Capítulo Cincuenta y cinco
Malini
O rdenó a Sahar que descansara a pesar de su propio insomnio. Sabía que no cerraría los ojos esa noche.
Deepa había acudido a ella. Su consejera más discreta había entrado en su recámara con ojos serios y la copia de una carta cuidadosamente transcrita a mano.
—La Señora Varsha escribió a la Señora Raziya —dijo mirando a Malini leer la misiva—. Creo que… emperatriz, creo que supuso que Raziya estaría tan enfadada por lo de los jagatay que te traicionaría, pero eso es una tontería. No creo que la Señora Raziya sea capaz de traicionarte por nada.
Era una tontería por cierto y decepcionante.
Demostraba lo protegida que había estado Varsha como hija del gran príncipe y, después, como prometida de Chandra.
“Si Chandra hubiera vivido, su corte te habría devorado entera cuñada”, pensó Malini con amargura.
“Tienes suerte de que yo sea más amable de lo que él fue nunca”.
—¿Se envió de todas maneras el mensaje original?
—Sí, mi señora. Hace semanas. —Vaciló—. Se ha visto a la Señora Raziya y su séquito en las fronteras de Harsinghar. Si tú…
—Me reuniré con ella cuando venga —dijo Malini.
No había otra razón para el insomnio. Desde luego Priya no. No había soñado con Priya desde el momento en que le había puesto la cáscara de corazón alrededor de la garganta, pero ahora que la había visto en carne y hueso, y había oído su voz mordaz…
Ah, no podía mentirse a sí misma. Temía por los sueños o las pesadillas que tendría si se dormía. Esa era la verdad.
Oyó un golpe seco en la puerta. Sahar la abrió, con la cara enrojecida por la carrera.
—Te dije que descansaras —dijo Malini.
—La Señora Raziya está aquí —replicó Sahar—. Dice que debe hablar contigo urgentemente.
Raziya debía de haber agotado a sus caballos y a su séquito para llegar tan rápidamente.
—Déjala entrar —dijo Malini—. Espera fuera.
Sahar se hizo a un lado y permitió la entrada a su antigua ama.
Raziya entró en la habitación sola, sin acompañantes.
No iba vestida con la ropa ligera adecuada para el clima de Srugna, sino con ropas de Dwarali: un grueso salwar kameez cubierto con una chaqueta azul forrada de lana.
Tenía los dobladillos manchados de polvo, las mejillas enrojecidas por el viento y el calor, los ojos feroces cuando se posaron en Malini. Se inclinó.
—Emperatriz —dijo—. Debemos hablar.
Malini asintió una vez.
—Siéntate —invitó—. Haré que alguien te traiga té y algo de comer.
—No necesito comida ni bebida —dijo Raziya.
—¿Te enfrentarás a mí con tan pocas fuerzas? —preguntó Malini—. Sé por qué está aquí, Señora Raziya.
Raziya se sentó con la espalda rígida. Bebió y comió sin mirar lo que tenía delante cuando un criado le trajo un refrigerio.
—Le dije a mi esposo que primero hablaría contigo —explicó.
—¿Y qué le dirás que hemos hablado? —preguntó Malini.
—Mi hija me envió un mensajero rápido hace algún tiempo —dijo Raziya—.
El mensaje decía que el príncipe Rao se había marchado con una mujer de más allá de los muros del imperio.
Que había hecho promesas, en nombre de su emperatriz, a cambio de un don.
Promesas de tierras dwaralis a un forastero que el linaje de mi esposo ha mantenido lealmente a raya.
Dime, ¿has ofrecido la tierra que le concediste a mi esposo y a mis hijos a un rey jagatay?
—Una porción de tierra —dijo Malini con firmeza.
—No te correspondía entregarla.
—El sultanato tampoco era mío para entregarlo, Señora Raziya —dijo Malini—. Y, sin embargo, lo entregué.
Explicó su necesidad y lo que los jagatay le habían dado a cambio, pero la ira de Raziya no desapareció.
—Durante el viaje tuve muchos pensamientos oscuros —dijo Raziya con voz grave y temblorosa—.
Estaba exultante cuando prometiste a mi esposo el sultanato.
