Capítulo Cuarenta y ocho
Varsha
E l sacerdote Mitul había pedido información a Varsha; no le había dicho qué debía buscar exactamente.
Cada vez que se reunía con él en los jardines del templo o le escribía cartas tarde por la noche, le contaba una retahíla de historias verídicas que para ella no significaban nada.
Historias de las disputas entre algunas de las mujeres de la corte de la emperatriz.
Sobre la frialdad de la sabia de la emperatriz, Lata, que se preocupaba más por los libros y la administración que por las cuestiones más elegantes de la corte.
Y le habló de las veladas que celebraban las mujeres, donde bebían vino o sherbet , o fumaban en pipa y cotilleaban sobre nada y sobre todo: las propiedades locales, quién había tenido un heredero y quién no, y lo que pensaban de las decisiones de la emperatriz.
Varsha empezó a comprender con el tiempo el valor que podían tener para él esas historias: cómo se podía extraer de ellas la verdad, cruda y poderosa, que podía utilizarse para cambiar el equilibrio del poder dentro del imperio.
Pero no fue Mitul quien se lo enseñó. Fue Deepa.
Deepa ayudaba a Lata; era una mujer de alta cuna, hija del Señor Mahesh, que ahora servía en la frontera de Ahiranya. Su padre había traicionado a la emperatriz una vez pero Deepa le había sido leal y como resultado, era una mujer rica y poderosa por derecho propio.
Pero no ejercía su poder como la emperatriz: con joyas, espadas y ojos fríos y penetrantes.
Era suave, gentil y recibía a Varsha con una sonrisa cuando le hacía compañía.
Nunca se enfadaba cuando Varsha llevaba a Vijay con ella.
Aun cuando lloraba o se ponía enfermo —y Varsha deseaba que alguien le hubiera advertido con qué frecuencia vomitaban algunos bebés—, Deepa permitía que Varsha la acompañara en sus tareas.
A menudo se sentaban juntas en el estudio de Deepa a leer los mensajes de las ciudades-estado periféricas y de los terratenientes parijatis mientras compartían rebanadas de fruta y risas.
—Eres muy perspicaz —le dijo una vez Varsha—. Muy inteligente, de hecho.
Deepa se sonrojó y dijo:
—Yo no era la favorita de mi padre, tampoco era guapa, así que tenía que prestar atención a mi entorno para sobrevivir.
Quizá la vida de Varsha habría sido mejor si hubiera sido menos guapa, menos poderosa, menos querida, pero sabía que no debía decirlo. En lugar de eso intentó aprender con el ejemplo; escuchó y empezó a entender las corrientes de poder que fluían por el imperio.
Así fue como se enteró de una información que era valiosa como el oro o algo más preciado aún.
Estaba alimentando a Vijay, acurrucada en un rincón del estudio de Deepa, cuando entró Lata.
La sabia ni siquiera la miró; se arrodilló junto al escritorio de Deepa y empezó a hablar apresuradamente, golpeteando la superficie del escritorio con los dedos.
La expresión de Deepa se volvió cada vez más preocupada.
—… tierra de Dwarali —decía Lata—. La Señora Raziya no lo aceptará Deepa, ni tampoco el Señor Khalil. Declararán la guerra a la emperatriz antes de que nos demos cuenta.
—¿Terrenos para los jagatay? —Deepa frunció el ceño—. No puedo creerlo.
Se detuvo cuando la mirada de Lata se fijó por fin en Varsha, que simuló no darse cuenta y acarició suavemente el pelo a Vijay.
—No te preocupes por ella —murmuró Deepa.
Varsha no esperó a oír la respuesta de Lata. Separó a Vijay de su pecho y se cerró la blusa mientras él se lloriqueaba, se levantó, se disculpó y se fue.
Había alguna conmoción en Dwarali, disgusto con la emperatriz. Ese conocimiento valía oro.
Sintió los ojos de Lata fijos en su espalda mientras se marchaba, pero no les prestó atención. Estaba demasiado excitada para preocupaciones tan insignificantes.
Sabía que el sacerdote querría enterarse de lo que había averiguado.
“Pero ¿por qué debería entregar el poder al sacerdocio?” pensó, “¿a otro hombre?”
Pensó en la emperatriz y en lo que la emperatriz tenía: poder y aliados propios. Varsha se aferró a esa nueva información en la jaula que era su vida, a ese pequeño poder que tenía… suspiró y comenzó a escribir.
Envió su carta a Dwarali al amanecer tras entregar un cuantioso soborno de joyas al mensajero.
Se buscaría sus propios aliados. Ella sería la regente de su hijo y lo mantendría a salvo cuando la emperatriz desapareciera.