El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Cuarenta y dos
52%

Capítulo Cuarenta y dos

Malini

M alini oyó el aullido cuando llegó la noticia. Un único aullido de dolor recorrió el salón de la corte del rey Lakshan y varias personas giraron la cabeza en la dirección del sonido. Malini se levantó de su asiento y cruzó el salón en dirección a la entrada.

Más allá de las puertas, en la gran escalera de entrada, había dos hombres de rodillas.

Estaban abrazados, la frente de uno se apoyaba en la del otro.

Uno de ellos vestía el atuendo de los soldados saketanos pero desgarrado y ensangrentado hasta volverlo casi irreconocible; el otro era el príncipe inferior Ashutosh con sus galas habituales.

Estaba llorando. Volvió a aullar mientras ella lo observaba, un sonido doloroso e insoportable.

Se aferraba a los hombros del soldado saketano con tanta fuerza que sus propias manos se le pusieron blancas.

Un soldado. Solo uno. Malini comprendió al instante que los demás habían muerto. Sintió un vuelco en el estómago.

El arma que Rao le había conseguido no servía de nada.

La decepción fue tan intensa que estuvo a punto de gritar, pero el soldado se había puesto de pie. Se apartó de Ashutosh, avanzó a tropezones hacia ella y cayó de rodillas.

—Funcionó, emperatriz —dijo con la cara ensangrentada y manchada de lágrimas—.

El arma funciona. Mis hermanos murieron para probarla pero funciona.

—Dejó su propia espada en el suelo y se inclinó hacia la piedra con una reverencia, mientras un estruendo estallaba entre los espectadores que los rodeaban.

Malini se sintió ingrávida. Se acuclilló hasta quedar a la misma altura que el hombre. Le levantó la barbilla con la mano, asombrada de sí misma, de que su mano ni siquiera temblara.

—Cuéntamelo todo —le dijo.

Una batalla. Un hombre ahiranyi que los había llevado engañados por el camino equivocado. Una daga clavada en su cuerpo y después…

Priya.

El soldado había visto a Priya aunque no la conocía. Algunos de los otros hombres sí la habían reconocido, la amenazaron e incluso intentaron engatusarla.

Ella los había matado a todos.

—No parecía humana emperatriz —dijo en la sala privada a la que ella lo había conducido. Detrás de él, apoyado contra la pared, Ashutosh escuchaba sin moverse, solo parpadeando—. Los ahiranyis son verdaderos monstruos…

Había traído todas las armas que pudo encontrar. Quería volver al lugar donde habían muerto sus compañeros pero tenía miedo. Priya había enterrado los restos de sus compatriotas. Él quería quemarlos con el debido respeto.

—Emperatriz —intervino Sahar—. Si me das tu permiso me gustaría ayudar a encontrar y quemar a los muertos para asegurarme de que reciban los ritos funerarios apropiados.

—Por supuesto —dijo Malini. La miró con detenimiento; tenía los ojos enrojecidos y los labios apretados—. ¿Estás bien, Sahar? —preguntó con suavidad.

—Conocía a uno de los soldados que murieron —respondió. Se le enronqueció la voz y carraspeó—. Romesh. Sirvió al príncipe inferior Ashutosh. Éramos amigos.

—Siento tu pérdida —dijo Malini. Puso una mano en el brazo de Sahar, luego la soltó—. Vete y descansa un rato, yo me quedaré aquí. Los otros guardias vigilarán en la puerta y me protegerán.

Sahar asintió temblorosa y se marchó sin protestar.

Malini se volvió hacia los guardias y se encontró con los ojos de Ashutosh, por encima de las cabezas inclinadas de los demás.

Príncipe —dijo—. Lamento tu pérdida. Tus hombres eran valientes.

Él le devolvió la mirada; tenía los ojos enrojecidos.

—Nuestros súbditos no son simples soldados para nosotros, emperatriz —dijo—.

En Saketa crecen junto a los nobles, se convierten en hermanos jurados al nacer.

Mis hombres eran más que una familia para mí.

Cuando se infectaron por primera vez con la podredumbre les dije que siempre tendrían un lugar a mi lado.

“Lleváis mis emblemas”, les dije. Tenían significado para mí y para ellos.

—Su voz estaba cargada de dolor—. Uno de mis hombres me rogó que le encomendara esta misión, emperatriz.

Él sabía que habías ordenado que los ahiranyis debían ser apresados vivos y quería asegurarse de que así fuera.

Simpatizaba con la bruja ahiranyi, creía que había algo bueno en ella y yo estaba de acuerdo.

—Torció la boca en un gesto amargo y tembloroso—.

Mira el precio que ha pagado por su estupidez.

Ni siquiera le encuentro sentido a mi propia pérdida. Siento que me he perdido a mí mismo.

Cruzó la habitación y apoyó con suavidad una mano en el hombro de su soldado sobreviviente.

—Me alegro de que tu cáscara de corazón tenga poder —dijo a Malini—. Pero la próxima vez te lo ruego: mata a los ahiranyis antes de que puedan matarnos a nosotros. Ordena que degüellen a la bruja, merezco su sangre, mis hombres muertos merecen su sangre.

Priya muerta en sus sueños. Priya, un sueño empapado de agua en sus brazos, hablando de la soledad. Priya besándola.

Fue entonces, mientras miraba fijamente los ojos enrojecidos de Ashutosh, cuando Malini finalmente reconoció la verdad acerca de sí misma: no podía matar a Priya.

La odiaba, la deseaba y odiaba desearla.

Quería que Priya dejara de existir pero no podía vivir en un mundo en el que ella no existiera.

Tal vez fuera por la magia cruel que las unía pero Priya no era una parte de ella que pudiera quemarse y desecharse.

Malini no iba a utilizar la cáscara de corazón para matar a Priya, iba a usarla para reclamarla.

—Haré lo que sea mejor para Parijatdvipa —dijo—. Siempre.