También me alegré de que pudiera conseguirse sin empezar una guerra, solo mediante una transferencia de poder tras la muerte, aunque habría aceptado la guerra por esa gloria, pero pensé: “Ah, tal vez la emperatriz no desea que mi familia tenga poder sobre una franja de tierras tan amplia como lo es Dwarali, desde Lal Qila hasta la ciudad-estado donde se asienta el mahal del sultán. Tal vez desea socavar nuestro poder para debilitarnos”.
Si Malini hubiera pretendido tal cosa habría actuado con mucha más sutileza y lentitud. No parecía del todo prudente decirlo.
—No, Raziya —dijo, dejando a un lado las cortesías—.
Tú y el Señor Khalil habéis luchado lealmente a mi lado.
Tu gente ha muerto por mí. Tú y yo… yo te he considerado mi amiga.
—Lo dijo con sinceridad, dejando que algunos de sus verdaderos sentimientos brillaran en sus palabras—.
No te quitaría el poder que te corresponde por derecho.
Esta cruel circunstancia ha caído sobre nosotros y no se puede evitar.
—Hay una cosa que debes considerar, por supuesto —dijo Raziya después de un momento.
—Dímelo.
—Los jagatay no han hecho votos de lealtad hacia ti ni hacia los tuyos —continuó—.
Todos nosotros, nacidos y criados en Parijatdvipa, conocemos los votos hechos a Divyanshi tras su muerte.
Servimos a tu linaje porque sabemos que ella ardió por nosotros y veneramos su gran sacrificio.
Honramos su último deseo. Los jagatay no tienen ninguna razón para hacerlo.
—Los jagatay me han prometido hacer sus votos —dijo Malini—. No se unirán a nuestro imperio sin promesas solemnes de lealtad.
El tintineo del vaso de Raziya contra la mesa fue exagerado.
—La mayor Priya se arrodilló ante ti en un templo de las Madres —dijo—. No juró servir al imperio sino a ti. Y, aún así, te hizo daño.
Había compasión en su voz a pesar de la dureza de sus palabras.
—Los votos que nos convirtieron en imperio son sagrados —continuó Raziya con una mirada inquebrantable—.
La Era de las Flores, la quema de las Madres, crearon lazos entre nosotros que no pueden romperse.
Un voto hecho por miedo, por poder o por beneficio político, incluso uno hecho por amor, no pueden compararse.
Los jagatay te traicionarán algún día. Por mucho que se les vigile, se volverán contra ti y te verás obligada a destruirlos.
Es inevitable y está en la naturaleza de la humanidad.
Es una rueda sin fin, emperatriz; no puedes cambiarla ni impedir que gire.
Malini se estremeció, nadie podía culparla por ello. Se mordió la lengua con fuerza, un autocastigo leve.
—Es una suerte que vosotros vigiléis atentamente a los jagatay —dijo—. Estoy en deuda con vosotros.
—En efecto, lo estás —dijo Raziya—. Y vengo con otras noticias.
—Extrajo una carta de su chaqueta y se la tendió a Malini—.
La viuda de tu hermano busca cometer traición —dijo—.
Ella lo expresa de manera muy bella, emperatriz, con palabras cuidadosamente escogidas, pero no deja de ser cierto.
Supuso o adivinó que yo me enfadaría contigo e intentó aliarse conmigo y con el pueblo dwarali para que apoyemos el reclamo temprano de su hijo al trono.
Malini tomó la misiva.
—Emperatriz —dijo Raziya—. Estás poniendo a prueba los límites de tu poder, los mismos votos sobre los que descansa el enemigo que buscamos destruir.
La gente como la Señora Varsha te pondrá a prueba.
Ella tal vez sea una tonta pero te enfrentarás a enemigos más astutos.
Debes tener cuidado. —Guardó silencio un momento, observando a Malini con pena en los ojos—.
Es un camino difícil el que recorres como emperatriz —comentó finalmente—.
¿Qué amigos puedes tener, si siempre debes poner el imperio por encima de la gente que ha sangrado, luchado, llorado por ti? No te envidio.
Se puso en pie.
—Khalil seguirá sirviendo en tu ejército —dijo Raziya—.
Y yo… volveré a Dwarali para asegurarme de que su trono esté listo para él.
Conozco la magnitud de la guerra que te espera, sé que luchas contra un enemigo que no hemos visto desde la Era de las Flores, pero debo proteger a los míos y he cumplido con mi deber.
Por el voto hecho por mis ancestros a los tuyos siempre lo haré.