Capítulo Cincuenta #3
—Arrodillaos —les dijo—. Comenzaremos a orar. Buscad a vuestro dios.
—¿Y tú? —preguntó Ishan.
—Buscar al dios sin nombre es vuestra tarea. Yo no tengo dioses a los que recurrir —dijo ella—. Lo que necesito está dentro de mí.
Ella también se arrodilló y cerró los ojos. Y respiró y respiró.
No abandonó su cuerpo, tampoco rezó; se arrodilló con los ojos cerrados en la oscuridad vacía, vasta y aterciopelada que había debajo de ella.
Un lago que antes se había abierto al dios sin nombre y al vacío en el que residía el dios. Una parte de ella también sentía el vacío arrodillada sobre sus restos.
Sus centinelas la rodeaban. Contra la oscuridad, brillaban con una luz inmortal.
—¿Quieres beber?
—Primero decidme qué sois para mí —dijo Bhumika con calma. Estaba dentro de los confines de su mente, donde tales cosas podían decirse.
—Somos tuyos —dijo un centinela—. Tus parientes, nacidos y ahogados en el templo, enredados para siempre en la maleza de la magia; cargamos con el conocimiento que tú no puedes cargar. Somos tu dolor más antiguo, olvidado.
Bhumika tragó saliva buscando fuerzas en su interior.
—Ahora estoy preparada para sentir el peso del conocimiento —les dijo.
—Te dolerá —dijo otro centinela con la voz de un niño terriblemente pequeño—. Te hará llorar. —El rostro que la miraba a través de la tela tenía unos ojos negros y profundos, unos huecos horribles—. Lo sabemos.
—Gracias por llevar la carga por mí —dijo ella suavemente—. Hacedme la pregunta ahora. Estoy preparada y responderé.
Un coro de voces preguntó:
—¿Beberás?
—Sí.
—¿Qué beberás?
Fluía agua verde, roja y dorada de los cuencos que llevaban y de su piel.
—Sangre del corazón. Inmortalidad. Alma. —Ella los conocía.
—Esta —dijo, abriendo las palmas de las manos de un chico para tomar su cuenco—. Beberé esta.
Un suspiro que era como una canción los recorrió a todos.
Pero el niño que sostenía el cuenco lo sujetó con más fuerza. Sus nudillos, bajo el agua perlada de su piel morena moteada, estaban rosados por la tensión.
—Si les das este conocimiento condenas a los de tu especie —dijo con una voz llena de urgencia—. No bebas, hermana.
—Condeno a los yaksas —dijo Bhumika—. Solo a los yaksas .
—Darás a estos forasteros el conocimiento que les permitirá destruir a Ahiranya —dijo—.
No solo a los yaksas sino a todo lo que contiene Ahiranya.
A todos los que amas. —El chico se inclinó hacia delante, y ella olió agua salada en su aliento—.
Una vez perdonaron a los ahiranyis —dijo—.
Humanos y degradados, nos permitieron continuar cuando la Era de las Flores se marchitó.
No volverán a cometer el mismo error. Los parijatdvipanos aniquilarán a nuestro pueblo.
—Debí saberlo antes de sacrificar todo lo que soy —replicó finalmente Bhumika—. Debí creer que valía la pena el precio a pagar.
—Tienes una hija. —Se vislumbraron unos dientes bajo la tela empapada—. ¿Serás otra de las nacidas en el templo que sacrifica a sus hijos por un bien mayor? Sabes lo que nos hicieron, Bhumika.
—No entiendo —dijo ella, extrañamente entumecida.
Él se rio.
—Algún día lo entenderás. No les des todo —le rogó—. Una vez que lo sepas todo, guárdate un fragmento de conocimiento. Hazles jurar que Ahiranya estará a salvo antes de poner toda la verdad en sus manos.
—Por supuesto —dijo en voz baja—. Les haré jurar y volveré por mi hija. Volveré por los ahiranyis y los protegeré. Ahora dejadme beber.
—Bebe si quieres entonces. Pero ahora lo sé: te afligirás hermana. Sepas el motivo o no, te afligirás.
“Deja que me aflija entonces”, pensó. “Solo deja vivir a esta gente”.
Extendió las manos, con las palmas juntas. El agua roja se vertió en ellas, se derramó, cayó. Pero recogió lo que pudo, como una mujer en oración, y acercó las manos a los labios.
Bebió. Fue una agonía. Volvió a beber. Pensó que se ahogaría, que no podría continuar. Era como tragar cuchillos, se le partiría el cráneo. De pronto se sintió agradecida por sus centinelas. Si hubiera tenido que cargar todos los días de su viaje ese dolor que era como un grito, habría muerto.
Bebió más. Más. Más.
Por fin, su conocimiento le habló libremente y supo lo que había que hacer.
Abrió los ojos y miró a los sacerdotes arrodillados a su alrededor. A Jeevan, de pie en la puerta de entrada, con el sable desenvainado. Al príncipe Rao, apagada su luz por la daga de piedra. El conocimiento, pleno y completo, le produjo náuseas. Deseó poder llorar.
Pero todo poder tiene su precio. Todos los que estaban en el monasterio perecerían cuando el yaksa llegara. Era mejor esto, esta cosa horrible que llevaba consigo, antes que la muerte de todos.
Tal vez antes había sido una mujer capaz de tomar decisiones difíciles. Tal vez aún lo era.
Se le retorció el corazón como un nudo. Respiró hondo y liberó todo el dolor y el amor que la atravesaba como si fuera oro. Miró a los sacerdotes que la rodeaban y sus ojos que veían profundo y lejos, sus ojos cargados de fe. Y dijo:
—Dejad que os enseñe cómo se mata a un yaksa .