El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Cincuenta y cuatro
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Capítulo Cincuenta y cuatro

Ganam

L os yaksas se habían convertido en monstruos desde que Priya había desaparecido.

—Siempre fueron monstruos —susurró Khalida cuando Ganam se lo contó. Estaba ordenando la ropa sucia de los niños del templo. Había encomendado a uno de los más pequeños la tarea de fregar, y Pallavi estaba haciendo un gran trabajo al no lavar nada y limitarse a chapotear en la cubeta.

—Te oyen incluso si susurras —le dijo él, y ella lo fulminó con la mirada y juró no volver a dirigirle la palabra. Segundos después rompió ese juramento, por supuesto.

Pero los yaksas se habían vuelto peores. Más crueles. Cuando Ganam y los demás volvieron de Alor sin Priya, Ganam se había humillado ante ellos:

—No pudimos encontrar al yaksa de Alor sin Priya. Lo buscamos sin cesar pero se había ido. Por favor, perdonadnos. Luché con Priya, le rogué que volviera a casa, pero me rompió el brazo y huyó de mí. No tengo la fuerza de un tres veces nacido; no pude hacer nada. Por favor.

Y aún así, la yaksa recién nacida y desenterrada del suelo de Srugna por las propias manos de Priya había despedazado a uno de los hombres de Ganam como a un insecto. Ganam aún sentía el olor de la sangre, oía los gritos.

Reprimió el pensamiento y las oscuras náuseas que lo acompañaban. No le gustaba autocompadecerse pero era difícil evitarlo.

Los yaksas tenían los ojos puestos en Ganam.

Estaban anhelantes, desesperados tal vez.

Era el último que había nacido dos veces.

Pero él les demostró que era cierto que tenía el brazo roto y les dijo que estaba dolorido.

No podía pelear con un brazo roto ni entrar nuevamente en las aguas.

¿Qué sabían ellos del sufrimiento humano, de los huesos humanos? No fue difícil convencerlos.

Hizo lo que Priya le había rogado y trazó caminos cuando lo dejaron en paz.

No le resultó fácil. Fue un trabajo duro hacer circular la magia por el bosque torciendo recorridos que llevarían a los ahiranyis fuera del país.

Cada intento lo dejaba cubierto de sudor, con náuseas y la mente llena del rugido del agua.

Pero marcó cada camino con cuidado e hizo correr la voz con más cuidado aún: ahora había maneras de salir de Ahiranya.

Si la gente no hacía ruido, si viajaba en grupos pequeños y llevaba poco consigo, tendría una oportunidad de escapar.

Las personas comunes y corrientes podrían de escabullirse sin que los yaksas se dieran cuenta, pero Ganam sabía que los demás no. Sin embargo, miraba a los niños del templo y quería más posibilidades para ellos. Miró a Rukh y Padma y sintió que el corazón le daba un vuelco, caliente como el carbón.

Sería casi imposible alejarlos de Ahiranya sin que los yaksas lo notaran. Estaba reflexionando sobre el problema, mirando a los niños, cuando Khalida le tocó suavemente el brazo con una mano húmeda por el trabajo de lavado.

—¿Ahora me hablas? —preguntó Ganam.

—Deberías hablar con nosotros si necesitas ayuda —dijo Khalida—. Conmigo.

Mierda. Bueno, quizá no había sido tan sutil como había intentado.

—Los yaksas —dijo—. No bromeaba cuando te dije que pueden verlo todo, oírlo todo.

—Al menos, cuando se había rebelado contra el imperio había sabido en qué momento la gente lo estaba espiando.

Podía ver a la gente. Un dios que escuchaba a través de las hojas de los árboles era un desafío más difícil—.

A veces sí y a veces no, pero no voy a poneros a todos vosotros en peligro.

—Tengo miedo todos los días —dijo Khalida con voz temblorosa—. ¿Acaso no lo tenemos todos? Si hay algo que pueda hacer, si estás haciendo algo para desafiarlos, quiero hacerlo también. Quiero ayudar. Billu ha dicho lo mismo. Somos muchos, Ganam. Intentémoslo.

Ganam maldijo en voz baja. No quería decir que sí, pero en verdad estaba cansado. Necesitaba ayuda y ¿quién era él para decidir quién debía luchar y quién no?

—La próxima vez que Billu necesite provisiones del bazar dile que las consiga él mismo —dijo—. Y dile que, si ve a alguien que quiera salir de Ahiranya lo lleve a los árboles del este donde crece el banyan y esperen allí hasta el anochecer. Yo me encargaré de lo demás.

Grupo tras grupo de personas huyeron de Ahiranya por los senderos que Ganam había construido.

Grupos de desconocidos, delgados y asustados, acurrucados entre los árboles, que se estremecieron cuando Ganam llegó sin siquiera una antorcha en la mano para guiarlos.

Los condujo a los senderos, les dijo que se fueran sin mirar atrás, que caminaran hasta ser libres.

No se le daba bien tranquilizar a la gente ni convencerla de que hiciera lo que él quería, pero todos estaban desesperados e incluso un hombre grande con un brazo roto que los instaba a correr hacia el bosque era mejor que nada.

Una noche encontró a Ashish esperándolo al volver. El niño del templo, el mayor de ellos, estaba temblando.

—Khalida me dijo que te esperara —dijo y Ganam maldijo a Khalida para sí. ¿Por qué involucraba a los niños?— Ruchi se está muriendo —agregó Ashish. —Los yaksas dicen que está demasiado débil para nacer una vez y no le darán más aguas extraídas de la fuente. Tienes que ayudarla.

