Capítulo Cincuenta #2
—El dios sin nombre habla de muchas maneras, de muchas formas.
A través de visiones, sí, pero también por otros medios.
A través del instinto, a través de nuestros sabios y maestros, de nuestros padres.
A través de la carne de un hombre y la voz de una mujer.
—Se detuvo y se volvió hacia el sacerdote principal que se estremeció, como golpeado por las llamas de los ojos de Rao—.
El dios sin nombre habla —dijo finalmente—.
Y vosotros… nosotros… no hacemos caso a nuestro dios.
—Se llevó una mano al pecho—. Lo siento.
—La tierra volvió a temblar. Uno de los chicos gimió y Manjeet lo apretó con fuerza, mirando inquisitiva a Bhumika y solo a Bhumika.
—Yo también siento al dios sin nombre —dijo Ishan.
Dio un paso adelante—. Señora —continuó—.
Cuando rezaste sentí a nuestro dios. Sé que no estoy solo.
—Miró a sus compañeros sacerdotes—. Hermanos, lo habéis sentido.
¿Cómo podríais no sentirlo? Estábamos destinados a estar aquí, a aprender de ella y salvar a nuestro pueblo de los yaksas .
Una ola de asentimiento recorrió al grupo de sacerdotes. No a todos pero fueron suficientes. La expresión del sacerdote principal era ilegible; sus ojos, duros, pero dijo, con pesadez y esperanza:
—Obedezco a mi dios.
A los aldeanos se les dijo que abandonaran la sala escoltados por los guardias. Se esconderían en el otro extremo del monasterio donde, con suerte, estarían a salvo de lo que se avecinaba. Los sacerdotes más jóvenes insistieron en que el sacerdote principal Sunder se uniera a ellos.
—Por tu seguridad y por el futuro del monasterio —insistió Ishan con seriedad y el sacerdote principal cedió.
Manjeet se despidió de Bhumika con una grave inclinación de cabeza mientras guiaba a Gulnar a la salida. Bidisha esperó hasta el final y caminó unos pasos hacia Bhumika antes de detenerse.
—Eres una maldición —le dijo. Le temblaba la voz. Paseó la mirada de los sacerdotes y los soldados a Bhumika. También había desafío en sus ojos; con valentía, agregó—: tú atrajiste este mal hasta aquí. No soy sacerdote, ni señor o señora de la nobleza, pero sé que no podemos confiar en ti.
—No debes estar en esta habitación por lo que vendrá después —dijo Bhumika suavemente—. Ve con los guardias, mantén a tu gente a salvo; no volverás a verme, te agradezco la amabilidad que tú y tu gente me habéis mostrado.
Bidisha apretó los labios. Movió la cabeza, se dio la vuelta y se marchó. El príncipe Rao se dirigió hacia Bhumika mientras los demás aldeanos abandonaban la sala.
—Habla conmigo a solas Señora Bhumika —le dijo. Era una orden, no una petición. Ella asintió y lo siguió fuera de la sala. Lanzó una breve mirada a Jeevan. “Espérame”, intentó decir con los ojos. “Confía en mí”.
Jeevan tenía los labios apretados por la tensión pero inclinó sutilmente la cabeza para indicar que comprendía.
El príncipe Rao condujo a Bhumika a una alcoba. A lo lejos se oían los pasos de los aldeanos y las voces bajas de los soldados aloranos y los sacerdotes.
—Príncipe Rao —dijo ella, antes de que él pudiera hablar—. Tu arma. Tu daga de piedra. Mata la magia, ¿no es así?
—Me han dicho que la piedra es lo suficientemente poderosa para luchar contra los yaksas —respondió él—.
Sé que es un arma que puede herir a los siervos de los yaksas .
—Dijo las palabras con franqueza, sondeándola con la mirada.
Cuando ella se la sostuvo, sin ofrecerle la reacción que él buscaba, negó con la cabeza y continuó—.
Ya me había jurado a mí mismo que protegería el monasterio con todas las armas que tengo antes de que el sacerdote principal me hablara de ti.
Puedo luchar contra los yaksas y lo haré.
—Y, sin embargo, intercediste por mí ante el sacerdote principal —dijo ella—. ¿Para qué utilizar mis conocimientos, si crees que ya tienes la clave para destruir a los yaksas ?
La sonrisa de Rao carecía de alegría.
—No puedo ignorar la fe sin nombre cuando habla mi dios —dijo—. ¿Qué derecho tengo a ser tan insensato?
Sacó de su túnica la daga de piedra. Debía de habérsela quitado al soldado al que se la había entregado y la había ocultado para ese momento, aunque ella no supo inmediatamente por qué.
Solo cuando la extendió con la hoja hacia ella se dio cuenta de que planeaba amenazarla.
Sus ojos, humanos y sin brillo, eran fríos.
—Pero te prometo Señora Bhumika que, si resultas ser una traidora y una mentirosa, yo mismo te atravesaré el corazón con esta daga.
Ella extendió la mano con la palma abierta.
—Déjame ver esta arma que me matará —dijo. Cuando él no se la cedió ni le atravesó el corazón, ella agregó suavemente—: ¿Tanto me temes, príncipe Rao?
—He visto de lo que son capaces los de tu clase —dijo él. Pero le puso la daga en la palma de la mano.
Ella no sintió nada.
Nada de nada. Estaba muda por dentro; ya no le dolía la cabeza, ya no rugían las aguas dentro de ella. La ausencia de magia era absoluta.
Le devolvió la daga, le temblaba la mano débilmente.
—El yaksa vendrá aquí —dijo después de un rato, cuando recuperó la voz—. Pero necesitaré acorralarlo. ¿Puedes hacerlo con tu arma de piedra?
—Lo intentaré —respondió él.
—El yaksa temerá la piedra cuando la sienta —dijo Bhumika. Esperaba que el horror que ella misma sentía no se le notara en el rostro pero estaba segura de que así era—. Eso te dará cierta ventaja y será joven, recién renacido. Eso también ayudará.
Él guardó la daga y se dispuso a irse, pero ella todavía no podía dejarlo ir.
—Príncipe Rao. —Él hizo una pausa para mirarla—. Pase lo que pase aquí, espero que cuidéis de los aldeanos que viajaron conmigo. Su hogar ha sido destruido. Si hoy sobreviven al yaksa , mañana morirán de hambre si no cuentan con ayuda.
La mirada fría de Rao, finalmente, se descongeló un poco.
—Si sobrevivimos, hablaré con el sacerdote principal y con un señor noble que vive cerca de aquí —prometió—. Me aseguraré de que sean atendidos.
—Gracias —respondió ella en voz baja.
—Vamos —dijo él un poco incómodo. —Tenemos que volver.
Ella regresó a la sala. Los aldeanos se habían ido. Un puñado de sacerdotes, muchos de ellos jóvenes, la esperaban con una luz ferviente en los ojos.