El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Cincuenta
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Capítulo Cincuenta

Bhumika

L os aldeanos no fueron invitados a entrar en el monasterio hasta la mañana, lo que los dejó preocupados y especulando durante toda la noche. Se sentaron en grupos en el granero a esperar que amaneciera y poder evaluar con buen juicio lo que ocurría.

Manjeet aguantó la espera estoicamente pero Bidisha estaba furiosa.

No dijo nada a Bhumika, pero su mirada era feroz y sus susurros a las otras mujeres no eran sutiles.

Culpaba a Bhumika de la difícil situación en la que estaban.

Bhumika las había animado a romper los tabúes de la aldea; Bhumika había traído su persona y su sangre ahiranyi a la aldea, ¿y qué había sucedido a su paso?

Habían surgido caminos extraños y podredumbre, y habían tenido que exiliarse de su hogar, nada más que destrucción y dolor.

Bhumika sabía que romper los tabúes no había llevado a la aldea a la ruina pero seguía preguntándose si Bidisha tendría razón al culparla por su mala fortuna.

Tal vez su sola presencia había sido suficiente.

Guardó silencio toda la noche, con el cuerpo de Jeevan a su lado como un consuelo cálido y sólido.

Cuando el príncipe Rao regresó, con los guardias del monasterio detrás, los aldeanos se pusieron en pie. El miedo era palpable.

El sacerdote Ishan se adelantó y levantó las manos en un gesto conciliador.

—Venid con nosotros —les dijo—. Os prometo que no sufriréis ningún daño.

Los aldeanos se armaron de valor y lo siguieron tras una breve vacilación.

El bosque estaba aún más podrido más allá de los graneros. Bhumika alcanzó a oler el débil hedor. Los árboles lejanos, borrosos a la luz, estaban moteados como carne fría.

Se oyó un ruido atronador. Los árboles se doblaron y se mecieron sobre ellos, aunque no había viento que los moviera. El suelo tembló.

A Bhumika se le aflojaron las rodillas. Se detuvo justo a tiempo y mantuvo el equilibrio, aunque su visión oscilaba violentamente.

Sintió despertarse al yaksa bajo la tierra, con los ojos de savia abiertos y la boca abierta en un grito estrepitoso.

Y sintió algo más. Algo la había tocado por un momento: la imagen vertiginosa de una mujer más joven con el pelo lacio y una sonrisa torcida que se volvía hacia ella, un yaksa con la boca llena de espinas y de pronto nada.

Era como si una gran presencia la hubiera rozado a ella y al yaksa recién nacido, y luego se hubiera desvanecido.

—Estaba cerca —susurró una centinela, una chica de cuya larga trenza brotaba agua y de su voz anhelo.

—¿Quién? —preguntó Bhumika. No creía que su fantasma hablara del yaksa . Jeevan la miró con dureza.

La centinela negó con la cabeza y se desvaneció en la bruma matinal.

Bhumika tomó aire para reunir fuerzas y se enderezó.

—El yaksa —le dijo a Jeevan—. No tenemos más tiempo, está despertando.

El suelo volvió a temblar. El príncipe Rao dio un paso brusco hacia ella.

—¿Puedes parar esto? —le preguntó—. Eres una mayor.

—Ella no se acuerda de sí misma —dijo Jeevan con dureza, cortando las palabras del príncipe Rao—. Mi señora puede darte el conocimiento de cómo matar a los yaksas , pero más allá de eso no te debe nada.

—Me sacrifiqué por este conocimiento —dijo Bhumika.

Su visión empezaba a asentarse, pero le dejó una sensación de náusea—.

Cualquier poder que hubiera tenido ya no lo tengo.

Pareces enfadado conmigo príncipe Rao. Lo lamento.

Pero sea cual sea la deuda que tenga contigo, no puedo pagártela.

—Extendió las palmas de las manos—.Lo que ves ante ti es un fantasma en muchos sentidos.

Por un momento pareció alterado. Luego cambió de expresión y su mirada se convirtió en algo mucho más decidido y concentrado, carente de suavidad.

—¡Moveos rápido! —gritó—. ¡Todos!

“Rápido” era difícil; había ancianos y niños pequeños en el grupo. Pero pronto subieron las escaleras del monasterio y entraron en los pasillos de piedra gris. La luz parpadeante de las antorchas los guio hasta una puerta. Un sacerdote anciano los esperaba.

—Llevadlos dentro —ordenó a los guardias y a Ishan. Inclinó la cabeza en señal de respeto al príncipe Rao y se alejó rápidamente.

Entraron. La habitación era grande y circular, pero lo primero que notó Bhumika fue que se parecía al lago del caravasar.

Como un estanque oscuro, una puerta, un portal más vasto y extraño que cualquier sendero del buscador.

Le latía el corazón con fuerza. ¿Cuán poderoso se habría sentido estar en ese lugar cuando aún contenía las aguas?

—Esta sala —murmuró asombrada. Se giró, un lento arco que le permitió contemplar las curvas de las paredes, la piedra teselada del suelo que se abría como una flor y el círculo de figuras fantasmales empapadas de agua que la rodeaban ahora.

Jeevan no veía a ninguna de ellas, solo seguía los movimientos de Bhumika con la mirada mientras una mano descansaba cerca de su sable, precavido ante alguna amenaza.

Jeevan había estado alerta desde que el príncipe alorano había levantado la daga.

