El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Cincuenta y dos
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Capítulo Cincuenta y dos

Priya

L a estaban llevando a Parijat seguramente.

Los soldados de Malini la habían encerrado en un carro.

La única celosía alta tallada toscamente en la madera no estaba lo bastante cerca ni era lo bastante grande como para permitirle ver el paisaje por el que pasaban; el traqueteo sordo de las ruedas y el golpeteo de los cascos de los caballos le dificultaban oír algo que le permitiera orientarse: ni el rumor del agua del río, ni los sonidos de las aldeas locales.

Y, gracias a las esposas mágicas de piedra que llevaba en las muñecas, nada de verdor.

No había imaginado lo que sentiría al perder su poder pero era… desorientador. Sabía lo que debía sentir, pero cuando lo buscaba, constante y compulsivamente, no había nada.

Dormía mucho. Estaba bastante segura de que la comida que le daban no estaba envenenada, pero el aburrimiento le impedía hacer otra cosa.

La única vez que veía a otras personas era cuando le traían la comida o cuando la sacaban del carro a punta de espada para que hiciera sus necesidades. Lo cual era una gentileza, supuso.

Sus guardias se volvieron más descuidados a medida que pasaba el tiempo. A veces los oía hablar mientras conducían el carro, con voces que subían y bajaban en murmullos casuales. Aprendió el nombre de la piedra que la controlaba.

Cáscara de corazón. ¿Por qué se llamaba así? Era un nombre extraño. Tal vez sonaba diferente en un idioma que no era el zaban.

Las esposas de las muñecas y la cadena del tobillo eran imposibles de ignorar.

Sonaban cada vez que se movía y, como iba en un carro en movimiento, ella también se movía con frecuencia.

Una vez, a la luz de un débil rayo del sol, examinó los eslabones.

No estaban unidos por ningún metal aparte del cierre a la altura del hueso del tobillo.

Eran pura roca tallada y alisada hasta alcanzar un brillo resplandeciente.

Lo que era aún más difícil de ignorar era la presión que sentía en la cabeza, como si los yaksas intentaran ir a su encuentro.

A veces se despertaba y sentía sobre ella el fantasma de su contacto: los ojos inmóviles y sin párpados, las manos que se estiraban para tocarla y las bocas de corteza y espinas que pronunciaban su nombre para atraerla de nuevo hacia ellos.

No podían por la piedra que le rodeaba las muñecas.

Malini estaba haciendo un buen uso de la cáscara de corazón.

Los guardias la llevaban consigo en el filo de las espadas y también alrededor de la garganta, igual que los ahiranyis llevaban cuentas de madera sagrada; Priya casi se rio al darse cuenta.

En realidad no eran tan diferentes unos de otros por debajo de las miles de diferencias que sí tenían entre sí.

Todos temían a algo que estaba en la oscuridad, algo que solo podían mantener a raya pero nunca vencer.

Se abrió la puerta y una silueta subió a la madera chirriante del carro. Priya se enderezó.

—Sima —exclamó.

Sima dio un paso más. La alegría atravesó a Priya: Sima estaba viva, estaba a salvo. Sima estaba…

—Pri —respondió con una sonrisa tensa. Tenía los ojos húmedos y brillantes, los puños apretados a los lados del cuerpo. “Cuidado”, decía su expresión.

El carro estaba quieto. Había suficiente silencio como para que Priya pudiera oír el movimiento de los cuerpos a su alrededor. Los guardias estaban escuchando.

Sima iba vestida como una mujer alorana, con un churidar estrecho y una túnica holgada de estilo masculino. No llevaba chal. Su rostro estaba oscuro como el sol, dorado en la nariz y las mejillas. Parecía tan fuerte como siempre, pero también… parecía que sonreía menos.

—¿Estás herida? —preguntó Sima tras un rato de silencio—. ¿Eso… te hace daño? —Señaló la cáscara de corazón que rodeaba las muñecas de Priya.

—No —respondió—. Solo raspa un poco. Sima, me alegro mucho de que estés a salvo. Y te he echado de menos. —Tragó saliva—. De verdad que sí.

—Oh, Pri. Yo… —Se detuvo y meneó la cabeza—. Mataste a Romesh —dijo—. Eso me dijeron. ¿Es verdad?

Priya sintió un golpe de dolor y culpa en el pecho.

—Así es —respondió—. No fue mi arma pero fue culpa mía.

Sima bajó la cabeza.

—No voy a poner excusas pero lo siento —continuó Priya en voz baja—. Tienes derecho a estar enfadada conmigo.

—Claro que estoy enfadada —dijo Sima también en voz baja. Levantó la cabeza. Tenía los ojos húmedos—. Estoy muy enfadada contigo. Creo que nunca podré perdonarte. Tú… tú hiciste eso. Y me dejaste…

Priya asintió, con la garganta apretada.

—Lo hice —dijo.

—Eres horrible —le reprochó Sima—. Una absoluta mierda. —Se frotó los nudillos sobre los ojos y la cara húmeda, con rudeza—. Trata de hacer lo que la emperatriz quiere. Por favor, Pri. No te mueras ahora. Nunca te lo perdonaré.

Priya quiso alcanzarla, quiso estrecharla en un áspero abrazo para que ambas pudieran llorar de la manera desagradable y horrible en que solo se puede llorar con una amiga. En cambio, levantó las manos y se secó torpemente los ojos.

—Haré lo que pueda —dijo—. Pero por ahora di a los guardias o a la emperatriz o a quienquiera que te haya dejado venir aquí que no te ofreceré nada útil. Si la emperatriz quiere respuestas debe venir ella misma a hablar conmigo.

Había visto a Sima sana y salva. Ahora sabía que estaba bien. Le bastaba con eso.