El imperio del loto (Reinos en llamas 3) Capítulo Cuarenta y uno #2
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Capítulo Cuarenta y uno #2

—Unos pocos días —respondió Mani Ara con dulzura—. Amaneceres y atardeceres, y estarás lista para mí. Y seremos una sola y a la vez no. Dos mitades.

—Una mitad eclipsará a la otra —susurró Priya—. No seremos iguales, ¿verdad?

—Yo soy tu dios, pequeña. ¿Te basta con esa respuesta?

En cierto modo sí, le bastaba.

—Mira —instó Mani Ara—. Mira el agua.

Priya bajó la cabeza y miró.

El agua se calmó por un instante y Priya vio un reflejo: un ser más grande que cualquiera de ellas dos.

Su rostro estaba forjado de manera extraña, con una piel de corteza surcada de estrellas; tenía un ojo humano y otro hecho de flores.

La garganta y los hombros estaban cubiertos de piel humana y había un derroche de flores que le salían del corazón.

Mientras ella lo observaba, se ondulaba y cambiaba: de carne a flores, a luz estelar cósmica. Era horrible y hermoso.

—¿Qué quiero que hagas, pequeña? ¿Adónde debes ir? —la instó Mani Ara.

Durante un latido, un parpadeo, Priya conoció a Mani Ara tanto como a sí misma.

—Nuestros hijos duermen en la tierra —respondió. Levantó la cabeza. Su voz se llenó de determinación—. Tengo que despertarlos. A uno, a dos, y después tengo que volver a ti para unirnos.

Mani Ara sonrió.

—Sí, pequeña —dijo—. Así es.

Quizá el amor y el dolor eran luz y sombra, y Priya un reloj de sol. Debía de ser así, porque lo primero que hizo cuando volvió a su piel fue buscar a Arahli Ara. Estaba solo por suerte.

—¿Mani Ara usará mi piel? —le preguntó—. ¿Me la quitará? ¿Miente cuando dice que la compartiremos?

El cuerpo de Arahli Ara se quedó inmóvil. Ella no sabía cuánto se movían los yaksas , cómo se mecían sus hojas y crujían las lianas, hasta que se detuvieron.

—Tu piel es tuya —dijo él—. Vives dentro de ella.

—Entonces lo sabías —dijo Priya lentamente. Quería mirarlo a la cara, leer su expresión. Pero él solo llevaba una imitación de una cara ¿Podría leer ella las hojas de su cráneo, las aguas turbias de sus ojos? ¿Había lenguaje en ellos, como lo había en una sonrisa o un ojo entornado?

Él no era Ashok. No podía leerlo.

—No creas que lo hace a la ligera. Fue un sacrificio hacernos parte de este mundo —le dijo—.

No… no puedo describirlo. Tu lengua mortal no tiene palabras.

—Hizo una pausa—. Un desgarro —dijo finalmente—.

Éramos criaturas de las estrellas y después ya no.

Fue suficiente hasta que ardimos. Cuando fuimos tierra y madera, incapaces de morir e incapaces de vivir de verdad.

”Nos hacemos más humanos porque es un sacrificio, uno que nos permite sobrevivir, incluso después de lo que nos hizo el fuego de las Madres.

Nos permite volver. Pero nos duele, Priya —dijo—.

A Mani Ara le duele convertirse en ti, como te duele convertirte en ella.

Pero lo hace para poder caminar por la tierra y guiarnos.

Para que todos podamos sobrevivir y traer de nuevo tu Era de las Flores.

—La forma en que usáis la piel de mis hermanos del templo…

—No somos tan viejos como ella, ni tan poderosos. —Dibujó una extraña sonrisa tensa, sin alegría—. Nuestra carga es más ligera.

—Me dijiste que no eras mi hermano —logró decir Priya.

—Es como una parte de mi cuerpo que he perdido, un miembro fantasma —dijo él—. Lo siento aunque no esté ahí. Su ausencia es el lenguaje. Quizá lo lloro.

Un recipiente. Una imagen, un recuerdo la recorrió y desangró su color tras los ojos de Priya. Ese cuerpo siempre cambiante que Mani Ara le había mostrado. La manera en que el mundo ya había cambiado. La podredumbre que lo había vuelto carne y verdor, también a los humanos, todo lleno de magia.

Los yaksas estaban moldeando el mundo para ellos lo mejor que podían.

—Vivirás, Priya —dijo Arahli Ara—. Vivirás con ella. Como todo lo verde canta y se mueve, así cantarás y te moverás.

El mundo se convertiría en bosques de podredumbre.

Gente vegetal. Los yaksas serían carne, follaje y lo gobernarían todo.

Solo a los más bendecidos y a los elegidos se les permitiría seguir viviendo con la podredumbre en su interior.

El resto moriría atravesado por las flores.

El mundo ya no pertenecería a la humanidad.

Se acabaría el mundo que Priya había conocido.

Y ella no estaría para verlo. Priya sería una cáscara hueca, un caparazón de carne para que Mani Ara se lo pusiera, para que floreciera dentro de él, para que gobernara desde él.

Arahli podía decirle que viviría pero eso no hacía que fuese cierto.

Priya había experimentado lo que se sentía cuando realmente dejaba entrar a Mani Ara.

La magia y los recuerdos de la yaksa eran abrumadores.

Mani Ara no amaría a la gente que ella amaba. Mani Ara no se preocuparía por los ahiranyis. Ella no protegería a los niños templo. No le contaría a Padma cuentos ridículos para que se durmiera.

Dejaría morir a Ahiranya, seguramente, tal como lo haría Parijatdvipa.

Porque Ahiranya no era la gloria de la Era de las Flores, ni el trabajo de los yaksas , ni la magia de las aguas inmortales, ni los mayores del templo, de pie sobre el triveni bajo un manto de estrellas.

Ahiranya era su gente. Era la vida que habían improvisado y la cultura que habían construido tras la muerte de los yaksas .

Era el amor que sentían el uno por el otro.

Era la determinación despiadada de Ashok, la firme astucia de Bhumika y la bondad pragmática de Sima.

Era los fragmentos de los Mantras de corteza de abedul , la aglomeración de gente en el mercado, la familia, el amor y el deber que los unía.

Ningún yaksa podría entenderlo.

Ella no podía permitir que los yaksas ganaran pero tampoco podía dejarlos perder. Ambos caminos llevaban a la destrucción de los ahiranyis.

Tenía que haber una tercera vía y ella iba a crear una si no existía.

Asintió, respiró y se recordó a sí misma que seguía siendo humana. Todavía era humana por mucho tiempo que hubiera pasado y eso significaba que aún había esperanza.

—Priya —dijo Arahli Ara suavemente—. ¿Qué harás ahora?

—La voluntad de Mani Ara —respondió—. Es hora de que busque a sus hijos una vez más.

Esa noche, cuando soñó, pensó en ello. En la tercera vía.

En la penumbra del sueño, en la oscuridad en la que soñaba y donde Mani Ara no podía tocarla, donde había un lazo que unía a Priya con Malini y a Malini con Priya, ella trazó un sendero. Un camino. Una bienvenida.

“Ven a buscarme Malini. Si me quieres, soy tuya”.