Más allá de la media luna que formaban los fantasmas de Bhumika se apiñaban los aldeanos, pero no representaban ninguna amenaza para ella.

Solo el príncipe alorano llevaba un arma, enfundada en el cinturón y con la mano en la empuñadura, y la miraba a ella —y a su lento movimiento de asombro— con confusión.

—¿No lo sientes, príncipe Rao? —preguntó Bhumika. Rao negó con la cabeza.

—No, mayor Bhumika —dijo—. No te entiendo.

“Mayor”. Otra vez esa palabra, Bhumika la dejó pasar sin cuestionarla. Ahora no era el momento de preocuparse por su pasado.

No eran los centinelas guiándola, sino su sentido común. Bajó la mirada hasta la extraña daga de piedra que él llevaba en la cintura. Cuando había soltado la hoja le habían brillado los ojos y ella sintió que el conocimiento se agitaba en su interior al reconocer aquella luz.

—La daga que llevas —dijo Bhumika—, la que está hecha de piedra oscura. Déjala en el suelo.

Rao no se movió. Entonces, ella dijo suavemente:

—¿Crees que te la quitaré? Dásela a uno de tus soldados si lo prefieres.

—Pasó otro instante, y él se sacó la daga del cinturón y se la tendió a uno de sus hombres, que la tomó.

Ella lo vio suspirar y abrir los ojos de par en par.

Una luz estrellada le brilló en los ojos y luego se desvaneció una vez más.

—¿Qué es este lugar? —preguntó Rao.

—Esto es lo que hace sagrado al monasterio príncipe Rao.

—El sacerdote principal entró en la habitación, su inmensa voz lo precedió—.

En la Era de las Flores aquí había un lago sagrado.

Aquellos que lo contemplaban caían directamente en los brazos de la fe sin nombre y tenían visiones tan vastas que los llevaban a la locura.

—Movió la cabeza. —La gente común asegura que ese lago ahora se encuentra más allá del bosque, en un caravasar.

Pero lo que queda de él está debajo de nosotros.

Se adentró en la sala. Sin detenerse y sin darse cuenta, pasó a través de uno de los centinelas fantasmales, pero no lo sintió. Se inclinó hacia delante y tocó devotamente el suelo con una mano.

—Divyanshi rezaba aquí —dijo—. El agua se fue con ella cuando partió.

Bhumika vio cómo Manjeet empujaba bruscamente a una de las mujeres que estaban a su lado por el rabillo del ojo. El grupo inclinó la cabeza en señal de reverencia poco a poco.

El sacerdote principal no parecía haberse dado cuenta de la falta de piedad que habían mostrado antes, ni de la devoción repentina que exhibían ahora. Centraba la atención en Bhumika.

—Mis sacerdotes dicen que aseguras que viene un yaksa —dijo.

—Solo digo la verdad —respondió Bhumika inclinando la cabeza en señal de respeto—. El bosque habla con más fuerza de la que podrían tener mis palabras. Ya ves lo que ha sido de él.

—Sí—. Hizo una pausa. Ella vio que la expresión de su rostro luchaba entre el desagrado y la esperanza—. ¿Eres capaz de matar a un yaksa ?

—Puedo compartir el conocimiento de cómo hacerlo —dijo ella—. No puedo hacerlo yo misma.

—Hija —dijo él formalmente—. Has venido aquí en busca de la ayuda de los sacerdotes más sagrados de la fe sin nombre y si puedes demostrar tu poder la obtendrás.

Más sacerdotes entraron en la habitación detrás de él, solemnes y vestidos de azul.

Debería haberse sentido exultante por contar con la confianza del sacerdote principal, pero sus ojos se dirigieron inexorablemente hacia Rao, hacia aquel hombre de ojos llameantes que sentía el poder de aquel lago muerto con tanta fuerza que incluso ahora temblaba, incapaz de apartar la mirada de ella.

—Demuéstranos —dijo el sacerdote principal—. Demuestra que no eres una embaucadora, una charlatana o una loca. —Torció la boca—. Te lo imploro.

—El yaksa despertará y vendrá aquí —dijo Bhumika—.

Vendrá a destruir tu monasterio sagrado y este espacio sagrado.

—“Vendrá por mí” pensó, pero no lo dijo.

Esa era la verdad que le serviría como un cuchillo en su propia garganta—.

No puedo darte ninguna prueba que no te obligue a enfrentarte a ello.

El sacerdote principal endureció el gesto pero Bhumika miró de nuevo a Rao.

—Príncipe Rao —lo llamó y sintió la extrañeza de su propia voz, tan profunda como había sido cuando había suplicado fuera del monasterio, cuando solo el joven sacerdote le había prestado atención—. ¿Qué ves?

—Fuego —dijo él con voz áspera—. Veo fuego. Y veo la oscuridad de la fe sin nombre. Y veo… el vacío, veo terribles peligros en el futuro. —Se le quebró un poco la voz al pronunciar esa palabra. La miró a los ojos—. ¿Y tú, mayor Bhumika?

—Veo tu fe —dijo ella— y sé que te guiará.

Él se estremeció. Maldijo, dando forma a las palabras sin emitir sonidos. Luego dijo abruptamente:

—Yo la creo.

—Príncipe Rao —dijo el sacerdote principal, con voz grave por la preocupación—. ¿Tú…?

Rao movió la cabeza y volvió a hablar.