El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Cincuenta y seis
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Capítulo Cincuenta y seis

Varsha

S u hijo había sido lavado y alimentado, envuelto en pañales de algodón y arrullado por su madre y por una criada que agitaba sobre su cabeza un pequeño sonajero de plata mientras él intentaba aferrarlo con sus manitas torpes.

—Cuando crezca será fuerte, mi señora —se maravillaba la criada más joven. Observaba con una dulce sonrisa cómo el pequeño Vijay aferraba el dedo de Varsha—. ¡Mira con qué fuerza se agarra!

—Ni siquiera sabe sostener el sonajero —protestó Varsha, pero estaba complacida.

Quería que su hijo fuera especial, sabía que su hijo era especial.

Tenía que valer la pena todo lo que había pasado por él: la agonía de su cuerpo transformado, el dolor de su matrimonio, la soledad de su viudez.

Tenía que valer todo lo que había perdido.

—Aún es demasiado pequeño —dijo una de las niñeras mayores—. Ya lo verás mi señora. Se convertirá en un buen príncipe.

“Príncipe heredero”, pensó Varsha y lo abrazó con más fuerza.

Cuando se negó a dormir, lloriqueando, sus niñeras lo colocaron en la cuna y lo mecieron hasta que se durmió.

Varsha vio desde su cama cómo la criada mayor ponía el pie en la palanca de la cuna para hacerla oscilar suavemente y cómo Parul, la más joven, le cantaba una nana en la lengua parijati.

Era una historia absurda sobre la cacería de un ciervo dorado y de un tigre con el vientre lleno de joyas, degollado desde la garganta hasta la cola por un cazador astuto con una espada afilada.

Era una buena canción para su hijo, algo para impregnar su mente dormida con la promesa de la gloria.

Varsha se dijo que le cantaría sus propias canciones de cuna.

Cerró los ojos, agotada por el calor, las exigencias del pequeño Vijay y, siempre, por el sordo velo de su dolor.

Pero la pena era más ligera de lo que había sido en los largos meses transcurridos desde la muerte de su hermano y su padre, y se aferró a aquella pequeña y brillante posibilidad: cantar a su hijo nanas en la lengua saketana, enseñarle lecciones escondidas en pequeños cuentos.

Tenía la oportunidad de formarlo para convertirlo en un heredero que haría de Parijatdvipa algo mejor que la crueldad en que se había convertido bajo los vástagos de Divyanshi.

La despertó el sonido de una voz que la llamaba por su nombre.

—Varsha —dijo la voz—. Hermana, despierta.

Varsha sabía que esa voz no era la de su hermano incluso en las garras del sueño.

Se despertó con el corazón palpitante y la piel cubierta de sudor.

Esa voz pertenecía a la emperatriz Malini que había llegado sin avisar.

Estaba sentada en la silla favorita de Varsha, junto a una ventana baja con celosías, donde los pájaros cantores acudían a menudo revoloteando con brillante confianza.

No había nadie más en la habitación. Varsha emitió un sonido, un jadeo que no pudo contener, y se puso en pie.

—¿Dónde está mi hijo? ¿Dónde está…?

—El príncipe Vijay está con sus niñeras —dijo Malini con calma—.

Están recorriendo los pasillos. Van a llevarlo al jardín de orquídeas, donde le enseñarán las flores y se sentarán con él a la sombra.

He dado instrucciones a un criado para que les sirva sherbet .

—La emperatriz estaba completamente inmóvil en su asiento, con su sari de color marfil y plata extendido a su alrededor; la luz tallaba su rostro en facetas de oro oscuro, como una efigie—. No le pasará nada. Siéntate, Varsha.

Varsha, temblorosa, se sentó. Se aferró a una apariencia de calma pero le costó encontrarla. Algo iba mal. Sabía que algo iba mal. Lo que aún no sabía era el peligro que corría.

El aspecto de la emperatriz no había cambiado.

Seguía delgada y tenía los ojos hundidos, como si el cansancio se hubiera grabado en su carne y sus huesos, pero también estaba elegante, con su vestido de seda pálida, su corona de jazmín blanco, el peso reluciente del oro que le colgaba de las orejas y la garganta.

Varsha había pensado vagamente que la guerra la volvería más recia, que regresaría a Harsinghar vestida con armadura, oliendo a sangre y humo.

Pero la sangre y el humo podían lavarse, por supuesto, y la armadura podía quitarse.

Lo que no podía cambiarse era la dureza de hierro de los ojos de Malini. Su mirada era inquebrantable, su boca firme no sonreía. No había suavidad en su voz cuando habló y seguía sin haberla cuando agregó:

—Deberías haber confiado en mí.

Varsha se aferró la falda con las manos y la apretó como si fuese un lazo que la sujetaba a su propia carne.

