El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Cuarenta y seis
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Capítulo Cuarenta y seis

Rao

S u suerte estaba podrida. Una inundación había asolado Alor.

—Extrañas lluvias mi señor —le había dicho uno de sus soldados tras interrogar a un granjero solitario que caminaba por el borde del sendero por el que viajaban—. Dice que nadie viajará hasta que el suelo se seque y el río retroceda por completo.

Casi no había viajeros. Junto con las casas y los pueblos vaciados por la podredumbre, Rao encontró los caminos inquietantemente solitarios.

Los únicos grupos grandes que vio eran refugiados de los confines de Ahiranya, muchos de ellos enfermos, que se dispersaron al ver a sus hombres. No podía culparlos por ello.

Incluso los caravasares habían sido abandonados. Sus soldados se quejaron de ello. En los puestos se podía conseguir buena comida, fresca y caliente, y eran un lugar excelente para abastecerse de licor.

El estado del terreno era, como mínimo, incómodo para montar las tiendas, así que Rao decidió aprovechar su título de nobleza y descender hasta las tierras de un terrateniente local.

El hombre lo recibió efusivamente y preparó alojamiento para sus hombres.

Compartieron una comida y una pipa de narguile .

—¿Vas a ir al mahal de tu padre príncipe? —le preguntó el hombre.

Rao negó con la cabeza.

—No, estoy en busca de sacerdotes. Hay un gran monasterio cerca de aquí, en el bosque. El monasterio de Nimisa.

El hombre chasqueó la lengua.

—Te costará moverte por el bosque tras las inundaciones —comentó—. Lo atraviesa un río por la mitad.

—No obstante tengo que intentarlo —dijo Rao sonriente.

El hombre vaciló.

—Y esos sacerdotes… bueno, no te causarán gran impresión.

—Aún así me gustaría conocerlos —dijo Rao con seriedad, intuyendo una historia allí.

—No son hospitalarios como los de otros monasterios.

Demasiado ancianos, demasiado poderosos.

Incluso tu padre va a verlos pero ellos no van a verlo a él.

—Se rio entre dientes—. Sienten el peso de su historia príncipe Rao.

Nosotros no vamos allí a rezar ni a buscar profecías, aunque yo envío ofrendas con regularidad —se apresuró a añadir—. Pero tú eres un príncipe. Te recibirán.

—Sí —dijo Rao—. Eso espero.

Esperaba que estuvieran dispuestos a aliarse con el poder de la emperatriz y apoyar el reclamo de Malini al trono. Si no su viaje no serviría de nada.

Pasaron por otra aldea vacía al llegar a la frontera de Nimisa.

—Hay podredumbre en los alrededores —dijo nervioso un soldado—. Si damos la vuelta, mi señor…

—Ya sabemos que se está extendiendo por todo el imperio —dijo Rao con calma—. Razón de más para hacer este viaje rápidamente.

Enseguida se enfrentaron a un problema más grave. La inundación había convertido el suelo del bosque en un lodazal tan espeso que a los caballos les costaba avanzar; peor aún, se resistían, con los ojos en blanco y las patas encabritadas.

—Tienen miedo de la podredumbre —murmuró un soldado sin mirar a Rao a los ojos. Pero tenía razón.

Rao reprimió una maldición.

—Vosotros —dijo señalando al grupo más cercano de soldados—. Venid conmigo, caminaremos. Aseguraos de llevar la cáscara de corazón con vosotros.

El monasterio era tan grandioso como esperaba. Rao sintió un golpe de su antigua fe al verlo, un amor instintivo y reflejo en el pecho, como un latido.

La fe le duró poco.

Los guardias salieron en tropel del monasterio armados con arcos y lanzas a su llegada.

—¡No se permite la entrada a nadie! —gritó uno desde las escaleras, apuntando amenazante con su lanza.

—Soy el príncipe Rao de Alor. ¿Es este el saludo que el monasterio de Nimisa le ofrece a un hijo del rey de Alor? —gritó Rao.

Un guardia vaciló, pero otro le gritó:

—¿Cómo sabemos que eres un príncipe?

—Baja tu lanza, tonto —dijo una voz cansada.

Una figura salió del monasterio, bajó las escaleras y se inclinó ante Rao—.

Mis disculpas mi príncipe —dijo el sacerdote principal—.

Perdona a mis hombres. Nos hemos enfrentado a un peligro imprevisto que nos ha vuelto desconfiados como niños.

—Se enderezó y miró a Rao a los ojos—. Te conocí hace mucho tiempo, cuando eras pequeño, antes de que te enviaran a Harsinghar para criarte junto al príncipe Aditya. Te pareces a tu padre.

Rao no había visto a su padre en años.

—Te agradezco —dijo.

—Ven —dijo el sacerdote—. Hablaremos a solas.

Llevó a Rao a una recámara privada, le sirvió un vaso de agua fresca y le ofreció frutos secos, un dulce y agradable manjar para darle la bienvenida al monasterio. Rao comió un poco por cortesía, pero el bocado sabía cada vez más a ceniza mientras el sacerdote hablaba.

El sacerdote principal, que se llamaba Sunder, contó a Rao que la podredumbre se había extendido de manera virulenta por el bosque desde que lo habían anegado las inundaciones.

Uno de sus sacerdotes se había topado con un extraño camino de flores y nunca regresó.

