Capítulo Cuarenta y cinco
Malini
S olo quería a su gente de confianza para esta negociación pero no pudo esperar a convocar a Lata. Se llevó a sus guerreros parijatis y a las fuerzas de Rao. Ordenó al Señor Narayan y al príncipe inferior Ashutosh que regresaran a Parijat.
Al Señor Prakash lo dejó en Srugna. Él aconsejaría al rey Lakshan en su nombre.
La hermana del kai esperaba en un campamento en el camino de Srugna. Rao la había dejado con un número considerable de sus hombres, custodiada en su propia tienda. Hizo inmediatamente una reverencia cuando entró Malini.
—Señora Qutlugh —saludó Malini—. Por favor, ponte de pie.
Levantó la cabeza. Qutlugh tenía la piel más clara que Malini y llevaba el pelo negro y espeso recogido en una trenza.
Vestía la ropa típica de los inviernos tremendamente fríos y los veranos suaves de Dwarali: un salwar kameez con una chaqueta y un chal, y botas gruesas forradas de piel.
Lucía pesadas joyas doradas en las muñecas, las orejas y la garganta, y tenía los ojos delineados con kohl .
—El príncipe Rao me ha dicho lo que tu hermano y tu pueblo desean —dijo Malini sin detenerse en cortesías—. Me gustaría que me lo dijeras tú.
—Deseamos un hogar emperatriz —respondió Qutlugh.
Tenía un acento marcado, musical, pero conocía el idioma dvipano de la corte, la lengua de los nobles del imperio, y la utilizaba en lugar del zaban común en el que le había hablado Malini.
El lenguaje que eligió decía: “Soy de alta cuna. Nací para el poder, como tú”—.
Queremos una tierra que sea nuestra. A cambio, te ofrecemos la cáscara de corazón.
—¿Nos dirás dónde se encuentra la mina?
Qutlugh negó con la cabeza.
—La ubicación es secreta —dijo Qutlugh—. Solo unos pocos miembros de mi familia poseen el conocimiento y yo no soy una de ellos. —Dibujó una sonrisa de hoyuelos—. Te traeremos más cáscara de corazón cada vez que lo ordenes, por supuesto.
—Será inconveniente para tu familia pasar por Lal Qila con regularidad —observó Malini—. En especial si tu nuevo hogar está en las profundidades del imperio. Y necesitaremos una gran cantidad de esta piedra. Nuestro imperio está en guerra.
—Haremos el viaje con mucho gusto tantas veces como Parijatdvipa nos lo exija —dijo la hermana del kai —.
Pero no nos desprenderemos de nuestros conocimientos.
Mi clan reconoce que nos han debilitado.
Mi hermano perdió nuestras tierras cuando era un joven gobernante y tenemos un poder militar limitado, pero tenemos la cáscara de corazón.
Nuestro conocimiento es nuestro mayor recurso y no lo malgastaremos.
Malini inclinó la cabeza.
—¿Juraréis obediencia a Parijatdvipa y a la descendiente de Divyanshi que ocupa el trono imperial?
—¿Te negarás a nuestro pedido si los jagatay no hacemos votos por ti?
¿Nos rechazarás? —Qutlugh enarcó una ceja inquisitiva—.
Si no obtenemos nuestra tierra emperatriz, no obtendrás de nosotros la cáscara de corazón.
No nos has amenazado con nada —continuó— pero te lo diré de todas maneras porque comprendo la naturaleza de los que gobiernan: mi hermano no se inclinará ni se doblegará si me retienes como rehén o me matas.
Vine aquí como cualquier guerrero que va a la batalla, sabía que arriesgaba mi honor y mi vida.
No tengo ningún conocimiento que pueda compartir que os lleve a la cáscara de corazón, pero estoy dispuesta y soy capaz de negociar contigo emperatriz.
—No puedo ofrecer nada sin un voto de lealtad —dijo Malini.
