El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Cuarenta y siete
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Capítulo Cuarenta y siete

Priya

P ensó constantemente en la daga de piedra después del sueño, la nueva arma de Malini. Cuando la tocó había extinguido sus poderes. Priya sabía lo que significaba.

Malini podría combatir a los yaksas sin tener que arder. Malini podría luchar y Priya… iba a arrojarse a las manos del destino.

Sintió en la base del cráneo el latido perezoso del yaksa que despertaba en Alor: una criatura lenta, hosca, soñadora, que se agitaba bajo tierra. Intentó ignorarlo mientras reunía a los niños del templo y les decía que subieran al Hirana.

—No trepéis hasta la cima —dijo—. Solo hasta la altura de esa cinta. —Señaló la cinta que había atado en el Hirana, en el brazo extendido de una talla, a la altura de un árbol.

—No quiero subir al Hirana —dijo Pallavi con voz temblorosa—. Me da miedo. ¿Y si me caigo?

—Entonces, volverás a subir —dijo Priya—. O yo te sujetaré.

—¿Y si fallas?

—No fallaré —prometió Priya.

Pallavi la miró fijamente; luego, se sentó en el suelo. Priya suspiró.

—Vamos. Es la única forma de que aprendas.

—Quizá necesitemos una tarea más fácil —dijo Ashish, con las manos sobre los hombros de la niña más pequeña.

—Tenéis que hacer esta tarea —regañó Priya.

—No queremos…

—Eso no importa. —Priya sabía que estaba hablando con dureza.

Algunos de los niños se estremecieron—. ¿No queréis escucharme?

Hay muchas cosas peores que yo, algunas son yaksas y otras son personas.

El imperio nos quiere muertos y a nuestros propios dioses no les importa si vivimos o morimos.

Nuestros propios dioses quieren someteros a una prueba que podría mataros.

Pero yo quiero enseñaros para que sobreviváis. Entonces, ¿qué vais a hacer?

Se hizo el silencio.

—Nos van a hacer atravesar las aguas, ¿verdad? Los yaksas —dijo finalmente Ashish.

—Algún día —dijo Priya—. Sí, lo harán. —Respiró hondo—.

Siempre me dijeron que hay que ser fuerte para sobrevivir a las aguas.

No sé si es cierto, pero es lo único que puedo enseñaros.

Tenéis que intentar escalar el Hirana. Tenéis que intentar quitaros el miedo y ser valientes, es el único poder que tenéis. Por favor.

Hubo otro instante de silencio, Ashish dio un paso hacia el Hirana y empezó a trepar.

Ella lo atrapó con lianas cuando cayó.

—Inténtalo de nuevo —dijo débilmente.

Ellos no lo sabían pero era la última vez que podía ayudarles.

Pensó en Mani Ara, en su destino y en el de ellos, y sintió que el terror se le enroscaba en el vientre como una serpiente, un veneno que vivía dentro de ella.

Rukh estaba dando a Padma un puré de lentejas y arroz en el patio de la cocina. Priya se acuclilló a su lado.

—Rukh —le dijo—. Si alguna vez tienes la oportunidad de dejar Ahiranya aprovéchala.

—Hola Priya, estoy bien, gracias. —Movió la cabeza distraídamente, limpiando la cara de Padma aun cuando ella la arrugó en señal de protesta—. Nunca he estado en otro sitio —añadió—. Ahiranya es mi hogar.

—Hazlo por el bien de Padma entonces —dijo ella.

Pensó que él haría preguntas. En cambio, Rukh levantó la cabeza y la miró… y asintió. Sus ojos eran penetrantes, demasiado comprensivos.

—¿Te vas a Alor?

—Hoy.

—Vuelve sana y salva —dijo Rukh en voz baja—. Cuidaré de todos mientras estés ausente. Te lo prometo.

Ella, Ganam y sus seguidores se dirigieron a la enramada de los huesos y se adentraron en un nuevo sendero, el primero que ella había soñado.

Ese camino que olía a sal no conducía al mar, sino a uno de los agitados ríos de Alor. La luz salpicaba el agua y los peces saltaban de la superficie. Unos cuantos guerreros rieron encantados ante el espectáculo y ella sintió que se le encendía el corazón al ver su alegría.

Caminaron por Alor. Le recordaba un poco al vasto paisaje verde y dorado de Saketa.

Pero, a diferencia de Saketa, Alor era exuberante, de tierra oscura y campos abundantes, con ríos enormes que zigzagueaban por el paisaje.

Los árboles se enredaban en el agua y sus profundas raíces se enroscaban en el limo.

Se burló de Ganam hasta arrancarle una sonrisa mientras caminaban y luego una carcajada.

—Deja que te enseñe a trazar caminos —le dijo rozándole el hombro con el brazo—. Vamos.

—Me parece que esa es una habilidad propia de los nacidos tres veces —dijo dubitativo, entrecerrando los ojos contra la luz del sol.

—No lo es —insistió ella—. Ahora que lo he aprendido es muy sencillo. —Se acercó a él en el sangam , mitad en las aguas y mitad en el mundo, y empezó a enseñarle el truco.