—Confío en ti, emperatriz —respondió en voz baja—. Yo… Quisiera que me traigan a mi hijo, por favor.

—Una vez fui prisionera de mi hermano Chandra —dijo la emperatriz—.

Conozco su naturaleza, me hizo daño; no dudo que también te hirió a ti y estoy segura de que tu vida como su prometida fue aterradora.

Incluso cuando era amable temías que se volviera violento.

Mi hermano tenía un gusto por la crueldad que no podía apagar.

Siento que lo sufrieras, siento que ambas tuviéramos que padecerlo.

—Hizo una pausa—. Y, aún así, me ves como tu enemiga —murmuró la emperatriz— y cuando te visito solo me ofreces mentiras.

—Yo… —Garganta seca. Corazón palpitante—. Nunca te he mentido emperatriz.

—Los cumplidos son mentiras, Señora Varsha, cuando esconden mala intención y un cuchillo afilado.

—No tengo malas intenciones hacia ti emperatriz.

—Eso sí que es mentira —replicó Malini—. Eres una traidora, Señora Varsha.

Ella ya lo sabía; ahora Varsha estaba segura. Sintió un vuelco en el estómago, la cabeza ligera, un vacío de miedo. Pero como quien abre la boca para respirar bajo el agua cuando se está ahogando, volvió a separar los labios y dijo:

—No lo soy, emperatriz, no lo soy. ¡Por favor!

Empezó a llorar y se odió por ello, pero no pudo evitarlo. Su cuerpo actuaba sin que ella dijera nada; sollozó mientras se retorcía las manos en el regazo.

La emperatriz guardó silencio y, a medida que este se prolongaba, Varsha sintió que su miedo se convertía en ira. Nunca se le había permitido enfadarse pero ya no tenía nada que perder.

—Crees que eres diferente de él —dijo en voz baja—.

De Chandra. Pero no lo eres, emperatriz.

Sigo estando en deuda contigo, sigo siendo de tu propiedad.

Sé lo que valgo para ti. Fui, soy un vientre, una portadora de tus herederos, para que nunca tengas que someterte al poder de ningún rey o señor que desee gobernar el imperio en tu lugar.

—Apretó las manos temblorosas—. Puede que sea tonta —agregó—.

Pero ¿cómo podría confiar en ti sabiendo eso, sabiendo lo poco que importo?

¿Cómo puedo ponerme de todo corazón a tus órdenes cuando sé que me utilizarás tan cruelmente como a cualquier hombre por el bien de tu imperio?

Es tu poder lo que te convierte en un monstruo —continuó Varsha—.

No puedes cambiar eso y no creo que quieras.

La emperatriz suspiró y se puso de pie con elegancia.

Varsha sintió una mano sobre la suya un momento después; algo frío le presionó la palma y le levantó la mano, y se encontró con una copa de metal apretada contra los labios.

Sin pensar, obedientemente, bebió. Agua fría con limón, lo bastante dulce y fuerte como para hacerla tragar y respirar con fuerza. Se extinguieron las lágrimas.

—Bebe otra vez —dijo la emperatriz y Varsha bebió otro trago.

—Bien. —Hubo un tintineo al bajar la copa. La emperatriz se volvió a su asiento. Parecía totalmente impasible—. Se descubrieron cartas que intercambiaste con la Señora Raziya y hablaste a menudo con un sacerdote que te guio por el mal camino.

Varsha negó con la cabeza, en silencio.

—Tengo un testigo —dijo la emperatriz Malini.

¿Quién podría ser? Una de sus criadas seguramente. La noticia la golpeó con una sacudida nauseabunda. ¿Cuál de ellas? ¿Parul? Había confiado en esas mujeres. Con su hijo, su hijo, ¿cómo podrían…?

La emperatriz suspiró.

—No llores, Varsha —dijo de nuevo—. No te quitaré a tu hijo.

—¿No lo harás?

—No —respondió la emperatriz. Se arrodilló a su lado—.

¿Qué hará mi heredero, en los años venideros, cuando sepa que asesiné a su madre?

Aprenderá a ser cruel. Aprenderá que el poder significa destrucción y que ejercerlo es monstruoso.

Tendrá razón, por supuesto. Me has descrito claramente, Señora Varsha.

Pero me encuentro ansiosa por hallar una alternativa.

—Se puso de pie de nuevo—. O te vuelves lo suficientemente inteligente para deponerme o enseñas a tu hijo a ser digno de mi trono, esa es tu tarea.

No tendrás poder en mi corte más allá del que él te dé. Críalo sabiamente.

—Los sacerdotes dicen que arderás —dijo Varsha con voz débil. No estaba segura de si era conveniente sentir alivio todavía, si es que estaba a salvo.

—Se equivocan —dijo simplemente la emperatriz—. Descansa bien, Señora Varsha. No seré tan amable si me traicionas de nuevo.