Capítulo Cincuenta y tres
Priya
S u prisión en Parijat era más cómoda de lo que esperaba. Había una cama, una ventana, holgura en la cadena de su tobillo. Realmente no podía quejarse.
A juzgar por el movimiento de los guardias y la salida y puesta del sol, pasaron dos días antes de que Malini fuese a verla.
Malini esperó hasta que se hizo de noche y hubiera oscuridad salvo por el crepitar de algunas lámparas y el resplandor del cigarro de un guardia. Se abrió la puerta de golpe y algo cruzó el umbral. Priya oyó la voz de Malini:
—Dejadnos.
No hubo protestas, solo pasos.
Priya oyó el susurro de las faldas, el tintineo de algo contra la piedra. Se levantó y dio un paso adelante.
En el suelo, más allá de la puerta, bajo la luz acuosa que entraba a través de los barrotes…
—Vino —dijo Priya en voz alta. Nunca la había tentado el vino, la verdad, pero se inclinó hacia delante y levantó la botella.
Estaba fría en sus manos; estaba claro que la habían mantenido en la oscuridad, igual que a ella.
La abrió y el olor le llegó a la nariz: penetrante, ácido y, por debajo, algo profundo y suave que le hizo agua la boca.
Levantó la cabeza y se encontró con los ojos de Malini que la miraban a través de la celosía. Le dedicó una sonrisa afilada.
—Sé sincera conmigo Malini —le dijo—. ¿Está mezclado con flor de aguja? ¿Lo envenenaste? ¿Hemos intercambiado los roles? Si bebo un trago de esto, ¿me matará?
Malini no habló pero tenía los hombros rígidos y el rostro tenso. A Priya le causó gracia, una sensación amarga y maliciosa que le crujía en el pecho. ¿Qué otra cosa podía hacer sino reír?
—Tienes que admitir que es algo que podrías haber hecho —dijo entre risas—. Te conozco lo suficiente como para saberlo.
Se llevó la botella a la boca, bebió y bebió. Lo único que oía era la sangre dentro de su cráneo. El chasquido de la garganta al tragar.
—¿Y bien? ¿Ya has decidido si te he envenenado? —dijo la voz de Malini.
—Hay formas más sencillas si querías matarme —respondió Priya apoyando la cabeza contra la pared. Sintió la piedra fría—. Podrías haberme estrangulado, podrías haberme cortado el cuello.
—Sí, eso sería sencillo. Rápido.
La voz de Malini habría sido indescifrable para cualquier otra persona, pero Priya oyó la ira que contenía. Ella había aprendido la canción de Malini hacía mucho tiempo. Ese lenguaje todavía estaba con ella, dentro de ella.
—Oh, y no te gusta lo rápido, ¿verdad? Para tus enemigos, no. —“Para mí, no”, pensó.
Bebió otro trago de vino. Antes no había comido mucho de la comida que sus guardias prácticamente habían metido en la habitación de una patada.
Sabía que el vino la iba a afectar como un puñetazo.
No estaba segura de que le importara. Ver a Malini allí ya le había encendido un fuego en la sangre, la había dejado furiosa y eufórica, puro nervio agudo y tembloroso.
—Bueno, también hay otras formas de matarme lentamente. Podrías dejarme aquí abajo sola hasta que me muera de hambre. Podrías torturarme. Podrías sostener tú misma el cuchillo, probablemente lo disfrutarías.
Malini no dijo nada. Tal vez estaba imaginando el placer de ese acto. Tal vez le daba asco.
—No finjas que no lo harías —dijo finalmente Priya.
—No he dicho ni una palabra —respondió Malini. La calma de su voz era terrible; la ira que surgía bajo aquella aparente serenidad, un puño oscuro, cerrado—. Soñaste conmigo. Sabes lo que quiero. Lo que siento.
