El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Cincuenta y nueve
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Capítulo Cincuenta y nueve

Priya

N adie parecía darse cuenta de que había robado una llave a un guardia. La sacó de donde la había guardado, en la trenza de su pelo, y sostuvo el metal caliente en la palma de la mano.

Era impresionante lo que se podía hacer aun herida y tambaleante, una cosa pequeña a la que escoltaban dos hombres aterrorizados de que la emperatriz fuese a destriparlos.

Eso habían dicho. “¿Has visto su cara? Creo que va a matar a esos saketanos centímetro a centímetro hasta que le supliquen piedad”.

Un estremecimiento. “No quisiera que me suceda”.

Su camino ya no estaba tan claro como antes.

Dejar a los demás, dejar Ahiranya, le había parecido la única decisión buena que podía tomar.

Como si Malini se le hubiera aparecido en sueños, con aquellas manos persuasivas y palabras amables, y le hubiera ofrecido la única manera de escapar de su destino como caparazón de Mani Ara.

Malini había sido su única forma de encontrar una tercera vía.

La cáscara de corazón le rodeaba nuevamente las muñecas, pero no había guardias con ella en la enfermería. Era la ventaja de que Malini aterrorizara a todos hasta la sumisión, supuso. Recorrió las esposas con la punta de los dedos, introdujo la llave en la cerradura y vio cómo se abrían.

Les había quitado el poder. Sus laceraciones ya se estaban curando, alimentadas por su magia, pero era agradable tener las muñecas libres, sentir que sus manos eran suyas.

Y, sin embargo, la decepción cuajó en su corazón.

La cáscara de corazón había sido una promesa de esperanza. Si Malini podía herir a Ganam, si podía contenerla a ella, podría luchar contra los yaksas . Había poder en la cáscara de corazón, sí, pero no el suficiente.

Priya se miró las muñecas desnudas, pensativa.

Volvió a pensar en las manos de Malini sobre sus brazos, en la punzada aguda y visceral del licor fuerte contra los cortes de su piel.

En la suavidad y, luego, la dureza del tacto de Malini.

Pensó en los sueños que habían compartido y en lo que había sentido al volver a verla en el caravasar: el anhelo que había por ella, el tirón bajo el esternón que no era magia sino puro deseo.

“Soy un arma mejor de lo que podría ser la cáscara de corazón, Malini. Te lo demostraré”.

¿Podría su poder otorgado por los yaksas usarse contra los propios yaksas ? ¿Podría Priya luchar contra ellos con el ejército parijatdvipano detrás de ella?

Era más que necesidad o desesperación lo que la impulsaba a quedarse. Era la esperanza, como una lámpara que no podía apagar. Era el hilo y el nervio de la magia que las unía a ella y a Malini.

Aún no podía irse y tampoco tenía interés en volver a su celda.

Había guardias fuera de su habitación de convaleciente pero no sería difícil tratar con ellos. Había tanta vegetación en el mahal imperial, tantas flores, tantas hojas que caían. Priya tendría la fuerza de sus propias manos si todo lo demás fallaba.

No necesitaba la magia para moverse silenciosamente por los pasillos, para dejar inconsciente a un guardia y quitarle el cuchillo de su cinturón. Había aprendido esas habilidades de niña, sin una gota de la fuerza bendecida por las aguas.