Capítulo Cincuenta y ocho
Malini
M alini no corría, pero las antorchas eran un borrón líquido en los ángulos de su visión mientras recorría los pasillos del ma hal. Los guardias que la rodeaban hacían un alboroto metálico de pasos acorazados que no ahogaba la respiración acelerada ni la voz de Lata.
—Sería prudente dejar su castigo en manos del Señor Narayan —dijo Lata, apresurándose a seguirla; sus pasos susurraban sobre el mármol.
—Escucho tu consejo, Lata —dijo Malini mientras avanzaba a grandes zancadas. No corría, nadie podría decir que corría—. Alégrate de que no haga traer a Ashutosh ante mí para interrogarlo. Eso tendrá que ser suficiente.
—Puede que no sean hombres de Ashutosh —protestó Lata.
—Son soldados saketanos; deben de servir a un príncipe inferior.
Y era Ashutosh, de todos los príncipes inferiores saketanos, quien tenía un motivo para desear la muerte de Priya. Sus propios vasallos habían muerto por su culpa. Malini había visto el dolor y la ira que se acumulaban en los ojos de Ashutosh.
—Incluso si el príncipe al que sirven sabe lo que intentaron hacer los guardias, o si les ordenó que lo hicieran… no es momento de hacer enemigos.
—Entonces no deberían haber intentado desafiar mi voluntad —dijo Malini. Le ardía la sangre de ira.
Los dos soldados saketanos estaban retenidos en una habitación circular, con Sahar y un puñado de guardias en constante vigilancia. Los guardias inclinaron la cabeza con la mirada fija cuando entró Malini.
—Sahar —dijo.
—Emperatriz.
—Convoca al Señor Narayan —ordenó—. Debe estar presente.
Miró a los soldados magullados y ensangrentados, de rodillas y encadenados. No la miraron a los ojos.
Uno tenía marcas de dientes en la cara, surcos profundos donde la carne había sido desgarrada. Sintió una corriente de emoción tan intensa que fue como si hubiera abandonado su cuerpo. Ella misma le habría cortado el cuello si hubiera podido mover las manos.
Finalmente llegó Narayan, sin aliento. Se inclinó.
—¿Te ha informado Sahar de lo ocurrido, Señor Narayan?
—Sí, emperatriz. Y debo rogar que se les perdone la vida.
Ella no respondió. Se llevó las manos a la espalda y miró a los soldados.
—¿Me diréis, ya que os habéis negado a decírselo al jefe de mi guardia, a quién servís?
Silencio.
—¿Os negáis a responder a vuestra propia emperatriz? —insistió Malini. Uno de los hombres (el de las marcas de dientes) levantó lentamente la cabeza. Debía de sufrir mucho.
—Servimos al imperio —dijo—. Servimos a Saketa.
Malini tensó las manos entrelazadas; sus uñas marcaron surcos en su propia carne.
—Debéis entenderlo —dijo de espaldas a ellos, conteniendo la voz fuertemente—.
La bruja de Ahiranya es mi rehén, se la arrebaté a los yaksas y he decidido mantenerla con vida.
No os corresponde a vosotros cuestionarme, debéis tener fe en que todo lo que hago es por Parijatdvipa y solo por Parijatdvipa.
Habéis puesto en peligro a Parijatdvipa por vuestro deseo de venganza.
—Le temblaba la voz de puro fuego contenido— y habéis desafiado la voluntad de vuestra emperatriz.
Por supuesto que hay un precio, por supuesto que lo pagaréis y me lo agradeceréis.
—Se volvió para mirar a los ojos al Señor Narayan.
—No buscaré más traidores tras la muerte de estos dos —dijo—. Ningún enemigo. Reconoceré a todos los saketanos como mi gente, mis aliados, y a estos soldados como traidores que dieron la espalda a sus señores. ¿Aceptarás mi juicio?
Hubo una larga pausa. Después, Narayan inclinó la cabeza.
—Cortadles el cuello —dijo Malini tajante y señaló a una de sus propias guerreras. La mujer desenvainó su espada e hizo lo que se le ordenó.
La sangre se esparció por el suelo.
—Señor Narayan —dijo Malini—. Hablarás con el príncipe inferior Ashutosh y le dirás que sigue contando con mi aprecio.
Él leyó la advertencia en esas palabras y el frío de escarcha de su tono. Inclinó la cabeza.
—Lo haré, emperatriz.
—Bien.
Malini se fue.
La ira comenzó a calmarse. Si su buen sentido era un barco zarandeado en aguas tormentosas, entonces la calma le permitió finalmente navegar sus propios pensamientos con mano firme.
—Déjame, Lata —dijo. Lata seguía detrás de ella, una sombra que perseguía sus pasos.
—Mi señora… —Se interrumpió y luego dijo, en voz baja—: Malini. Me temo…
—Déjame —volvió a decir Malini—. Sahar se quedará conmigo.
