encierro. No sé qué hacer contigo, Priya. Necesito… necesito tiempo. Pero empecemos por aquí.