Priya pensó en las manos de Malini en su boca y en su cuchillo partiendo las costillas de Priya, y la sangre y las flores que brotarían después. Pensó en la suavidad de la boca de Malini, en la urgencia de sus manos en la cintura y los muslos de Priya.
—He leído lo que he podido de tus Mantras de corteza de abedul —dijo Malini—.
¿Hay alguna historia más allá de los Mantras de corteza de abedul sobre la crueldad de tus yaksas Priya?
¿De su maldad? —Malini se inclinaba hacia delante, toda la tensión de su rostro le afilaba la mirada y la voz como a una cuchilla—.
Tantas historias de amor suaves y tiernas, y ninguna de ellas es verdadera.
—¿Suaves? ¿Tiernas? Pensé que tú entenderías esas historias mejor que nadie —dijo Priya—. Puedes amar algo sabiendo que puede destruirte. Quizá lo ames más por eso.
Malini apretó los labios.
—Una vez leí esos cuentos para conocerte mejor. Y aún…
—Aún sigues sin conocerme —la interrumpió Priya.
Malini la miró fijamente.
—Entonces déjame conocerte. ¿Por qué dejaste que te apresara?
Quizá por eso Malini le había dado el vino.
No por amabilidad —Priya nunca había creído realmente que fuera por amabilidad— ni por el deseo de envenenarla.
Tal vez Malini solo había querido desenredarla, desatarla, dejarla ligera y abierta, más propensa a hablar y a dejar escapar algo que no podía permitirse que Malini supiera.
Algo así como “Dejo que me lleves contigo. Te dejo llevarme. Yo también te estoy usando, Malini, mi amor, esperando mi momento…”
—Me enteré de primera mano en Srugna que por fin tienes un arma que nos matará sin matarte a ti —dijo Priya—. Felicidades. —Bebió de nuevo. Juntó valor. Se inclinó hacia adelante—. La cáscara de corazón podría ser suficiente para matar a los yaksas . Quiero ayudarte a usarla.
—Quieres ayudarme —dijo Malini rotundamente—. Tú. Sé que los yaksas están escritos dentro de ti. En tu magia, tu naturaleza, tu fe y tu historia. —Rodeó con la mano uno de los barrotes—. No me mientas Priya, no se te da bien.
—No estoy mintiendo —dijo Priya.
—Me traicionaste por tus yaksas . La podredumbre se extiende por Parijatdvipa y mi gente se está muriendo, debes de estar feliz. ¿Por qué me quieres ayudar ahora?
—Porque la podredumbre también infecta a la gente de Ahiranya —respondió—.
Nuestros campos. Nuestra carne. He aprendido…
Entiendo… —Respiró profundo, su mente flotaba—.
El mundo se pudrirá si los yaksas triunfan.
Todo. Todo lo que nos importa a ti y a mí se perderá.
No puedo permitirlo, por eso estoy aquí.
—Cuando yo gane, Priya, no existirá más Ahiranya —dijo Malini lentamente—. Mi pueblo quiere borrar tu tierra y veo pocas razones para no permitirlo.
—¿ Cuando ganes? —repitió Priya con una mueca burlona—.
No existe ese cuando , Malini. Has perdido la guerra.
Los yaksas ya tienen el mundo, ¿no? Tú misma me lo dijiste.
La podredumbre está por todo el imperio.
Necesitas mis conocimientos si quieres destruir a los yaksas .
Nadie en el mundo los conoce como yo, me necesitas.
Y, a cambio, tendrás que asegurarte de que el pueblo ahiranyi sobreviva. ¿Cómo puedes rechazar un trato así?
Malini apretó los labios.
—Bien —dijo—. Juguemos a negociar. Finjamos que hay una manera de salir de esto en la que yo haga algo más que dejar que te pudras aquí, olvidada en la oscuridad.
Priya sonrió y vio cómo Malini miraba la forma de su boca, el brillo de sus dientes en la penumbra.
—Gracias Malini —dijo—. Es lo único que quiero.