El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Cuarenta y tres
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Capítulo Cuarenta y tres

Rao

L as habitaciones más altas del mahal srugani estaban tan arriba del acantilado que Rao, de pie junto a sus ventanas, sentía como si pudiera tocar el cielo azul. Malini no miraba al cielo: tenía la cabeza inclinada sobre un mapa.

Rao pasó junto a Raziya, que le hizo un gesto y salió de la habitación, dejándolos solos a él y a Malini.

—¿Hoy no piensas rezar a solas? —preguntó Rao.

—El sumo sacerdote no puede espiarme aquí —dijo Malini—. Y si pudiera, ya no me importa. ¿Por qué querías reunirte, Rao?

Él la miró a los ojos con fijeza. Ella había adivinado lo que él quería; siempre adivinaba.

—Te llevaré ante la Señora Qutlugh —dijo—. Me quedaré hasta que termines de negociar. Pero después… te lo ruego Malini, déjame ir a Alor.

Ella no dijo nada. Su silencio habló por ella.

“Convénceme”.

—Envía a tus generales donde se necesiten. Quiero ir a Alor, lo admito.

No dijo “Todavía estoy roto”. No dijo “Cuando Sima y yo estábamos solos en la nieve, me di cuenta de lo mucho que amé a tu hermano, lo mucho que amé a Prem, y el dolor de lo que nunca dije o hice me está volviendo loco. Déjame tener la paz de mi hogar. Déjeme tener por lo menos eso”. En cambio, dijo:

—Además puedo servirte mejor allí que en cualquier otro lugar.

—¿Y de qué me servirás allí Rao? —No parecía disgustada o al menos no más de lo habitual—. Ya cuento con la lealtad de tu padre y no podemos vencer la podredumbre de Alor en el campo de batalla.

—Los sacerdotes de las Madres te apoyan pero también se oponen a ti —dijo Rao—.

Por otro lado, el dios sin nombre proclamó tu derecho al trono a través de mí.

Nuestra religión no tiene un sumo sacerdote como tienen las Madres de las llamas, pero hay templos influyentes y poderosos en Alor y puedo buscar su apoyo.

Los sacerdotes de las Madres adquirieron demasiada influencia en tiempos de tu hermano —prosiguió—.

Antes, cuando gobernaba tu padre, no era así.

Ambos lo recordamos. Trae a los sacerdotes del dios sin nombre a tu corte, pueden ayudarte.

—O pueden provocar que el sumo sacerdote Hemanth se comporte como un animal con la pata atrapada en un cepo —dijo Malini.

Pero sonaba… pensativa—. Sí —dijo después de un momento—.

Puedes irte. Tráeme sacerdotes dignos Rao, pero si no puedes, aceptaré más dinero de tu padre.

La cáscara de corazón nos va a costar cara y lo que no se lleve, se lo llevará el hambre.

Rao inclinó la cabeza.

—Sima no irá contigo esta vez —añadió Malini. Él levantó la cabeza bruscamente.

—Ella ha demostrado su lealtad —protestó.

—Ya lo sé pero la necesito —dijo ella—. Se ha mostrado leal a ti, lo acepto, pero es hora de que me demuestre su lealtad a mí.

La voz de Malini era suave pero dura como el hierro.

—Como tú digas —respondió Rao entre dientes.

Encontró a Sima mirando el paisaje de Srugna.

—Cuántos árboles —dijo ella mirando desde el balcón del mahal en el acantilado.

Tenía los brazos apoyados en el borde y la mirada fija a lo lejos, donde los árboles eran tan espesos que parecían una mancha verde—.

Es casi como estar en casa. No me preguntes otra vez si voy a huir —añadió mientras él también apoyaba los brazos en el borde del balcón a su lado—.

Mi respuesta es la misma. Priya dijo que no la siguiera.

No creo que quiera que lo intente ahora, me quedo contigo.

La miró a la cara y solo entonces se dio cuenta de que Sima estaba llorando.

—Romesh y los demás se preocupaban por mí —dijo con voz entrecortada—, les caía bien.

Y ahora están muertos. Sé que no me creerás pero Priya es una buena persona.

Siempre ha sido la mejor persona que conozco, es mi amiga y mató a una de las únicas personas en las que podía confiar durante el encierro que me pidió que eligiera.

¿Qué se supone que debo hacer ahora? ¿Cómo puedo estar enfadada con ella? ¿Cómo puedo no enfadarme?

Rao no sabía que Priya le había dicho que se quedara pero ahora no parecía el momento de decirlo. En lugar de eso le rodeó el hombro con un brazo y la dejó llorar. Cuando se calmó le dijo:

—Yo… Tengo malas noticias. Lo siento.

—Me abandonas. —Ella se quedó callada, pero fue justamente la ausencia de expresión en su rostro lo que le dijo a Rao lo dolida que estaba en realidad.

—Tengo que irme a casa —le explicó—. Tengo que ir a un monasterio y volver a buscar al dios sin nombre. No puedo seguir así Sima. Tengo que hablar con el dios sin nombre y necesito un sacerdote que me guíe.

“Necesito saber si la voz que oigo en mi interior es la del dios sin nombre”.

—Insiste en llevarme contigo entonces.

—La emperatriz te llevará de vuelta a Parijat con ella. Lata te protegerá.

Ella se mofó de él.

—Ve entonces. Escucha a tu dios. Pero creo que deberías escuchar a tu propio corazón un poco más y un poco menos a tu dios —dijo Sima.

—Me temo que no conozco mi propio corazón —dijo Rao en voz baja.

—Sí lo conoces. Lo escuchaste en la nieve cuando casi nos congelamos. Me dijiste lo que decía tu corazón.

Se apartó bruscamente de él cruzada de brazos.

—No encontrarás las respuestas que buscas en Alor ni con el dios sin nombre. Pero no puedo detenerte. Vete Rao. Vete ya.