Capítulo Cuarenta y cuatro
Arahli Ara
F ue Priya quien construyó el camino. Él la sentía en el sangam , como probablemente ella podría sentirlo a él si se atreviera a acercarse. Pero ella no estaba interesada en él. Lideró la marcha, caminando delante de él.
Se arrodillaron en la tierra en Srugna, y observaron cómo una yaksa se abría paso desde la tierra. Una yaksa que enseñaba los dientes y respiraba como si tuviera pulmones mortales.
Tenía la remota idea de que Ashok habría reconocido el rostro que surgía de la tierra, ese rostro que se inclinaba hacia la luz del sol y atrapaba como un pimpollo en floración los rayos que se desvanecían.
Pero también le parecía mal pensar en Ashok en ese momento.
“Riti”, susurró la voz de Ashok en su interior.
La silenció. Un mortal no tenía lugar allí, en el nacimiento y resurgimiento de uno de los suyos.
—Cira Ara —dijo Priya con ternura—. Vuelves a vivir.
—Hubo fuego —susurró la yaksa . Sus ojos no tenían iris—. Y luego un largo sueño donde no vi nada ni soñé nada. Si pensaba era en la tierra y la oscuridad. ¿A qué renuncié para volver aquí?
“Cada vez estarás más hecha de carne”, pensó Arahli. “Tu corazón latirá extrañamente en tu pecho. Sentirás como nunca antes has sentido: pequeñas emociones envolventes, nacidas del cuerpo, pero tan vastas que podrían haber salido con nosotros del cosmos”.
Pero Priya no le dijo ninguna de las cosas feas que rondaban por su cabeza. Tomó a la hermana de Arahli de las manos. La abrazó, le acarició la cabeza con una mano y la mejilla con la otra. Miró a Cira con todo el amor infinito y la extrañeza de Mani Ara.
—No importa —murmuró—. Ahora estás aquí.
Brillaba tan oscuramente como la madre de Arahli, como si su piel fuese una lámpara de papel en el vacío estrellado de Mani Ara. Fue como si una mano fría pasara sobre él. Ashok se afligió, horrorizado. Pero Arahli sintió algo afilado y hermoso: sintió esperanza.