Otro enfermó y le salieron flores del cráneo.

—No hemos podido irnos —dijo Sunder—. Hay demasiado peligro más allá de nuestros muros.

—Mis hombres y yo os acompañaremos a un lugar seguro, por supuesto —ofreció Rao. El sacerdote negó con la cabeza.

—No podemos abandonar este lugar. Cuidar de este monasterio, rendir culto en él, es nuestro deber sagrado.

—Entonces nos quedaremos aquí para ayudaros.

—Sería más prudente que no lo hicierais —dijo Sunder inmediatamente, pero no lo decía en serio.

Rao alcanzó a notar el desdichado alivio en sus ojos—.

Los asuntos de los que nos ocupamos aquí son más urgentes de lo que parecen a primera vista.

—Vaciló—. Tengo… algo que confesar, algo de lo que me arrepiento.

El sacerdote bebió agua. El vaso tintineó cuando lo apoyó.

—Una mujer vino a vernos —dijo Sunder—. Era ahiranyi.

Nos dijo que conocía una manera de destruir a los yaksas .

La echamos, pero volvió suplicando amparo para ella y varios aldeanos, y asegurando que un solo yaksa vendría pronto a destruirnos.

Los echamos a todos. No comprendí, ninguno de nosotros comprendió hasta qué punto estos nuevos caminos que han surgido han asolado el bosque.

Me temo que ella nos dijo la verdad: que un monstruo pronto causará nuestra ruina.

Y me temo que ella haya muerto y ya no se la pueda auxiliar.

Rao escuchó helado.

—No puedo dejar de pensar en sus palabras —continuó Sunder—, ella me persigue. Creo que, tal vez, el dios sin nombre me ha castigado.

¿Era Priya? ¿Había llegado hasta allí, precisamente hasta allí?

Tal vez esta era la prueba de que la fe sin nombre obraba a través de Rao después de todo, le gustara o no.

—Este es el más sagrado de los lugares —dijo el sacerdote—.

Y temo que las fuerzas malignas intenten destruirlo.

Cualquier cosa que puedas hacer para ayudarnos, príncipe Rao…

—Suspiró con vergüenza y miedo en el rostro, en la voz—.

Hace mucho tiempo que no siento la voz ni el corazón del dios sin nombre.

Me avergüenzo mucho por ello. Pero veo y sé que tú sí lo sientes.

No está bien que te lo pida, pero debo hacerlo. Ayúdanos.

Rao no podía dejar desprotegido el monasterio. Lo defendería con la cáscara de corazón. Si venía un yaksa , era la única protección posible que tenían. Tendría que confiar en que fuese suficiente.

Cuando salió de la habitación, agitado, vio unos ojos que lo observaban desde las sombras. Estuvo a punto de saltar, a punto de echar mano a su daga de cáscara de corazón, pero se le acercó una silueta.

—Príncipe Rao —dijo el joven sacerdote—. Me llamo Ishan. Y yo… creo que estás buscando a una mujer. Puedo llevarte hasta ella.

El sacerdote lo condujo desde el monasterio hasta el terreno que había detrás, despejado de árboles.

—Les he llevado lo que he podido —dijo Ishan avergonzado—. Tenemos almacenes para las ofrendas: hay comida, grano, aceite… todo lo que no deseamos guardar en los terrenos del monasterio. Ellos se alojan aquí.

Llevó a Rao a un edificio de paredes bajas, abrió las grandes puertas y gritó:

—¡Soy yo!

Rao oyó crujidos y vio moverse varias siluetas acuclilladas. Eran muchas.

—He traído a alguien dispuesto a escuchar —dijo el sacerdote con seriedad.

—Ishan me dijo que engatusaría a sus compañeros sacerdotes —dijo una mujer oculta en la sombra. Su voz era grave y musical—. No esperaba a un señor de alta alcurnia.

Ella se acercó a la luz; no era Priya. Era hermosa y vestía sencillamente, tenía ojos grandes y suaves. No la conocía.

Pero el hombre que avanzó hacia la luz no era un desconocido para Rao. Había visto esa cara la primera vez que intentó salvar a Malini en Ahiranya: la cara de un soldado ahiranyi.

Eso era lo único que necesitaba saber.

Rao desenvainó su daga de cáscara de corazón. La gente gritó. El hombre ahiranyi buscó su espada. La mujer se paró lentamente frente a él, protegiendo su cuerpo.

El sacerdote Ishan aferró a Rao con brusquedad y le hizo soltar la daga de cáscara de corazón; de pronto, Rao volvió a sentir fuego detrás de los ojos, una presión insistente contra el cráneo. La mujer ahiranyi lo miró. Una expresión extraña pasó por su rostro.

—No somos enemigos —dijo conciliadora—. Aquí no hacen falta armas. Tenemos un objetivo común, ¿verdad, mi señor? Lo sientes. Sé que lo sientes.

—Por favor, mi señor —dijo Ishan con voz temblorosa.

Rao instó a su corazón a calmarse. Abrió las manos.

—Te escucho —se obligó a decir.

—Hagamos una presentación adecuada —dijo ella, cortés como se comportaría cualquier mujer de alta alcurnia tomando el té—. Nos queda muy poco tiempo antes de que llegue el yaksa . Mi nombre, mi señor, es Bhumika.