—Ahiranya fue parte de tu imperio antes y no hicieron tales votos.
—Ahiranya fue una nación conquistada. ¿Deseas que a tu pueblo se le trate de esa manera? Señora Qutlugh, esta lealtad que pido no te encadena, vuelve a tu pueblo igual entre iguales.
—Iguales bajo tu trono sí. —La mujer golpeteó un dedo contra sus labios, pensativa—. Un voto puede ser algo vacío emperatriz. Lo sabes, ¿verdad? El voto del pueblo jagatay no valdrá nada si elijo mentir. ¿Cómo puedes confiar en mí? ¿Cómo podemos confiar en ti?
—Mi trono y mi imperio descansan en la lealtad de los reyes que me sirven —dijo Malini con firmeza—.
Traicionar esos votos sería traicionarme a mí misma.
En cuanto a mi confianza en ti… Señora Qutlugh, tú y tu hermano me habéis dado un arma que puede salvar a mi pueblo.
—Llenó su voz de sentimiento, dejó que la emoción recorriera, por un momento, sus facciones—.
¿Cómo no habría de otorgarte mi confianza?
Qutlugh la miró largamente y por fin asintió.
—Podemos negociar emperatriz. Creo que necesitarás con urgencia la cáscara de corazón.
—Así es.
—Traje una provisión —dijo Qutlugh. Se tocó el pesado collar de oro que llevaba en la garganta y luego subió la mano hasta los grandes pendientes que le colgaban de las orejas, atados con cadenas al pelo para aliviar el peso.
Miró a Malini a los ojos con una sonrisa—.
Es cáscara de corazón pintada de dorado —dijo—. Supuse que pasaría inadvertida.
Qué lista.
Se quitó los brazaletes hechos de pesados eslabones de piedra unidos entre sí y los colocó en las manos de Malini que la esperaba.
Malini los miró. Sintió su peso y pensó en lo fácil que sería convertir las cuerdas que los habían atado a las muñecas de Qutlugh en candados que mantuvieran a raya los poderes de un yaksa y encadenaran las manos de una mujer humana.
—Vamos —dijo—. Mis guardias nos traerán comida y bebida, tenemos acuerdos que llevar a cabo.
Rao partió cuando las negociaciones llegaron a su fin.
La mitad de sus hombres llevarían a la Señora Qutlugh a Dwarali y organizarían su paso seguro más allá de Lal Qila.
El resto tendría que viajar con él. Partieron al anochecer; la luz dorada cubrió su sombra mientras se alejaban del campamento a caballo.
Rao se había inclinado al despedirse de Malini.
A Sima, que se quedaría con Malini, le dijo un adiós suave con los ojos llenos de remordimiento.
Sima se despidió de él con dureza. Se le notaba el disgusto por tener que quedarse pero lo observó partir durante tanto tiempo como Malini, con los ojos fijos en la distancia y los brazos cruzados.
—Cuida de ella —dijo Malini en voz baja a Sahar—. Asegúrate de que no cause problemas.
Sahar inclinó la cabeza en señal de comprensión.
Un jinete llegó horas después con un mensaje, levantando polvo bajo los cascos de su caballo. Su rostro se veía enfermizo bajo el yelmo; le temblaban las manos cuando bebió el agua que le llevaron.
—Poco después de que te marchaste, emperatriz, algo sobrenatural atravesó Srugna —dijo con una voz sombría a la que solo la terquedad mantenía firme—.
Un temblor agitó la tierra y la podredumbre…
la podredumbre se esparció en un abrir y cerrar de ojos.
Y algo mató a cientos de soldados en el bosque entre los árboles.
La devastación tardó menos de una hora en extenderse, emperatriz.
—Inclinó la cabeza—. El Señor Prakash te pide más ayuda en nombre del rey Lakshan.
Más soldados, suministros de alimentos, cualquier cosa que podáis compartir con nosotros.
