Capítulo Cuarenta y nueve
Priya
E ra la primera luz del día, blanca azulada como la leche, cuando Priya se acercó al lago.
Sintió el agua profunda, estancada y quieta, con cientos de flores de loto que brotaban de los tallos enmarañados.
El lago Utpala. Lo había visto en los conocimientos que Mani Ara le había dado sobre los yaksas durmientes y dónde encontrarlos.
Era el lugar que le había mostrado a Malini en sueños para que supiera dónde buscarla.
No lograba sentir la presencia de Malini, por mucho que la buscara con toda su magia.
En cambio, más allá del lago, mucho más allá, sintió un denso bosque.
Bajo aquel bosque, el yaksa que Mani Ara le había mostrado se movía inquieto: una conciencia que despertaba, que se desenrollaba bajo la tierra, que respondía a su presencia.
El yaksa tendría que despertar solo. Priya no podía ayudarlo ahora.
El lago estaba rodeado por un caravasar, un lugar de descanso para los viajeros y un mercado a la vez. Debería haber sido bullicioso, pero estaba en silencio.
No había nadie.
No era una trampa, las trampas deben ser sutiles; el silencio del caravasar era una invitación. Malini había preparado el camino y la estaba esperando.
Priya cruzó los portones que estaban abiertos y sin vigilancia. El caravasar era un anillo de tiendas y puestos vacíos.
En el centro, el lago era un inmenso disco azul repleto de flores del color de las venas de las muñecas. Caminó hacia allí, se detuvo junto a la orilla y observó los lotos.
No percibió podredumbre en ellos. Se sentó en la orilla y metió las piernas en el agua. Se le mojaron las ropas y el ruedo de su túnica se hinchó; el blanco se volvió negro azulado en la turbia oscuridad.
Pasó el tiempo y pasó más tiempo. No había rastro de Malini. Exhaló, inspiró e hizo crecer flores en los bordes de las paredes del caravasar. Jazmines en su mayoría, salpicados de flores de aguja.
Quizá se había mentido a sí misma. Tal vez el sueño solo había sido un sueño después de todo, tal vez Malini no lo había entendido.
Tal vez el único futuro que realmente le esperaba era el de ser una calabaza hueca, un recipiente perfectamente formado para contener a Mani Ara.
Ser ella misma y al mismo tiempo no ser ella misma.
No habría manera de escapar de esos brillantes dientes espinosos, de esa voz que la llamaba “mi amada” y “pequeña”, y le pedía que se quebrara y se quebrara y se quebrara.
—Gracias por anunciarte tan claramente —dijo una voz. Se propagó como un pájaro de alas oscuras que se posó en los oídos y en el corazón de Priya en el silencio del caravasar vacío —. No estaba segura de cuándo vendrías.
Priya sacó los pies del agua, se puso de pie y se giró. Y allí estaba ella. Malini.
La misma, siempre la misma, tal como Priya la había soñado: delgada y alta, con esa trenza de pelo negro rizado, esos ojos grises que podían clavarse en ella y sostenerla. No sonreía. Vestía de blanco, un sari plisado con bordes afilados como un cuchillo, y llevaba una armadura sobre el torso.
Priya echó mano de su poder. No había necesidad de hacer temblar la tierra ni de hacer emerger espinas del suelo, todavía no, pero tenía preparadas esas armas. Malini la miraba fijamente, pero había algo en sus ojos, algo que le decía que ella sabía.
—No hay necesidad de eso Priya —dijo suavemente, confirmando sus sospechas—. Sal del agua.
Priya salió. En el verdor, no podía sentir nada ni a nadie.
—¿Dónde están tus guardias? —preguntó—. ¿Y tus guerreros? No los siento. No te siento. —Se acercó un paso más—. ¿Por qué no puedo sentirte?
—Estoy sola.
—No serías capaz de venir hasta aquí sola para enfrentarme.
—Me enfrenté a Chandra sin mis guardias ni mis guerreros —dijo Malini con calma; su rostro encantador estaba vacío de expresión—. Me enfrenté a él solo con mi fe.
—Corriste un riesgo pero sabías que era tu mejor oportunidad contra él. Tenías… aliados. —Priya se interrumpió. Malini caminaba hacia ella, viva, real y de carne y hueso.
—Creo que tal vez eres mi aliada contra ti misma —dijo mientras se acercaba. Priya oyó el tintineo del sable contra su cadera. El oro de las joyas de su garganta y de sus muñecas brillaba—. ¿Por qué me dijiste dónde encontrarte?
“Para que Mani Ara no pudiera utilizarme. Para ponerme fuera de su alcance, para poder trazar una tercera vía”.
—Tal vez quiero ver lo que harás, Malini —dijo—. Ahora que me tienes.
—Ah, Priya —dijo ella—. Todavía no te tengo.
—¿Crees que lucharé?
Malini suspiró y sonrió. Levantó la mano y tocó descuidadamente el oro de su garganta.
—¿Lo harás?
—¿Tratarás de matarme?
Malini tenía los ojos negros como la brea y una expresión suave que decía a Priya que su odio era profundo, tan profundo como las inmortales aguas del Hirana.
—Te trataré exactamente con la misma cortesía con la que tú me trataste, por supuesto —dijo Malini—. ¿Qué más?
Priya apretó y aflojó las manos, preparándose. Quizás no su cuerpo pero sí su corazón.
—Tienes más derecho a mi muerte que casi nadie —dijo—. Si alguien pudiera matarme… Pero todavía no voy a morir, no quiero.
Malini se movió, veloz, y Priya no esperó a ver qué le haría cuando estuviera cerca: qué sable le ensartaría en el estómago, qué aguja le clavaría en la garganta.
El suelo estalló alrededor de ambas. Un muro de tierra y roca se elevó para mantener a Malini a raya y más espinas brotaban del suelo para alejarla, alejarla, alejarla.
Priya era una tonta, lo sabía, pero incluso ahora no quería hacerle daño. Incluso ahora.
Malini saltó hacia delante y enroscó el collar de oro que antes tenía alrededor de su garganta en el cuello de Priya, con toda reverencia, como si fuese una guirnalda nupcial.
Después, apretó el puño y convirtió el collar en una horca. En cuanto el collar le tocó la piel, Priya sintió lo que había bajo el oro. Algo frío y oscuro que se adueñaba de su poder y lo estrangulaba: el arma que había herido a Ganam, la piedra de la que estaba hecha la daga.
El suelo se paralizó. Priya inhaló un suspiro ahogado y otro, el collar se aflojó pero no abandonó su garganta.
De la oscuridad surgieron unas siluetas. Soldados.
—Tenías razón —dijo Malini—. Mentí. No he venido sola. ¿Te rendirás Priya?
—No —respondió. Miró a su alrededor en busca de una salida, pero Malini, la inteligente Malini, ya la tenía atrapada.
—Lo hiciste tan simple… Pensé que te esforzarías más.
Los soldados avanzaron, Priya no los había sentido acercarse. La piedra que llevaban, la misma que ahora le rodeaba la garganta, los había mantenido ocultos de su magia, igual que había ocultado a Malini. Trató de apartarse pero la mano de Malini no cedió y la otra se alzó, empuñando una espada.
Apuntó el filo a la garganta de Priya.
—Sé que no necesitas tus dones para luchar —susurró Malini—. Si te mueves te corto. Así que, mi amor, ¿vendrás conmigo?
La única respuesta posible fue sí.