Debería haber sido más amable, más suave. Pero no le quedaban más que aristas duras, nada más que el filo helado de la ira y el calor que se filtraba de ella.
Lata murmuró un asentimiento y se alejó.
Priya ya no estaba en una celda sino en una habitación reservada para el cuidado de los enfermos.
Había guardias en la habitación cuando Malini entró.
Priya ya no tenía cadenas en los tobillos pero la cáscara de corazón aún le rodeaba las muñecas.
Tenía laceraciones en los brazos y, todavía, la boca ligeramente roja.
Sahar quien protestó cuando Malini ordenó a los guardias que salieran. Protestó aún más enérgicamente cuando Malini le dijo que también esperara fuera.
—Ella tiene puesta la cáscara de corazón y yo tengo mi sable —dijo Malini rotundamente.
—Emperatriz, es una luchadora entrenada.
—Sahar, no volveré a repetir mi orden.
Finalmente Sahar se marchó. Priya la estaba observando cuando Malini se volvió.
—Tu salud —dijo Malini bruscamente y se dio cuenta de que no tenía más palabras. Quería estrangular a Priya con sus propias manos y quería llorar y quería acariciarle suavemente la cara y tocar con su boca las alas del pelo negro de Priya. Aquellos deseos contradictorios la paralizaron.
—Suelo curarme rápido pero tus esposas me lo están impidiendo —dijo Priya. Sonreía con los labios apretados y la mirada cautelosa.
Malini cruzó la habitación. Alguien había tratado de curarle las heridas pero de manera descuidada. Había un tazón de licor puro y un paño junto a Priya. Malini mojó el paño y le tomó uno de los brazos lacerados.
—¿Qué les hiciste a esos soldados? —preguntó Priya.
—Los maté —dijo Malini—. Quédate quieta.
Le limpió las heridas. Priya no siseó ni hizo muecas. Dejó el brazo muy quieto en manos de Malini; sintió la piel tan conocida un poco fría y desgastada.
—Alejas a tus guardias, matas soldados, vienes a visitarme… Te estoy llevando por mal camino, Malini —dijo en voz baja—. Y ni siquiera lo estoy intentando. Te estás convirtiendo en un monstruo por mí.
—No es monstruoso hacer que se comporten los hombres que dicen servirme —dijo Malini con firmeza—. Es mi derecho y mi responsabilidad como emperatriz.
—Podría extender una vid a través del mahal si no tuviera puestas estas esposas —dijo Priya con voz ligera—.
Solo una. Podría hacerlo despacio y con cuidado…
y podría deslizarla hasta tu cráneo. —Extendió la mano y golpeó con un dedo la base del cuero cabelludo de Malini.
A Malini se le cortó la respiración y la furia se apoderó de ella.
Dio un respingo. Priya sonrió mostrando los dientes—. Justo aquí.
—No me toques —dijo Malini. Priya bajó la mano.
—No hubo un solo emperador de los que te precedieron que no me hubiera matado o que no hubiera agradecido a uno de sus hombres por hacerlo —dijo Priya—. Tus guerreros me llaman monstruo por una razón; tal vez deberías hacerles caso y pensar en lo que realmente implican tus deberes.
—¿Quieres morir? —exclamó Malini y apretó con fuerza el brazo de Priya—. ¿Por eso te dejaste caer en mis manos, para eximirte de la responsabilidad de organizar tu propia muerte?
Priya resopló, divertida, pero aún no había verdadera alegría en sus ojos. Solo un profundo cansancio reflejado en las sombras difuminadas que tenía bajo los párpados.
—Yo no soy así, pero sería poético, ¿no? Dejarte decidir una vez más si vivo o muero. —Bajó la voz—. Puse mi vida en tus manos tantas veces, Malini… Por fe, por deber, por placer. ¿Qué importa una más?
—Hazme el favor de callarte si quieres ser poética —dijo Malini—. No tienes cabeza para la poesía, nunca la has tenido.
—Te gustó bastante la carta que te escribí una vez.
—Fui una tonta —respondió Malini—. Estaba distraída por deseos que ya no puedo ni quiero satisfacer. —Miró a Priya a los ojos—. Cuando te miro no siento más que desagrado —dijo—. Nada más que repugnancia.
Se hizo el silencio mientras tomaba el otro brazo de Priya y lo limpiaba también. Finalmente tomó un paño limpio, sin embeberlo en el licor picante, y lo presionó ligeramente sobre la boca roja de sangre de Priya.
Dejó el paño y dio un paso atrás. Se sintió agitada, como si sus manos no la hubieran obedecido y no fuesen suyas, como si no hubiera elegido tocar a Priya.
—Antes mentías mejor Malini —dijo Priya.
“Soy una buena mentirosa”, pensó Malini. “No es culpa mía que no te dejes engañar, como si cada máscara que llevo no fuera más que una gasa y mi amor por ti, una lámpara”.
Sin decir nada más, se giró y se fue.