Su alegría se fue apagando a medida que pasaban por campos infestados de podredumbre. Vieron pueblos cerrados y abandonados. Priya vio a lo lejos unas cuantas figuras macilentas, de ojos hundidos, que salieron corriendo cuando vieron a los ahiranyis.

Ese era el mundo que estaban creando los yaksas . Priya miró a la gente que estaba a su alrededor.

Ese era el mundo que ellos estaban creando.

Cayó la noche y acamparon; los guerreros dormían a su alrededor. Priya caminó hasta el límite del campamento, lo suficientemente lejos como para sentirse sola. Se tumbó en el suelo.

Ganam no tardó en seguirla.

—¿Estás bien Priya?

—Necesito que me escuches —dijo Priya—. Me voy a poner sentimental y vas a tener que tener paciencia.

—Creo que soy capaz —dijo Ganam. Se sentó en el suelo junto a ella.

—¿Hay alguien vigilando? —preguntó Priya.

—Sí —respondió él—. Puedes hablar.

—He escondido botellas de aguas inmortales en el estudio de Bhumika y en las viejas habitaciones de Kritika —dijo ella—.

Ruchi ya ha usado tres y sé que algunos guerreros más han bebido aguas extraídas de la fuente.

Las van a necesitar y es solo cuestión de tiempo hasta que los yaksas se den cuenta de que pueden controlarnos a todos reteniendo las aguas para evitar que nuestra gente las beba.

Así que mantened ocultas las botellas y usadlas con cuidado.

—Priya, ¿qué tratas de hacer? —La voz de Ganam tenía un tono urgente.

—¿Qué quieres decir?

—Me enseñas a trazar caminos, me das botellas de aguas inmortales… ¿Acaso te va a pasar algo?

Ella no quiso responderle. En lugar de eso, dijo:

—Me llevé la daga que usaron los saketanos para apuñalarte.

La enterré cerca de la enramada de los huesos; podrás encontrarla fácilmente.

Marqué el lugar con flores de ashoka. Si alguna vez tienes que enfrentarte a otro mayor del templo o a alguien que haya nacido una o dos veces, o a alguien que haya bebido las aguas, o a un yaksa , te resultará útil.

Tiene cierta clase de magia que detiene la nuestra.

—Priya…

—Me voy —dijo ella—. Lo siento.

Hubo una pausa. Ganam dijo en voz baja:

—Como se fue Bhumika.

—No. Tal vez. —Priya movió la cabeza—. No sé por qué ni cómo se fue Bhumika, ni sé si sigue viva, pero me voy porque si me quedo los yaksas vencerán y moriremos todos.

—Apretó los puños, trató de afirmarse en el suelo—.

Necesito que cuides de todos ellos cuando me haya ido —agregó—. Los niños, nuestros guerreros, todos.

—Priya. —La voz de Ganam se volvió más dura. —No puedo dejar que hagas esto.

Priya suspiró profundamente.

—No puedes detenerme Ganam.

—Los yaksas no te dejarán ir —dijo él—. Y… mierda, Priya. Seré sincero. Todos te necesitamos. ¿Qué harán sin nosotros? ¿Sin ti? —Suavizó el tono, para tratar de persuadirla—. No hagas nada estúpido, por favor, hablemos.

—De acuerdo —dijo ella—. Hablemos.

Le contó lo que Mani Ara esperaba de ella, le dijo en qué se convertiría el mundo.

Él la escuchó y Priya vio cómo palidecía cada vez más bajo la luz de la luna. Al final, dijo:

—¿Qué necesitas de mí?

—Necesito dejar claro que eres leal —respondió ella—. Que no me ayudaste.

Lo ató por las piernas y la garganta a un árbol de gruesas raíces.

—Los otros te encontrarán por la mañana —murmuró mientras lo ataba—. Para entonces me habré ido. Eres leal a los yaksas por lo que ellos sabrán. Y eso es lo que creerán también los yaksas .

—¿Hacia dónde huirás? —preguntó Ganam—. ¿Adónde puedes ir sin que los yaksas te encuentren?

Ella negó con la cabeza.

—Es mejor que no lo sepas. —Le apretó las ataduras—.

No voy a despertar al yaksa que duerme en Alor y tú tampoco —agregó.

Luego se inclinó hacia atrás, tragó saliva y buscó la firmeza de su columna vertebral—.

Esto te va a doler —advirtió—, te voy a romper un hueso.

Así estarás demasiado herido para desplazarte por Alor o para atravesar las aguas inmortales y ganarás algo de tiempo. Eso te salvará la vida, espero.

Ganam apretó los labios en una línea sombría.

—Dame un paño para morder —dijo. Ella tomó uno y se lo colocó entre los dientes.

—Construye caminos —le aconsejó mientras le rodeaba el brazo con las manos por arriba y por abajo con firmeza—.

Trázalos en secreto, que sean pequeños. Los yaksas no se darán cuenta enseguida, ya hay demasiados como para que los noten.

Después ayuda a nuestra gente a salir por ellos.

Si quieren huir ayúdalos también. Sé que es mucho pedir, lo siento mucho Ganam, pero tú y yo somos los únicos que quedamos.

Él asintió hasta donde se lo permitieron sus ataduras. “Hazlo” decían sus ojos.

—Lo siento —volvió a decir Priya.

Ganam se desmayó cuando le rompió el brazo.