El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Cincuenta y siete
69%

Capítulo Cincuenta y siete

Priya

L a espera fue difícil.

Malini no la visitaba. Por supuesto no había ninguna posibilidad de que Sima fuese a verla, pero Priya aún sentía una esperanza indeseada que se le marchitaba en el pecho a medida que pasaban los días sin señales de ninguna de las dos.

Malini volvería, tenía que ver la utilidad de negociar.

Pero Priya no tenía nada que la librara del insoportable aburrimiento de la prisión hasta que volviera.

Contaba los eslabones de la cadena que tenía en el tobillo y las piedras de las que estaban hechas las paredes.

Dormía y no soñaba con nada. Trató de no arrancarse el pelo a tirones.

Normalmente, por las noches, sus guardias eran un hombre y una mujer: la mujer, ancha y de rostro serio; el hombre, delgado y mucho más inquieto, siempre estaba pasando el peso de una pierna a la otra o tamborileando con los dedos en la empuñadura del sable.

Ese día, mientras Priya estaba sentada en su rincón y pensaba si podría dar una voltereta con la pierna encadenada, llegaron dos guardias desconocidos, ambos hombres.

Tal vez Malini había cambiado a los guardias. Sin embargo, un escalofrío de cautela le recorrió la columna y la hizo permanecer de pie en un rincón de la habitación, con los brazos cruzados y la cadena del tobillo junto a los pies, como una serpiente zigzagueante.

—Comida —dijo uno de ellos y empujó la bandeja por el suelo. El thali estaba lleno de la misma comida insulsa de siempre: un poco de arroz, un roti reseco en los bordes, una pizca de dhal y yogur que parecía a punto de cuajarse por el calor. Se inclinó y recogió la bandeja.

El dhal tenía un brillo extraño y se le revolvieron las tripas.

Levantó la cabeza. Tal vez sería inteligente solo fingir que lo comía, pero los dos guardias la observaban, uno de pie en la habitación con ella y el otro cubriendo la puerta con su cuerpo.

—Come —dijo el que estaba en la habitación, con los ojos y la voz inexpresivos—. Adelante.

—No —dijo ella—. Creo que no comeré.

Al guardia se le dilataron las fosas nasales.

—Bien —dijo cortante—. Entonces, lo haremos por las malas.

Se acercó más, la aferró por los brazos y se los inmovilizó tras la espalda. El otro desenfundó una daga.

Priya no se detuvo a pensar. Luchó como una criatura salvaje, retorciéndose; la cadena traqueteó cuando echó el cuello hacia atrás en un ángulo que le hacía chirriar la columna vertebral y clavó los dientes con saña en la primera parte del cuerpo del hombre que pudo alcanzar: la mandíbula.

Se le llenó la boca de sangre y de sabor a carne y él soltó un aullido de dolor.

El guardia del cuchillo seguía acercándose a ella.

Priya aprovechó para levantar las piernas y golpearlo confiando en la fuerza de la presión de sus brazos, no en el pecho cubierto por la armadura, sino en la mandíbula.

Él retrocedió tambaleante y ella mordió con más fuerza al que la sujetaba.

Por fin sintió que el hombre aflojaba las manos.

Fue suficiente para que Priya se liberara y corriera a trompicones hacia la puerta aunque sabía que la cadena le impediría escapar.

Se sujetó a la puerta. Una mano la tomó por el pelo y la arrastró hacia atrás.

Cayó y chocó de cara contra el suelo, un golpe sordo que solo consiguió amortiguar lanzando el brazo hacia delante, rozando la piedra.

Oyó que uno de ellos buscaba a tientas una espada.

Oyó un gruñido, sintió el peso de un cuerpo sobre el suyo y supo que la hoja iba a clavársele en la espalda.

“¡No!”

Se aferró al poder de su interior con todas sus fuerzas.

Tenía sangre en la boca, sangre en los oídos, un aullido que salía de su interior mientras luchaba con todo lo que tenía.

La cáscara de corazón le rodeaba las muñecas y el tobillo estrangulando su poder, pero ella no podía permitir que ganara.

La presión que ejercía sobre ella temblaba, la frialdad la calaba hasta los huesos y, de pronto, Priya apartó la fuerza de la piedra y descubrió que la suya propia se precipitaba sobre ella.

El suelo tembló y los dos soldados se sobresaltaron. Priya saltó hacia la puerta.

Uno de los hombres ya se estaba levantando.

Rápida, tenía que ser rápida. La puerta estaba abierta; la barra que la cerraba, esa larga y pesada pieza de metal que se encajaba en su sitio cada mañana y cada noche, estaba en sus manos.

La arrancó. Se volvió y la estampó contra la cabeza del hombre, con tanta fuerza que oyó el crujido de dientes y huesos.

Pánico, sangre, todo el cuerpo de Priya palpitaba. Se arrodilló y se arrastró encima del guardia, que tenía la llave y la empuñadura de metal frío del sable apoyada en la cadera. Priya se guardó la llave y levantó el sable. Lo sostuvo frente a ella enseñando los dientes.

—¿Pensaste que moriría tan fácilmente? —preguntó. Alcanzó a oír pasos por el pasillo. Gritos.

—Tu vida por la suya —dijo con voz ronca el guardia que quedaba. Ahora que lo escuchaba, detectaba el matiz saketano de su voz—. Romesh intercedió por ti, se merecía algo mejor. Deberías haber muerto voluntariamente por tus crímenes, bruja.

Priya no podía dar un paso más allá de la puerta. Le dolía el tobillo cuando tiraba de la cadena. Pero en ese momento se dio cuenta de dos verdades: no iba a morir enseguida y no podía permitir que nadie supiera que había vencido el poder de la cáscara de corazón que la retenía.

¿Había visto el soldado lo que ella había hecho?

Al caer había fracturado la piedra, pero él tenía los ojos nublados por la sangre.

Tal vez la hubiera visto, tal vez no, pero no había tiempo para matarlo.

Las voces que sonaban más allá de la celda se acercaban, ya casi estaban allí.

Había tiempo para respirar hondo, recurrir a su magia y volver a allanar el terreno. Así lo hizo.

Entonces, y solo entonces, recuperó la voz, la plenitud, y gritó:

—¡No me hagáis daño! Estos hombres intentaron matarme. Antes de que volváis vuestras espadas contra mí, ¡sabed que vuestra emperatriz no os perdonará si me quitáis la vida!

Era inútil, todos esperaban una oportunidad para matarla y lo harían cuando la vieran de pie sobre un guardia inconsciente.

Pero allí, a la cabeza de ellos, estaba Sahar.

Malhumorada y con el ceño fruncido, pero era la guardia personal de Malini y era muy consciente de sus órdenes.

Sahar miró dentro de la habitación, miró al hombre desmayado en el suelo y al guardia saketano que seguía en la celda, con expresión desafiante.

A Priya, con sangre en la boca y un sable en las manos.

—Baja el arma —le dijo.

—No mientras él porte la suya —dijo Priya señalando al guardia.

Sahar hizo un gesto con la cabeza a una de sus soldados y la mujer entró. El saketano entregó su arma sin oponer resistencia; ya tenía la mirada perdida. Sabía que había fracasado y sabía lo que vendría después.

Priya soltó el sable finalmente, que cayó con un ruido seco. Sahar asintió y el ceño fruncido se suavizó por el alivio.

—Tú —le dijo a otro soldado—. Ve a buscar a la emperatriz inmediatamente.