Primero se dirigió a los yaksas . A menudo estaban sobre el Hirana o en el Hirana, y ese día las aguas del sangam lo llevaron hasta las ruinas del huerto.

Tres de los yaksas permanecían juntos. Una cuarta estaba arrodillada con el cuerpo desnudo.

La visión lo hizo detenerse. Alcanzó a ver su forma, la curva de los senos y los ángulos de las caderas y el pecho, y no quiso ver más, sobre todo si iban a destriparlo por ello.

Pero había algo extraño en el torso: un enrojecimiento, una savia más roja que verde.

—… fuego —decía uno, y la palabra hizo que los árboles se estremecieran y retrocedieran.

—Sintió la muerte…

—¿Qué me importa el fuego? Mira lo que ha sido de mí —se lamentaba la yaksa mujer con la voz entrecortada—. Y os llegará a todos, lo sé. Cambiamos el mundo para nosotros, pero el mundo nos está cambiando y no puedo…

Las hojas crujieron a su alrededor. Ganam se quedó inmóvil.

—Vete —dijo el yaksa que tenía el rostro de Ashok. Su mirada era más fría que nunca—. No eres bienvenido aquí.

Ganam inclinó la cabeza. La yaksa se deslizó junto a él. Ganam huyó en cuanto la yaksa se fue.

No había pedido una botella de aguas inmortales y ahora era demasiado tarde; no tenía sentido rogar a los yaksas .

Corrió al estudio de Bhumika y registró la habitación, torpemente y con una sola mano hasta que, para su alivio, encontró la última de las botellitas que había escondido Priya, agrietada y medio llena. Tendría que servir.

Fue a la enfermería. Khalida y Shyam estaban junto a la cama de la mujer. Ruchi giró la cabeza al intentar mirarlo, así que él se puso en su campo de visión.

—Tengo algo para ti, Ruchi —dijo Ganam.

Ella trató de hablar pero su boca no emitió ningún sonido.

Cuando se había rebelado contra el imperio, Ganam había visto morir a otros rebeldes a causa de las aguas extraídas de la fuente. Muchos habían llegado al punto en que ni el agua podía salvarlos. Así le pareció que estaba Ruchi con los ojos nublados por el dolor.

Se arrodilló junto a su charpoy , le levantó suavemente la cabeza apoyándola en el hueco de la mano y le dio a beber de la botella de aguas inmortales.

—Ya está —le dijo tras volver a bajarle la cabeza—. Descansa.

Shyam se apoyó en la pared con los ojos fijos en Ruchi. Tenía el rostro sombrío. Khalida acarició el pelo de Ruchi. Ganam observaba la lámpara de aceite de la ventana, el parpadeo de la llama.

Ruchi murió antes de que se apagara la luz.

A todos se les acababa el tiempo. Él lo sabía.

No pasaría mucho tiempo antes de que los yaksas lo arrojaran de nuevo a las aguas. Y moriría, estaba seguro de ello. Después los yaksas recurrirían a los niños y los arrojarían a ellos para ver quién emergería y quién se ahogaría. Matarían a muchos y no quedaría nadie para protegerlos.

Encontró a Rukh solo.

—Ya sabes que he estado construyendo caminos para huir —le dijo. Rukh desvió la mirada—. Rukh, no mientas, sé que me has seguido.

—Creía que se me daba mejor espiar —murmuró el chico.

—Eres pésimo —dijo Ganam un poco bruscamente para ocultar sus ganas de hundir la cara entre las manos y no volver a moverse. A la mierda los yaksas y también Priya por haberle dejado este lío a él.

—Rukh —dijo—. No va a pasar mucho tiempo antes de que deje de ser seguro quedarte aquí, tienes que irte; llévate a Padma. —Rukh abrió la boca y Ganam le aferró el brazo y dejó escapar su desesperación—. Hazlo por ella —agregó—. Sobrevive. Aquí ya no hay esperanza.

—¿Cómo vamos a sobrevivir fuera de Ahiranya? —preguntó Rukh—. Tengo podredumbre. Y Padma es tan pequeña… Moriremos.

—Eres más fuerte de lo que crees —dijo Ganam—. Yo creo en ti, Priya creía en ti. Aférrate a eso, muchacho. Saldrás adelante.

—Solo lo dices para que me vaya —protestó Rukh—. No piensas eso de verdad. ¿Y los demás? ¿Ashish y los más pequeños? Ellos también deberían irse.

Ganam negó con la cabeza.

—Los yaksas los vigilan más de cerca que a ti y a ella. Vosotros dos no sois niños del templo, usa eso a tu favor.

Rukh frunció el ceño.

—Nos iremos cuando no tengamos más remedio —dijo—. Ni un segundo antes. No puedes obligarme a huir Ganam. No los abandonaré, tengo que ayudarlos, extrañan a sus familias y aún no son fuertes, ¿sabes? No como es… como era Priya. Me necesitan.

—Cuando te diga que es hora…

—Me iré —prometió Rukh—. Pero no antes.

—Bien —aceptó Ganam—Joder. Bien.

Aún había una daga enterrada cerca de la enramada de los huesos.

Una que, tal vez, podría herir a los yaksas , que le había hecho daño a él; la desenterraría al día siguiente y pediría a Billu que se la llevara.

A Billu no le haría daño cargarla como le había ocurrido a él.

Rukh y los demás iban a necesitar toda la protección posible.