—No hay espadas que pueda ofreceros capaces de luchar contra la podredumbre —dijo finalmente Malini cuando logró calmar su horror—.
Pero enviaré un mensaje contigo a mi séquito de Parijat.
Nuestra cosecha almacenada se compartirá con Srugna, y los sacerdotes de las Madres y yo rezaremos por los muertos srugnanis.
Abandonó la tienda.
Hizo una pausa que duró un suspiro, un latido. Le bastó para ver lo que había a su alrededor y cómo había cambiado el paisaje. Las hojas de las plantas frondosas que rodeaban la tienda se habían vuelto hacia ella.
No podría salvar a Srugna de la podredumbre pero había algo más que sí podía hacer.
Podía soñar.
Cuando Malini volvió a su tienda, temblorosa y con un malestar extraño, olió algo dulce en el aire.
Algo parecido a la vegetación después de las primeras lluvias monzónicas.
No se había encendido incienso y Swati no había dejado flores en cuencos llenos de agua para perfumar la habitación. El aroma era una señal, una llamada.
Priya.
“Después de todo, sabías que vendría a buscarte”, pensó Malini. “¿Cómo no iba a venir después de lo que has hecho?”
Malini no durmió. Sabía que no lo necesitaba por alguna razón. Recordó cómo recurría Priya a su magia a veces; con los ojos cerrados y respiraciones lentas, profundas. Se arrodilló en el suelo, en la suavidad de una alfombra sobre la lona de la tienda, y cerró los ojos.
Dentro de su cráneo había una puerta. Oyó el sonido lejano de una corriente de agua y la atravesó.
Ya no estaba en la corte imperial. Estaba en un lugar sombrío donde crujían las hojas y gemían los insectos, un lugar donde Priya estaba arrodillada frente a un vasto lago, negro, en una oscuridad de ensueño más allá del día o la noche.
El lago estaba cubierto por una espesa alfombra de flores de loto azules.
—Son preciosas, ¿verdad? —dijo Priya y giró la cabeza para encontrarse con la mirada de Malini—. Nunca he visto nada igual pero pronto lo veré.
Malini caminó hacia ella. Todavía había demasiada distancia para acortarla con las manos, para tocarse. Malini se arrodilló, sintió la hierba suave bajo ella.
—Mataste a personas que antes dijiste que eran tus aliadas —dijo Malini—. Tus amigos.
Priya se estremeció. Se volvió hacia el agua.
—Podría haber muerto por tu culpa Malini —dijo Priya—. Esa arma que tienes podría haberme matado.
—Les ordené que te capturaran viva.
—Puedes decir a un hombre qué hacer con un arma —dijo Priya—. Pero eso no significa que vaya a obedecer, tú lo sabes. —Inclinó un poco los hombros hacia delante—. Deberían haberme matado antes de que yo pudiera matarlos a ellos. ¿Por qué no les dijiste que lo hicieran?
El corazón de Malini le retumbó en el pecho, rugió en sus oídos.
—Tú sabes por qué —dijo. No se dio cuenta de qué emoción se filtró en su voz, pero sí que hizo que Priya apretara las manos contra el suelo e inclinara la cabeza hacia delante, como si así pudiera protegerse de ella.
—¿Qué harías si pudieras volver a verme, Malini? ¿Si pudieras volver a tocarme? —El agua ondulaba. Los lotos azules brillaban—. ¿Me matarías? ¿Me encarcelarías?
Malini no dijo nada. Si hablaba diría algo que no quería, algo que revelaría su corazón podrido y lleno de deseo.
—Creo que deberíamos averiguarlo —agregó Priya. Malini volvió a su cuerpo con un grito ahogado.
Conocía esos lotos. Había estudiado la geografía de Parijatdvipa, marcada en mapas de guerra y de hambruna, durante su ascenso al trono.
Era el lago Utpala en Alor. Era allí donde encontraría a Priya.